El frío saludo entre Oriol y Quim

Quim Torra. :: efe/
Quim Torra. :: efe

Junqueras y Torra apenas se saludaron en un día en el que se escenificó la quiebra que vive el soberanismo y donde Vila acabó marginado

DAVID GUADILLA

madrid. Santi Vila fue el consejero del Govern que cuando vio que Carles Puigdemont se lanzaba al vacío para proclamar la independencia dijo hasta aquí hemos llegado. Dimitió por Twitter entre apelaciones al diálogo. Aun así, la Fiscalía pide para él siete años de prisión y se sienta en el banquillo de los acusados. Pero sus compañeros de aventura soberanista le consideran un traidor y ayer solo les faltó ponerle una letra escarlata en la pechera y echarle a la hoguera. Paseaba solo por los pasillos y dentro del Salón de Plenos apenas cruzaba palabras con su abogado. A Quim Torra, sentado en la primera fila reservada a los invitados, le estrechó la mano como si no tuviese más remedio para guardar las formas pero con cara de no me apetece.

Lo de Vila fue el ejemplo más gráfico de cómo anda el soberanismo año y medio después de lanzar el 'procés', pero lo de Oriol Junqueras tampoco fue una fiesta. El líder de ERC también se acercó a Torra y también le dio la mano, pero como quien se la da al dentista. Como muestra de afecto le soltó un: «Honorable». Fue en uno de los recesos de la vista. Justo antes de que al líder republicano se le acercase su esposa. La mujer le dijo algo al oído y le acarició con suavidad la mejilla. Casi se echa a llorar. Junqueras abandonó la sala, Torra la abrazó y ella reclinó la cabeza sobre el hombro del presidente catalán. Fue el gesto más emotivo que escenificó el soberanismo en una jornada de malas caras indisimuladas.

Los abrazos

Frente al gélido actuar de Junqueras, estaba el entusiasmo de los procesados que forman parte de JxCat, la Crida y todas las marcas vinculadas con Carles Puigdemont y Quim Torra. Jordi Turull, Josep Rull, Jordi Sànchez... todos se abrazaban de manera efusiva al jefe del Ejecutivo catalán en cuanto podían. La mayoría de ellos se giraron cuando Torra entró en la sala. Junqueras volvió a desmarcarse. Ni se movió. Vila ni se inmutó.

La relación de Rull, Turull y Sànchez con el líder de ERC, que permaneció con rictus muy serio durante la primera jornada de la vista oral, también fue nula. Si la división entre el PDeCAT y los republicanos es evidente a la hora de afrontar los retos de Cataluña, lo de ayer en el Supremo fue la escenificación final.

La formas solo se guardaron entre Torra y Ester Capella, la consejera de Justicia, también republicana, que estaba sentada a su izquierda, y con quien sí departió. A su derecha Damià Clavet, consejero de Territorio, del PDeCAT.

El Salón de Plenos apabulla por su solemnidad. Lámparas de araña, bonitas cristaleras, tapices y en la cubierta abovedada una imagen del pintor burgalés Marceliano Santa María. Es una alegoría de la victoria de la Justicia sobre el mal y los vicios. Torra inclinaba su cabeza hacia atrás para mirarla con claridad. El Supremo está ubicado en el antiguo convento de la Salesas Reales, así que por momentos su Salón de Plenos evoca a un templo. No solo por su carga histórica, sino porque es la antítesis de lo que es un espacio funcional. Los asientos, por ejemplo, son un atentado ergonómico que obligaba a los presentes a removerse cada cierto tiempo para evitar el anquilosamiento.

Era ahí, cuando los procesados intentaban recolocar su espalda, cuando la mayoría de ellos aprovechaban para girarse y saludar a sus familiares, presentes en el fondo de la habitación. Amplias sonrisas, guiños y miradas cómplices en un juicio donde lució mucho el amarillo. Torra llevaba un lazo, pero los allegados de los procesados le echaron imaginación. La batalla de los colores fue sutil y divertida. Había jerseys amarillos, fulares amarillos, flores amarillas... Para contrarrestarlo, Javier Ortega Smith, quien representa a la acusación popular y que es secretario general de Vox, llevaba una bandera española de pulsera. Uno de los espectadores le ayudaba en la guerra de las banderas con una libreta con la enseña nacional.

La verdad es que la sala no se llegó a llenar. Había una veintena de periodistas, familiares y espectadores. ¿Quién puede querer estar siete horas incómodo para ver un juicio que se puede ver en directo por internet?

 

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