Cayetano Romero: entre el equilibrio y la ausencia

Cayetano Romero posa junto a 'El equilibrista'./ Félix Palacios
Cayetano Romero posa junto a 'El equilibrista'. / Félix Palacios

El artista presenta en el Centro Cultural Provincial una exquisita exposición que repasa su obra reciente

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

«Me atrae lo que está roto». Cayetano Romero deja caer la frase en la penumbra de la sala. Y parece una reflexión al azar, sin pensarla apenas. Pero resulta todo lo contrario. Una declaración de intenciones íntima y crucial, básica para intuir la carga de profundidad de lo que se tiene delante, todo lo visto, leído, vivido y sentido antes de meterse en el taller y cuajar esas figuras de cerámica con textos tatuados en la piel blanca, esas cabezas grapadas, esos retratos infantiles borrados como la juventud y cierto entusiasmo. 'Nada grave', en el fondo. El título que Romero toma de un poema de Ángel González para abordar los mismos asuntos que aquellos versos: el paso del tiempo, la ausencia siempre.

'Nada grave' presenta la obra de Romero como nunca antes se había visto en la ciudad donde vive y trabaja como profesor de la Escuela de Arte San Telmo. Una muestra planteada como una instalación en su conjunto, un recorrido vibrante por los cinco últimos años de producción de este autor ajeno a las modas y la autopromoción. Conviene, por tanto, una pequeña guía, una hoja de ruta para transitar por 'Nada grave': de izquierda a derecha, el recorrido circular.

Ahí lleva el pequeño equilibrista sobre un hueso que parece mirar las dos figuras reunidas en 'El corazón manda' (2014), que juegan con el volumen a partir de cortes en la superficie de fibra de vidrio. «En la obra de Romero, el dibujo tiene un componente escultórico, incluso instalativo, de modo que proyecta lo bidimensional en el espacio hasta hacerlo tridimensional», ofrece el comisario de la muestra, Juan Francisco Rueda, que brinda otras dos claves esenciales en el trabajo del artista: la presencia de la palabra y la figura humana.

Así surge el personaje cubierto de texto que deambula por un cuaderno abierto de 'El paseante' y la pareja de 'Las palabras inútiles' que combinan la escritura con el peso de su propia sombra. Piezas cuyo tamaño crece hasta encaramase a las dos estacas de madera en 'El mal paso'. Figuras asomadas a un abismo, anónimas y universales.

Una búsqueda del equilibrio que ofrece un nuevo giro de tuerca, justo, en 'El equilibrista', pieza creada para el montaje que destila ese juego entre la luz y la sombra, entre la presencia y la ausencia que marca buena parte de la obra de Romero. Un simbolismo manejado con la misma intensidad en los bustos reparados como los antiguos ajuares, con gruesas grapas que curan, pero que también dejan cicatriz. Como aquí la obra de Romero.