Cuarenta años

JESÚS NIETO JURADO

El tiempo pasado. Cuatro decenios. Cuarenta años, de los cuales no vivió uno los diez primeros. Los mayores trazan un balance de lo acontecido, y de seguro estamos mejor. Las fechas redondas, los cuarenta años del fin de la dictadura, permiten un análisis ya más sereno sobre lo que hemos conquistado. Hay quienes ven la imperfección por sistema, pero parece que el cómputo global es positivo, y así se lo comento al periodista archidonense Juan Antonio Tirado en relación a las galeradas de su libro, 'Siete caras de la Transición'.

En estos cuarenta años, evidentemente, hemos sufrido el zarpazo terrorista, el pelotazo de los mismos, y una Olimpiada en la que todos los españoles reconciliamos a Barcelona con el Mediterráneo. Y vimos ganarnos un Mundial, y hasta fuimos europeos casi de primera clase. Estos cuarenta años venturosamente anómalos en la Historia de nuestro país nos permitieron -y nos permiten- las variaciones sobre el mismo tema, que no es otro que el melón de la Constitución. En estos cuarenta años imperfectos los españoles vinimos a darnos paz, piedad y perdón. En estos cuarenta años muchos han venido a retratarse (pienso en Jordi Pujol, pienso en Fabra), y otros, callados y mayoritarios, que fueron haciendo Historia, país y democracia.

En estos cuarenta años de la muerte de Franco, los 'periferiantes' tomaron la voz y hasta el prestigio, y al calor del café para todos nos dieron ejemplo de insolidaridad, de egoísmo de aldea. Obviamente, en estos cuarenta años también hemos tenido a mártires como Miguel Ángel Blanco, como los muertos de Atocha, como tantos lirios de sangre por las costuras de la piel de toro.

Quizá las cosas puedan mejorarse, quizá en estas cuatro décadas podríamos haber hecho más u otra cosa distinta. Pero es el tiempo que nos tocó y todo es mejorable si se hace con consenso y con cabeza.

Dicen que la Transición se cerró con la abdicación, o con la muerte de Suárez, de la que tengo un recuerdo vivísimo, en un marzo no muy lejano. Ahora parece que este tiempo de democracia es un paréntesis gris, burocrático. Y sin embargo hay libertad, los trenes funcionan con puntualidad, y sobre el papel tenemos derecho a una vivienda digna y demás.

Releo de nuevo las pruebas de imprenta del libro de Tirado, que me relata un tiempo que se ha empeñado en elevar a mitología. Por allí deambulan Carrillo, la Pasionaria, un gobernador civil de provincias y dos o tres del búnker. Se acostó Tirado «niño franquista» y por la mañana se levantó «adolescente demócrata y rebelde, sin llegar airado». El libro que presenta Tirado es la suma de la visión del periodista sentimental que vuelve a un pasado tan cercano que escuece, tan vivido que por higiene hay que tomar distancia.

Quizá estos cuarenta años no han sido perfectos. Pero tampoco hay que avergonzarse de ellos por moda, por postureo y esnobismo.