Boticarios intrépidos

Los médicos, en su OMC, exigen la liberalización de las boticas, la salida a supermercados de los medicamentos publicitarios y la dispensación en centros de salud y hospitales

RAFAEL GARCÍA MALDONADO FARMACÉUTICO

Hay épocas, como la que ahora vivimos, en las que parece que todo se derrumba. Y esa apariencia de catástrofe apocalíptica parece impregnarlo todo, desde la política hasta el último ciudadano corriente, desde el Rey hasta el último peón de brega del tablero social. Ya están aquí los bárbaros, el fin de los estados de bienestar, el fin de Europa, de Occidente entero, incluso. Todo eso, unido a lamentos de todo tipo, se escucha a diario. Escándalos todos o muchos de ellos ampliamente conocidos, permitidos y refrendados en las urnas en su mayoría, claro. Eso siempre se nos olvida. Que somos parte del ocaso actual; cómplices, de alguna forma, de lo ocurrido.

¿Pero quiénes son los bárbaros? ¿Qué ha pasado con nuestros representantes? ¿Por qué todos parecen corruptos si no es verdad que lo sean? ¿Ha estallado una ira contenida durante décadas únicamente por el bienestar económico extinto? Son preguntas muy complejas, que no me toca a mí responder ni analizar. Pero es de recibo que tenga unas palabras para la profesión de la que, justo este mes, hace diez años que ejerzo, y que tal vez ande hoy día desmotivada y con la moral hundida por un escándalo infame de exportación de medicamentos; también, cómo no, por el informe que la OMC (Organización Médica Colegial) ha enviado al Ministerio de Sanidad acerca de lo que cree debe ocurrir con nuestro centenario cometido de salud.

Y es que parece que también los médicos y los ciudadanos (estos últimos a veces con razón) quieren que la farmacia cambie. Para mal, en mi opinión, desde el lado de la organización de galenos, y para bien desde el lado ciudadano. Muchos nos dimos cuenta a tiempo, y fueron un sinfín de profesionales de prestigio, a los que humildemente me uní, los que decidimos que la profesión farmacéutica o se hacía más sanitaria, más asistencial y se involucraba más con el paciente o dejaría de ser la profesión que conocemos. Vender, solíamos decir en los actos formativos que se organizaban dentro de la junta de gobierno para los colegiados, sabe hacerlo todo el mundo, y algunos, como Primor, El Corte Inglés y Mercadona, lo saben hacer mejor que nosotros. Ese no era el camino. O al menos no el único.

Pasaban los años y seguíamos nuestro cometido profesional con más o menos entusiasmo (no era fácil con los recelos médicos, la extrañeza de los pacientes y las dudas de buena parte de una acomodada profesión), profundizando en clínica, en seguimiento farmacoterapéutico a los pacientes complejos y crónicos, formándonos, asistiendo a numerosos simposios y cursos donde había más gente cada vez que creía que la farmacia debía de centrarse más en los pacientes que toman medicamentos que en los medicamentos en sí, que ya, claro está, no elaboramos desde hace decenios.

Pero claro, llegó la crisis, y había que abaratar la factura sanitaria, y la administración andaluza decidió arrebatar a las farmacias la capacidad de gestión de su negocio en materia de genéricos; medicamentos que sólo gracias a nuestra ayuda pasada se consiguió introducir con normalidad en la población. A pesar, y es bueno que se sepa, las muchas dudas que tenemos todavía médicos y boticarios acerca de su efectividad y biodisponibilidad (se autorizaban genéricos en Sanidad con un porcentaje de posible error del 20%).

La Junta de Andalucía, como digo, decidió hacerse cargo de los genéricos mediante subastas-licitaciones públicas al mejor postor, y hoy día la mayoría del vademécum dispensado en Andalucía (el resto de España funciona con normalidad) es fabricado en países fuera de la Unión Europea, fundamentalmente en Asia, en condiciones desconocidas y sospechosas de almacenamiento, producción y transporte. Muchos de los cuales, por cierto, no abastecen correctamente a las boticas. Esto significa, entre otras cosas, que la farmacia se han empobrecido sobremanera al haberle sido arrebatada la gestión en esta materia, a lo que se une la ingente cantidad de farmacias (muchas inviables) que ha autorizado a abrir la citada administración en el peor momento de la crisis que nos asola.

Los médicos, en su OMC, exigen la liberalizaciónde las boticas, la salida a supermercados de los medicamentos publicitarios y la dispensación en centros de salud y hospitales de determinados medicamentos financiados. ¿Saben lo que dicen? Probablemente no, y les mueva la misma ira que al resto de la ciudadanía, aunque no sepan bien ni contra quién la tienen. Esa propuesta, con la que no adjuntan dato alguno, no reduciría el gasto sanitario, dejaría zonas rurales y pequeños pueblos sin farmacia y el medicamento sería un producto más de consumo en vez de un bien esencial. O sea, todo lo contrario de lo que viene intentando la profesión, de manera organizada, desde hace casi veinte años.

¿Qué significa esto? Que con menos recursos y menos apoyos de compañeros de la sanidad las ilusiones de cambio, de mejora en lo asistencial, se han reducido. Las actuales boticas se han transformado en un caos burocrático espantoso (bajadas de precios constantes, devoluciones, subastas, desabastecimientos y broncas de pacientes), que nadie sabe hasta dónde llegará de seguir así la política de recortes.

Cuando a tal situación de crisis se unen aberrantes noticias como la llamada por la Guardia Civil Operación Convector (200 farmacias implicadas en una red mafiosa de exportación de medicinas a países donde el precio es mayor) no cabe sino caer momentáneamente en la desazón y el apocalipsis que cité al principio. ¿Tiene esto arreglo? ¿Saldremos de tamaño embrollo?

Sin duda lo haremos. Lo hicimos hasta hace poco, cuando la farmacia asistencial y la atención farmacéutica estaban empezando a ser una realidad; cuando nos ganamos a compañeros sanitarios con nuestro buen hacer, cuandoen las juntas de Gobierno hicimos lo que pudimos para desmontar y expulsar a los corruptos de nuestros colegios, y cuando todos los días abrimos las boticas pensando en ejercer bien, acorde a los tiempos, una profesión sanitariamuy antigua, valorada y eficaz.

La farmacia española, el farmacéutico que ejerce en ella, está del lado del futuro, de los demás sanitarios y de la administración. Ojalá lo tengan en cuenta y sepan (sepamos) aprovechar los conocimientos de un profesional sanitario a pie de calle, con formación universitaria superior y, ya lo saben, el único experto en el medicamento.

 

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