La 'vicetodo' que se estrelló contra el PP

RAMÓN GORRIARÁN MADRID.

«Voy a seguir en política». Soraya Sáenz de Santamaría pronunció estas palabras con la rotundidad que acostumbra un par de días después de perder el congreso del PP frente a Pablo Casado. Pero sabía que su suerte estaba echada, su carrera política en el PP había acabado el 21 de julio con el voto de los compromisarios en la asamblea.

De nada le sirvió que dijera en aquel cónclave «soy Soraya, la del PP», ni que ganara las primarias entre los militantes ni que los afiliados la valoraran con un siete sobre diez en los sondeos del CIS. Era la favorita de los votantes del PP y de los populares de a pie. Pero la exvicepresidenta se estrelló contra la política subterránea de su partido. Los cuadros medios le presentaron la factura por años de desdén hacia la organización. El padrinazgo de Rajoy, que al partido le importó un pimiento, no fue suficiente.

Su error fue la forma de entender la política, con flexibilidad y pragmatismo (más de uno en el PP decía que podía ser del PSOE), y todo sazonado con mucha norma jurídica. Un muy destacado dirigente socialista con buen trato con ella recordaba estos días que le preguntó sobre cómo veía la situación en Cataluña pocos días antes del referéndum del 1-O, y ella recitó un rosario de artículos del Código Penal y disposiciones del procedimiento administrativo. Ninguna medida política.

Aunque a última hora intentara pasar por una dirigente pata negra del PP, en el partido, tanto en el alto mando como los dirigentes medios, no olvidaron los años de distanciamiento. Para Sáenz de Santamaría la política es el ejercicio del poder. Lo demás, fruslerías orgánicas que no merecían dedicarles tiempo. Ni siquiera al presentarse a las primarias disimuló su visión y reconoció sin recato que se presentaba a las primarias para ser la próxima presidenta del Gobierno. Las votaciones internas eran «un aperitivo» para la recuperación de la Moncloa. Un mensaje que no gustó a los patricios del partido ni a las clases medias porque veían confirmadas sus tesis de que el partido era algo accesorio. Un trampolín.

La «pitufina», así llamada por sus no pocos detractores aunque el copyright sea de García-Margallo; la que, para aviso a navegantes, colocó su gran bolso en el escaño de Rajoy el día de la estampida en la moción de censura; la 'vicetodo', dueña y señora de la Moncloa, y albacea de los más recónditos secretos, comprobó que entre los que forman la espina dorsal del partido su cartel no era el mejor. Los secretarios locales y de organización, los alcaldes y concejales, los diputados autonómicos y, en definitiva, el aparato del partido le dieron la espalda en el último minuto.

Casado entendió el mensaje de quienes le auparon al timón de la calle Génova, y sus ofertas integradoras no pasaron de la retórica cortés. Inaceptable para la copiloto de Rajoy. Con ella se extingue el último reducto del 'marianismo'.

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