Realismo crónico

Peinado pinta coches. Los cenizos del Pompidou. Y mucho teatro

ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Tiene Paco Peinado poco gusto por las cámaras y por hablar de su trabajo. Prefiere meterse en su estudio, allá en Los Pinos de Alhaurín de la Torre, un par de horas por las mañanas y otro par por las tardes. No le gusta posar ni hablar ni desprenderse de sus cuadros y hace las tres cosas a sabiendas de que esto también es un negocio. Tiene Paco Peinado, quizá, cierta conciencia de ser uno de los últimos de una generación difícil de repetir. Quedan Brinkmann, Lindell, Chicano, Stefan y él. Tampoco está mal. Tiene Paco Peinado una nueva exposición en la Galería Birimbao de Sevilla y desde allí recuerda que su pintura obedece desde hace años a una suerte de «realismo crónico». Desconozco si la expresión es suya o de algún publicista del arte, pero hace efecto. Merece un titular. Pinta ahora Paco Peinado cuadritos chicos, movido por los rigores de la edad y de la crisis, dice. Pinta coches como se pintan los asuntos desagradables, como aquel colchón visto en la Galería JM para que se quedara a vivir en nuestros sueños; sobre todo, en nuestras pesadillas de realistas crónicos.

Dice el filósofo Javier Gomá que la mayoría de los pesimistas no son optimistas bien informados, son unos cenizos. Y cae una lluvia de cenizas -y de cenizos- sobre el Centro Pompidou Málaga, metido estos días en la cumbre bilateral España-Francia. Va de suyo -escribiría León Gross- que el proyecto no debe quedar en las superficie franquiciada, que hay que vigilar qué se recibe a cambio de lo que se entrega. Y por ahí pueden ir algunas reflexiones. Por ejemplo, esta semana renovaba el Guggenheim de Bilbao su acuerdo con la central neoyorquina por otros 20 años y una aportación anual de 1,92 millones de euros por la prestación de unos servicios (exposiciones, asesoramiento, seguros...) que aquí costarán 2,07 millones al año. Sin caer en la tentación de la cultura al peso, tampoco parece que un edificio de 24.000 metros cuadrados con 11.000 metros dedicados a superficie expositiva (el Guggenheim) requiera los mismos servicios que otro de 6.300 metros con 2.000 para exhibir obras de arte (el Cubo). Al final va a ser verdad que lo se paga es la marca, así que habrá que pedirle consejo a los bilbaínos, que ya tienen 20 años de experiencia.

Y justo ahí conviene abrir el paraguas frente a los cenizos de la fecha de caducidad del Pompidou. Los franceses insisten en que su experimento en Málaga durará diez años como mucho y eso, a priori, no parece ni bueno ni malo. Dependerá de lo que sea capaz de generar en la vida cultural, social y económica e por aquí. Si el Pompidou viene y se va en una década y por el camino deja riqueza intelectual, monetaria y laboral, si ese balance cuadra con unas cuentas realistas y críticas, habría que dar por bien empleado el tiempo, el dinero y el esfuerzo. De lo contrario, habría que buscar responsabilidades y culpables. Por cierto, no está de más recordar que el Cubo debe tener uso cultural durante al menos 35 años, en virtud del acuerdo entre el gobierno local y la Autoridad Portuaria, ese Fenómeno Fringe en el corazón de la ciudad.

Fenómenos paranormales en el Centro. Más obras y más funciones en el Festival de Teatro. También más dinero. El presupuesto sube un 23,5% en año electoral. Pura coincidencia. Puro teatro. Salía el jueves de la rueda de prensa encantado con un detalle: salvo la anécdota cachondona del musical sobre '50 sombras de Grey', la entrada más cara cuesta 32 euros. Comentaba feliz el asunto con Pablo Bujalance mientras bajábamos juntos la calle Casapalma y él ponía algunas cosas en su sitio: vale que la entrada más cara no sea desorbitaba, pero hasta 15 obras del festival ofrecen un precio único de 20 euros (40 pavos la pareja) y esa ausencia de opciones más económicas limita las posibilidades de muchos para repetir en las butacas. Le he dado vueltas y creo que Pablo acierta. Y lo suyo no parece realismo crónico. Sólo talento, puro como el teatro.