Representar

JULIÁN MOLINA

El Rey representa a los españoles mejor que cualquier político electo. Ese es el gran argumento para no elegir al jefe de Estado y mantener una monarquía de sangre azul; quedan mejor sobre el papel couché. Tienen más clase, más porte y más saber estar que cualquiera de los que pudiéramos elegir en las urnas. Curioso argumento, deben representarnos los Borbones porque no nos representan en absoluto, aunque por arriba. Son más altos, más educados, más guapos, menos sectarios y mejor formados que cualquiera de nuestros políticos. Cosa que es evidentemente cierta, pero que deja abiertas muchas preguntas. ¿Por qué debo aceptar entonces tener un ministro o un alcalde o un diputado bajito, sectario, maleducado y sin formación? ¿Por qué asumimos que el jefe del Estado, que no toma decisiones, debe pertenecer a una élite y el resto de gobernantes, que toman todas las decisiones, no?

Y, para mayor escarnio, con el resto de representantes el argumento se empuña justo al revés, y nos reprochan que la corrupción y la mediocridad de nuestros políticos no son más que un fiel reflejo de nuestra sociedad. Un razonamiento que escuchamos hasta la saciedad incluso de los propios representantes. «Los políticos salen de la sociedad y, por lógica, se comportan del mismo modo. Así de sencillo. Así de importante», dice Esperanza Oña, por ejemplo. O Ana Botella: «Los políticos somos reflejo de la sociedad, no somos alguien que surja por generación espontánea». Es decir, no debemos esperar que nuestros representantes sean mejores que nosotros, salvo en el caso del Rey, que, siendo el único que no toma ninguna decisión, sí que es fundamental que esté distinguidamente por encima de las taras de los demás.

Pero, ¿deben ser nuestros representantes mejores que nosotros? Pues uno entiende que sí, que deben ser lo mejor posible, aunque más en el sentido platónico de mejor que en el borbónico. Pero desde luego también que si la cuestión es colocar una élite en algún sitio, debería ser donde se toman las decisiones y no en simples actos y recepciones, donde no se toman más que vinos y emulsiones.