La palabra del año

Claro que en realidad España ha sido siempre muy de palabras prohibidas, de eufemismos

TEODORO LEÓN GROSS

El Diccionario Oxford ha elegido, tras 'selfie' en 2013, 'vapear' como palabra del año: exhalar el humo de los cigarrillos electrónicos. Sí, también se vota la palabra del año como el personaje del año, la noticia del año, el libro del año o el coche del año. Esa obsesión clasificadora antes de cerrar el calendario. Para mi generación trasnochada de filólogos resulta pintoresco: solíamos referirnos a las palabras según aparecieran en el diccionario de la Academia, palabras del tocho de 1970, del mítico 1925, de nuestro manoseado 1984 o del viejo 1884. Las palabras tenían un tiempo lento; pero aquello era otro tiempo. Había en todo caso 'palabras generacionales' -del 'sicalíptico' de los abuelos al 'bizarro' de los hijos- pero ni remotamente 'palabras del año'. Claro que la cultura de la obsolescencia hace envejecer todo cada vez más rápido, y no sólo hay ropa o música de temporada, sino gadgets tecnológicos que en pocos meses están desfasados y hasta el coche o el barrio están sometidos a la fugacidad de la moda. Por eso hay palabras cool de temporada como quien tiene una corbata de estampado animal que para verano estará proscrita. Por cierto, Webster ha elegido como palabra del año 'cultura', en ese uso de 'cultura de la calle', 'cultura de género' o 'cultura de la obsolescencia', eso tan bobo que incita a votar la palabra del año.

Si se hiciera la elección en España quizá ganaría 'follamigo'. No por la palabra en sí misma, sino porque la Academia no se atrevió a llevarla al diccionario por algún absurdo escrúpulo y prefirió el americanismo 'amigovio' tan puritano. 'Follamigo' es una palabra algo áspera pero con la carnalidad de lo real, no como el sucedáneo. De modo que la Academia, a pesar de incluir mileurista, tuitear, precuela o dron, de españolizar bluyín y de alguna extravagancia como papichulo, ha visto como 'follamigo' se convertía en un símbolo de los prejuicios del diccionario. Claro que en realidad España ha sido siempre muy de eufemismos para sortear tabúes, de términos para tapar la realidad. De hecho, lo más característico del idioma en 2014 no es una palabra sino las expresiones tipo 'ese señor al que usted se refiere', 'ese asunto del que habla', eufemismos políticos que el presidente ha convertido en todo un estilo. Durante meses fue capaz de no decir Bárcenas, sino 'esa persona'; y por supuesto no Caja B sino 'ese asunto'. Esta ha sido una gran legislatura para el eufemismo político: los recortes fueron 'ajustes'; los despidos, 'flexibilidad laboral'; las subidas de impuestos, 'gravamen adicional'; la amnistía fiscal, 'afloramiento de bases'.y en 2014 se suma una gran aportación para blanquear las miserias de la política: llamar 'malas prácticas' a la corrupción. Esa es la palabra del año; una vez más, para ocultar la realidad. El idioma es el photoshop de la política.