Juanjo Fuentes y su edulcorante revolución

Juanjo Fuentes y su edulcorante revolución

La ironía y el sarcasmo recorren a raudales los muros de la sala de exposiciones Moreno Villa, la galería del subsuelo del Teatro Cervantes donde últimamente estamos viendo obras de autores malagueños

TXEMA MARTÍN

La ironía y el sarcasmo recorren a raudales los muros de la sala de exposiciones Moreno Villa, la galería del subsuelo del Teatro Cervantes donde últimamente estamos viendo obras de autores malagueños, algunos descubiertos, otros aún por conocer. Juanjo Fuentes se sitúa, como a él le gusta, en la más enigmáticas de ambas zonas. O, mejor, en sus extremos, aunque el sentido del humor que desprende Érase una vez, esta muestra antológica de su obra y de su vida, hace que todo lo que es absoluto esté edulcorado por el pop, triturado por los medios de comunicación de masas o tamizado por la propia historia del arte, de su arte. Allí, en la muestra, hay retratos del barroco travestidos por el collage; una duquesa contempla la portada del ¡Hola!, Luis XV usa liguero y la escena costumbrista se mezcla con el menú gigante de una gran hamburguesería. La Gioconda tiene ganas de decir lo que piensa, la nobleza alterna entre ligueros y alcoholemia, se masca la tragedia. También hay pañuelos con sentencias del tipo «no hay nada más democrático que el placer» y un sencillo pero icónico homenaje a Marina Abramovic.

Al hablar de la obra de Juanjo Fuentes se cita a Marcel Duchamp, a Andy Warhol. Al kitsch, el pop, el objeto encontrado o el collage. Su coleccionismo o su divertida manera en la que se apropia de todo lo que le gusta, cuando no se sabe bien si todo lo que uno acumula no termina por ser justamente lo que le posee. La mejor manera de descubrir el arte de Juanjo Fuentes es entrar en su casa, así que ahora son sus muros más cotidianos los que salen de ese espacio íntimo hacia la intemperie de las salas de exposiciones. En su casa, sus paredes están totalmente cubiertas y siguen al milímetro las instrucciones dadas por el orden de una obsesión genial, que aglutina una amalgama de objetos. En ese universo doméstico, los objetos tienen distintas naturalezas, desde materiales encontrados, regalos y figuritas que conviven felices con obras de autores conocidos, desde Joan Brossa hasta Tracy Emin, pasando por otros artistas de su generación como Pedro G. Romero, los prodigiosos Agustín Parejo School, Rogelio López Cuenca, Abraham Lacalle, Chema Cobo o Martin Parr. Con éste último, Juanjo llevó las paredes de su casa al CCCB, en Barcelona. La casa no se convierte en un centro de arte, sino en una obra en sí misma, en un objeto de contemplación por su conjunto.

Las creaciones de la muestra, donde lo ajeno también se utiliza para engendrar algo propio, conforman un relato biográfico que se nos muestra en una exposición imperdible, en todas sus acepciones. El coleccionismo de Juanjo es, en sí mismo, una forma de invención artística, sólo que él no es artista por lo que crea, sino por lo que elige. Señala además la doble pertenencia del arte, que es de a la vez de su autor y de su propietario. Lo demás es cuestión de buen gusto, y Juanjo lo tiene. Y es imposible que no haya algo de esta exposición que no sea capaz de hacerte sonreír.

Un alcalde de la cultura

La recuperación del Teatro Cervantes para la ciudad es una de tantas cosas por las que debemos estar siempre agradecidos a Pedro Aparicio, un alcalde que hizo mucho bien por la cultura en Málaga. Destacando, con permiso, en su ingenio como articulista, también fue el máximo responsable de la creación de la Fundación Picasso y de su Casa Natal, en una de las primeras y más importantes reivindicaciones institucionales tras el silencio impuesto al pintor durante la dictadura. Él fue alcalde durante mi infancia, pero sé que durante toda la vida seguiré disfrutando de los progresos que se produjeron en esta ciudad durante su mandato. Nuestra memoria podrá recordarle, y el presente es el mejor reflejo de esos hechos, como un alcalde que no se dejó cegar por el destello de lo inmediato, que tuviera en mente también a los malagueños de futuras generaciones, que tuviera planes serios para esta ciudad y pensara en una política trascendente, que es aquella que sobrevive con el paso de los años.