Monumento al clima

El modelo de ciudad no lo han hecho los políticos, ni los urbanistas ni la Gerencia, con todo su poder; el modelo de ciudad -qué demonios- lo ha hecho el clima

SALVADOR MORENO PERALTA. ARQUITECTO

Cuando esta ciudad vivía la calma placentera de un lagarto al sol, para honrar a un ciudadano ilustre se tenían que dar al menos tres circunstancias: que fuera lo suficientemente anciano como para no poder defenderse, que estuviera muerto o que se hubiera largado de Málaga llevándola en el corazón. Pero ahora que nos hemos sacudido la modorra pueblerina y vivimos las electrizantes sacudidas de la ultramodernidad urbana, honrar al Radamés triunfador se ha convertido en un efecto más de la bullanguera noria sin fin que, como virtuosa Campanera, va rodando y pregonando lo que quiere y requiere esta incontestable capital cultural del hemisferio norte, aunque los parámetros socioeconómicos de Málaga sean las cifras de un tuerto en el ciego país de Andalucía. Claro que esos parámetros también ocultan que la nuestra es una de las ciudades con la gente más contenta del mundo, y, como la felicidad es expansiva, tenemos la obligación de perpetuar para los tiempos venideros las glorias del presente, en calles, peanas y pedestales.

La legítima euforia cultural que vive Málaga no es nueva, y en su crecimiento jubiloso ya sembró sus bulevares de glorias musicales, como Rimsky Korsakov en San Julián o Debussy y Massenet en Las Virreinas, estimulando los abonos al Cervantes en estas barriadas. Pero la vitalidad que experimentamos ahora supera todos los cálculos demostrando que nuestro 'modelo de ciudad' ha triunfado. La carencia de un 'modelo de ciudad' es algo que los políticos se espetan y esputan unos a otros en las campañas electorales y, en la mayoría de los casos, deberíamos dar gracias a Dios de que no los cumplan una vez ganadas las elecciones. Pero lo cierto es que ahora hemos dado en el clavo a pesar de no obedecer a ninguna planificación preconcebida, lo cual no deja de ser reconfortante. Siempre pensé que detrás de un urbanista había un moralizador visionario con la pretensión de que las cosas sucedieran conforme a lo que ellos habían proyectado, para lo cual contaban con un feroz ejército de 'gurkas' burocráticos decididos a que sus utopías se cumplieran a sangre y fuego. A esta milicia, ya sean yihadistas de la administración local o autonómica, se debe gran parte de la ruina económica de nuestra comunidad, pero qué más da eso frente al grandioso espectáculo de socialización del espacio público que nos ha deparado esta gran Málaga arrebatada al automóvil.

Primero fue la peatonalización de calle Larios seguida de una onda expansiva que englobó casi todo el Centro llenándose de viandantes ávidos de cultura y de gin tónics, en una síntesis de gravedad apolínea y exaltación dionisíaca, para asombro de cruceristas fugitivos de nórdicas brumas. Brincando del Kandinsky al Tanckeray, del Revello al Cartojal, el crucerista ha descubierto una ciudad en la que se escenifica la orgía perpetua, la ceremonia sacra de la regeneración permanente, muerte y resurrección diarias (gracias a Limasa), la escenificación del orden fractal que la física cuántica ha descubierto en la anarquía de la vida, el fecundo revoltijo de los sorpresivos cortes de tráfico domingueros en sus arterias principales, de sus maratones para zurdos, sus carreras ciclistas para neófitos, de las paradas místico-profanas para monstruos, de las alfombras rojas para rutilantes estrellas y damas otoñales, de la piadosa cohetería rociera, de sus romerías a las munificentes deidades de un Mediterráneo que, tras siglos de historia y desencuentros, se concuerda al fin en este Aleph urbano que hubiera soñado Fernand Braudel. Naturalmente no basta con vivir este esplendor, sino que hay que petrificarlo para la posteridad como hicieron los egipcios en el Valle de los Reyes. Siguiendo la estela del monumento al gran Tiburcio Arnáiz junto al Corte Inglés, el del Carnaval, el de los Verdiales, el del Cenachero y el del Fiestero, urge atender la petición del monumento a la Semana Santa y, desde luego, al de ese maná semoviente que convierte al Centro en un ascua de luz y alegría, o sea, el Crucerista.

Ahora bien, digo yo: si en Málaga no hiciera este clima anormal con una temperatura media de 22,9º y 2.815 horas de sol al año, si tuviera la meteorología de cualquier ciudad europea, incluso española de Despeñaperros para arriba, qué coño iban a salir a la calle estas deidades del mediterráneo, ni qué síntesis apolínea y dionisíaca, ni qué maratones domingueros, ni cruceristas ni gaitas porque, a ver, ¿dónde los metemos a todos en un día de lluvia? Por eso el modelo de ciudad no lo han hecho los políticos, ni los urbanistas ni la Gerencia, con todo su poder; el modelo de ciudad -qué demonios- lo ha hecho el clima y es al clima al que verdaderamente hay que hacerle un monumento. Así que propongo, desde la modestia de estas líneas, que se levante un monumento al clima, que es el verdadero diseñador de nuestro modelo de ciudad, bien sea en la punta del morro o coronando La Equitativa. Lo podría esculpir un artista de reconocido prestigio patrio y en su pedestal, glorificando de paso a Valle Inclán, podría lucir lo que Max Estrella sentenció en 'Luces de Bohemia': «¡Qué sería de este corral nublado»!