Teta y fresas con Henry Moore

Es un alivio ver crecer nuevos actores en la escena política española como lo es también poder sentarse en un banco público a leer un libro o a dar teta, un acto privadísimo hasta hace poco

ISABEL MOYANO

Que la cultura se construyera encima de un teatro romano o de sus ruinas era una verdadera barbaridad. Que la Casa de la Cultura tapara una de las vistas más bonitas de la Alcazaba de Málaga era otra barbaridad. O la misma barbaridad con otro nombre: estratos de culturas solapándose unos con otros, enterrándose como suele pasar en este país: un período histórico desdiciéndose del siguiente, sin respeto al legado de los otros, rupturas y golpes de timón de una España bipolar, incapaz de forjar acuerdos, conocerse y convivir.

Me pregunto si habremos cambiado tanto en estos años: si hemos crecido en libertades y en cultura, también en cultura democrática. Es un alivio ver crecer nuevos actores en la escena política española como lo es también poder sentarse en un banco público a leer un libro o a dar teta un acto privadísimo hasta hace poco que ahora adquiere otra dimensión, política, casi artística me atrevo a decir.

Porque dar teta es un arte, sobre todo si es un acto elegido y casi reivindicativo. La maternidad las maternidades, más bien, pues hay tantas como madres y mujeres, sobre este universo pocos testimonios tan profundos como el de Louise Bourgeois, cuya obra se expone estos días en el Museo Picasso, no se se reduce al ámbito de lo privado. El cuidado de los niños no corresponde solo a las madres. Y las madres son también ciudadanas, transformadoras de la sociedad; sus hijos y ellas mismas son la savia de la res publica.

Como saben, en Inglaterra los bancos de los parques tienen nombre propio, de modo que el espacio de la ciudad que una vez habitaron los besos, apuntes, cigarros, abrazos, embarazos, libros, muletas de una persona adquiere un día su huella, una huella humana, poética. Mejor que una lápida, un banco con el nombre de la persona que amabas.

El espacio público se humaniza, y lo privado, que antes se circunscribía a la casa, pasa a formar parte de la memoria colectiva y de la cultura, la cultura del amor. Sí, del amor sin condiciones. Se ceden libros a las bibliotecas, bancos en los parques, acordes y versos en el metro y en las calles, se unen en un segundo los destinos de personas hasta entonces desconocidas.

Por eso, dar teta libremente en la calle y una merienda de fresas a tus retoños mientras escuchas un festival poético como el de Irreconciliables, lees un libro o charlas con otras madres y otros padres del distrito centro, que no solo pertenece a navegantes y turistas, es todo un avance, y un índice de desarrollo, del desarrollo vital y cultural de un país, de una ciudad que camina hacia la modernidad.

Y esa es la magia de la modernidad, o más bien, de la posmodernidad; reconstruir una ciudad, una Alejandría moderna donde las capas no se solapen ni se contradigan, donde los cuerpos broncíneos de Henry Moore dialoguen con nuestras curvas reales y suaves también, pulidas a golpe de abrazo. Donde ser madre no signifique recluirse en el ámbito de lo privado, ni lo contrario: desprenderse de los cuidados volcándose en una carrera pública sin relevos, sino pactar, disfrutar y apropiarse del cuerpo de la ciudad, de sus jardines, de sus símbolos, de sus ruinas, igual que del propio cuerpo.

Compartir con tus hijos y tus vecinas (arquitectas, traductoras, empresarias, administrativas, profesoras, paradas o viandantes en busca de una explicación) la diversidad de lo mediterráneo, jugando al escondite con estatuas y símbolos de muy diferente tradición. De Ben Gabirol en los aledaños del Museo Picasso hasta la maja desnuda de Henry Moore mirando de reojo la cartelera del cine Albéniz.

Dar vida a las ruinas del teatro romano jugando con tus hijos al balón en las laderas de un castillo árabe, la Alcazaba. Eso sí que es cultura. Y de la buena. Que no se nos olvide el origen de la palabra: cultura viene de cultivar. Cultivar el alma y el corazón. La cultura no es un misterio encerrado en las bibliotecas, ni pertenece a unos cuantos hombres en masculino, ni es un producto comercial vendible bajo el lema patrimonio para obtener beneficios monumentales para el patriarcado.

La cultura es el arte de la conciliación, el arte de educar junto a Henry Moore, después de traducir un seminario en el Picasso sobre Louise Bourgeois. Es el arte del diálogo y de la escucha; de tender puentes saliéndose del yo, y del nosotros, para alcanzar el tú, el vosotros; un arte tan fácil o tan difícil como alcanzar el pacto para alcanzar mayorías. Y gobernar. Gobernar en conciencia: para todas y todos, en especial pensando en nuestros hijas y en nuestros hijos, en los que vienen detrás.

Eso sí que es democracia. Lo demás es simplemente una verdadera torpeza; es querer levantar otra vez la Casa de la Cultura empezando por el tejado culpando de nuestros errores a los otros, a los bárbaros, aunque estos no existan, o no tengan la menor intención de cruzar la muralla para instalarse en una ciudad violeta que renace como las jacarandas.

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