El constitucionalismo catalán, tan dividido o más que el independentismo

Valls comparece el pasado miércoles para confirmar su divorcio de Ciudadanos. :: E. FONTCUBERTA / EFE/
Valls comparece el pasado miércoles para confirmar su divorcio de Ciudadanos. :: E. FONTCUBERTA / EFE

La irrupción de Valls, la desintegración de CiU y la cercanía electoral convulsionan el espacio no nacionalista en Cataluña

CRISTIAN REINOBARCELONA.

Entre el 8 de octubre y el 21 de diciembre de 2017, el constitucionalismo irrumpió con más fuerza que nunca en Cataluña. El 8 de octubre consiguió sacar a la calle a un millón de personas, una manifestación sin precedentes para los no nacionalistas, que hasta la fecha apenas reunían a varios miles en sus concentraciones. Dos meses después, Ciudadanos se convirtió en la primera fuerza no catalanista en ganar unas elecciones autonómicas en Cataluña. En paralelo, el proceso secesionista acabó de precipitarse al abismo.

Sin embargo, año y medio después, el constitucionalismo aparece dividido en Cataluña, sin un rumbo claro y sacudido por la irrupción de Manuel Valls, cuyo entorno ultima la puesta en marcha de un actor más en la dura competencia que se espera de aquí a las elecciones catalanas, previstas como respuesta inmediata a la sentencia del juicio del 'procés'. El espacio no nacionalista está «desorientado» y «necesita una estrategia», según han reconocido esta semana el líder del PP en esta comunidad, Alejandro Fernández, o Manuel Valls, respectivamente.

Ciudadanos está en caída libre, no ha conseguido ningún alcalde en las municipales catalanas; el PSC, que se ha recuperado como fuerza de referencia en el cinturón rojo de Barcelona, vuelve a practicar la geometría variable en los pactos locales (ha dejado al PP sin Badalona ni Castelldefels, uniéndose a los independentistas), y el PP está en una posición cada vez más residual (solo obtuvo un diputado por Barcelona en las generales). «Ciudadanos está en crisis porque no ha sabido consolidar su posición de liderazgo en Cataluña», apunta Joan López Alegre, número dos del PP por Barcelona en las pasadas generales. «Es normal que haya implosionado: nacimos para suplantar al PSC, no para pactar von Vox o que ahora Sánchez gobierne con los nacionalistas», apunta Antonio Robles, el primer secretario general de la formación naranja (entre 2006 y 2007). A su juicio, Albert Rivera ha sacrificado Cataluña con su único objetivo de llegar a ser presidente del Gobierno.

Robles dimitió como diputado autonómico tras el pacto de Ciudadanos para las europeas con Libertas. «De Libertas a Vox», resume. A su juicio, el mayor error que han cometido los naranjas en Cataluña, de «dimensión histórica», fue renunciar a que Inés Arrimadas se presentara como candidata a la Presidencia de la Generalitat en la sesión de investidura, después de haber ganado los comicios. «Perdimos la oportunidad de pronunciar un discurso de investidura y decirle a toda Europa que en Cataluña había ganado un partido no nacionalista, todo el mundo debía conocer lo que pasa aquí», remata. «Fue una gran oportunidad perdida», coincide López Alegre. «Porque lo que le falta al constitucionalismo -apunta el dirigente popular- es autoestima».

Arrimadas, que año y medio después de tocar el cielo dio el salto a Madrid junto con otro peso pesado como José María Espejo Saavedra, renunció a postularse como candidata a la investidura y también ha rechazado presentarle una moción de censura a Quim Torra. Si no lo hizo, fue porque no quiso «regalarle», según explicó en varias ocasiones, una victoria al independentismo. La aritmética en aquel momento era, en efecto, imposible, teniendo en cuenta que JxCat, Esquerra y la CUP sumaban la mayoría absoluta. Pero durante el año y medio que llevamos de legislatura catalana, el secesionismo ha perdido la mayoría absoluta en varias ocasiones: por la ruptura de la CUP con sus socios y por la suspensión de los diputados procesados. Con el tiempo, Manuel Valls (y su voto a favor de Colau) ha demostrado que en la política catalana podrían existir mayorías alternativas a la de los bloques tradicionales. Fuentes independentistas, de hecho, temen que la operación Valls de constituir una nueva formación vaya dirigida en esta dirección de cara a las próximas elecciones catalanas.

Lliga Democràtica

El exprimer ministro francés negó este pasado miércoles que vaya a crear y liderar un partido en Cataluña, como hizo con la plataforma que impulsó para las elecciones municipales. Otra cosa son los movimientos de su entorno. Él mismo se mostró dispuesto a «ayudar». Su número dos, Eva Parera, exdirigente de Unió, busca tejer complicidades con el mundo del nacionalismo moderado: de Units per Avançar (los herederos de Unió ahora aliados al PSC) a Lliures (exconvergentes), e incluso con dirigentes moderados del PDeCAT enfrentados a Puigdemont. El proyecto está avanzado y tiene hasta nombre: Lliga Democràtica. También participaría el expresidente de Sociedad Civil Catalana, Josep Ramón Bosch, entidad que está en un proceso tan convulso como el propio espacio constitucionalista. «La irrupción de un nuevo partido en el mapa catalán es consecuencia de la desintegración de la antigua CiU», apuntan fuentes de uno de los pequeños partidos surgidos de la desaparición de la coalición que gobernó Cataluña durante más de dos décadas.

«Valls ha venido con unas ideas muy jacobinas de la República Francesa, pero poco a poco comienza a aprender que sin un sector catalanista 'light' no puede hacer nada; aunque si se alía con esos sectores, los que le votaban por su cercanía a Ciudadanos, no le votarán», asegura Robles. Por ello, no le ve recorrido al proyecto apadrinado por el dirigente franco-catalán. López Alegre coincide. «No hay espacio para otro partido pseudonacionalista», señala. Se habla, no obstante, de unos 300.000 votos huérfanos que podrían dar unos cinco o seis diputados en la Cámara catalana.

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