¿Por qué todavía el franquismo en nuestros relojes?

El cambio de huso horario se puede convertir en una modificación que marque al fin el camino de la coherencia con nuestros vecinos europeos

JAIME AGUILERA. ESCRITOR

La madrugada de este domingo cambiaremos de nuevo los relojes. Después de un mes de agosto viviendo en el horario británico, cada día me convenzo más de la irracionalidad de nuestros horarios. Ya me di cuenta cuando residí medio año en Estados Unidos, allí pude comprobar como cualquier familia trabajadora norteamericana podía pasar más tiempo con sus hijos en el día a día. Y no es una cuestión anglosajona: también pude connotar en Italia que nuestro país es distinto al resto del mundo, sea mediterráneo o sajón, centroeuropeo o escandinavo; que el famoso 'Spain is different' cobra aquí todo el sentido, en este caso, y en mi modesta opinión, para nuestra desgracia.

España asumió el horario actual, el que se corresponde con la Europa Central, en el año 1942. Franco lo cambió por decreto para coincidir con el horario alemán nazi, fue una decisión política por razones bélicas en plena II Guerra Mundial. Pero nuestro horario solar coincide con Portugal, Reino Unido o Marruecos, y no tiene ningún sentido que más de setenta después, y casi cuarenta después de la muerte del dictador, todavía sigamos siendo una burbuja europea con un 'jet lag' artificial de una hora. Bien es verdad que, una vez retornados a lo geográficamente correcto, los nostálgicos echarían de menos el famoso 'una hora menos en Canarias'; pero es que da la casualidad que el meridiano que marca la hora canaria y la hora peninsular está en el mismo huso.

Sin embargo, hay que reconocerle al régimen franquista que, aunque con un poco de retraso, sí marcaba en la televisión a los más pequeños la hora de ir a la cama -piensen los que peinan canas en la familia Telerín, por ejemplo-. Pero ahora, con la desmesura de la TDT, los niños tienen a su disposición canales infantiles en abierto veinticuatro horas. Ya pueden imaginar ustedes la cara de sorpresa de mis hijos cuando veían que, en pleno agosto, los canales infantiles de la BBC dejaban de emitir a las seis de la tarde. Somos el país de la Unión Europea que menos duerme, y parte de la culpa está en un 'prime time' televisivo que empieza dos horas más tarde que el resto de países y que invade la madrugada con total impunidad.

El tercer horario a cambiar es el laboral y/o comercial. También gracias a la autarquía franquista se fue imponiendo la necesidad de más horas de trabajo, de esta forma fue surgiendo una doble jornada, la de mañana y la de tarde, con un parón de dos horas en mitad que se fue consolidando y que solo existe en nuestro país. Un horario que quita horas de estar en casa a los que quieren vivir en familia y, peor aún, que sirve de coartada para muchos que no pueden -o no quieren- volver a casa temprano porque tienen «mucho trabajo». En definitiva, es mentira el tópico de los vagos españoles: trabajamos más horas que los mismísimos alemanes, lo que ocurre es que nuestra productividad es peor, sencillamente porque no se trata de aprovechar el tiempo sino de 'echar horas' en el lugar de trabajo y, para colmo, presumir de ello delante del jefe, de los amigos o de la mujer.

Pero de nada sirve modificar los tres horarios, el oficial, el televisivo y el laboral, si seguimos haciendo bandera de la impuntualidad. En este país, ser puntuales está reservado a los raros y a los apretados. Lo elegante, incluidas las bodas, las fiestas y los eventos públicos es llegar un poco tarde, a poder ser el último, para ser la estrella. Todavía recuerdo a un conferenciante sobre este tema -los horarios- recriminar al propio alcalde de Málaga que llegara más de media hora tarde a su intervención. Nuestro tiempo, el de todos, es muy valioso, y ser impuntuales es una patente falta de respeto al tiempo del otro, que también vale su peso en oro. En consecuencia, ser puntuales y exigir a los demás lo mismo no es ser apretados ni raros, es sencillamente tener un mínimo de educación.

La paradoja es que después de tanto tiempo -decenios- es difícil cambiar la forma de organizar ese tiempo de la rutina diaria. Pero por algo hay que empezar, y lo más fácil es volver a cambiar lo que hace más se setenta años se cambió por decreto. Tan sencillo como que el Consejo de Ministros nos devuelva a nuestro huso horario natural. Y si algo tan fácil no se hace es porque hay razones ocultas que no quieren explicar o porque estamos rodeados de ineptos.

Está claro que este cambio legal no va a cambiar de la noche al día todo esta cultura de 'echar horas y horas' en el trabajo. Pero por algo se empieza, y desde luego el cambio de huso horario se puede convertir en una modificación que sirva de catalizador para muchos otras, que marque al fin el camino de la coherencia con nuestros vecinos europeos y occidentales.

Lo dicho, ya es hora de que al horario franquista le llegue su hora