Los villanos del Mundial

Los árbitros se entrenan en seminarios organizados por la FIFA pero no evolucionan al ritmo de los jugadores y compatibilizan su trabajo con oficios variopintos

Luis Suárez, después de morder a Chiellini. /
Luis Suárez, después de morder a Chiellini.
IGNACIO TYLKOMadrid

«La culpa la tiene el árbitro». Esta sentencia, excusa habitual en el mundillo del fútbol para evitar la autocrítica, se ha puesto de moda en este Mundial de Brasil. En un certamen de emoción, goles, osadía y buen fútbol, los trencillas son los villanos.

Errores clamorosos de los jueces han existido siempre, aunque el 'ojo de halcón' aplicado al fútbol impida ya fallos tan groseros como el del uruguayo Jorge Luis Larronda y sus asistentes en ese gol fantasma de Lampard a Alemania en el duelo de Bloemfontein del pasado Mundial de Sudáfrica.

El paradigma de los errores arbitrales, ya que si se creyera en conspiraciones sería preferible y ético dejar este oficio, lo representa el tunecino Ali Bennaceur al no ver aquella 'mano de Dios' con la que Maradona noqueó a Inglaterra en los cuartos de final del Mundial'86.

En Brasil 2014 los fallos han sido clamorosos y de todo tipo: goles anulados, penaltis no pitados e inventados, expulsiones rigurosas y otras perdonadas como el mordisco de Luis Suarez a Chielini que no vio el árbitro... El negro camino lo mostró ya en el partido inaugural el japonés Yuichi Nishimura, acusado de favorecer al anfitrión al señalar como pena máxima el teatro del brasileño Fred tras un contacto mínimo con el croata Lovren. Al nipón sólo le defendió el suizo Massimo Busacca, jefe de los árbitros de la FIFA. «Es difícil llegar a una conclusión. No soy el atacante ni el defensor. No sé si el contacto tenía la fuerza suficiente para derribar a Fred. Pero lo evidente es que hubo contacto. Si no, no estaríamos discutiendo», dijo Busacca.

'Piojo' Herrera, seleccionador de México, deseó la pronta eliminación del portugués Pedro Proença, que cayó en la trampa de Robben y señaló un penalti decisivo a favor de los holandeses después de haberse comido uno mucho más claro sobre este mismo futbolista. Si existía alguna duda, la confesión del propio extremo del Bayern de Múnich la resolvió.

Los nigerianos, con su técnico Stephen Keshi a la cabeza, acusaron al estadounidendse Mark Geiger de cercenar sus esperanzas. Perdonó la expulsión al francés Matuidi por una brutal entrada a Ogenyi Onazi. Se tuvo que retirar en camilla y sufre nada menos que fractura de tibia, peroné y de los ligamentos del tobillo. Varios meses de baja, si es que se recupera bien, para el centrocampista del Lazio. Matuidi, en cambio, podrá jugar sin trabas los cuartos de final ante Alemania. Paradojas crueles del fútbol.

Bailarín y peluquero

¿Cómo se eligen a los árbitros? ¿Con qué criterios? ¿Tiene que haber representación de todos los continentes? ¿Llegan los mejores? Las típicas preguntas que se hace cualquier aficionado no encuentran respuestas. Sin embargo, un farmacéutico 'bailarín', un policía inglés, un aficionado a la lucha libre, un millonario sueco, un vendedor de seguros y o el propietario de una peluquería desempeñan un papel clave en el Mundial.

En el campo todos visten el mismo uniforme, utilizan el silbato para dirigir los encuentros y, como novedad en Brasil, llevan en la cintura un spray para marcar las distancias en las faltas. Pero fuera cada uno adquiere una identidad diferente, de lo más variopinta, que muestra el amplio espectro de posibilidades vitales que tiene el ser humano.

Observemos por ejemplo a Noumandiez Doue. Hizo historia en la segunda jornada del Mundial de Brasil al convertirse en el primer árbitro de Costa de Marfil en dirigir un choque de la máxima competición de selecciones, la victoria 3-1 de Chile sobre Australia. Además de ser uno de los mejores árbitros de África, el marfileño de 43 años es farmacéutico y «aficionado al baile», según sus propias palabras.

Más conocida es la vocación por el arbitraje del sueco Jonas Eriksson, «el millonario relajado» debido a su carácter y a la fortuna de siete cifras (los medios han publicado más de 10 millones de euros) que tiene después de haber participado en el desarrollo de una empresa de derechos deportivos. Además fue jugador de fútbol antes de convertirse en árbitro.

Un policía inglés que trabaja en Yorkshire es el célebre Howard Webb, quien pitó la pasada final del Mundial entre España y Sudáfrica y no vio la entrada salvaje de De Jong a Xabi Alonso.

¿Un robo en casa? ¿Quiere usted asegurar su coche? Diga que sí y su hombre será el turco Cuneyt Cakir.

Más espiritual es el perfil del mexicano Marco Rodríguez. Tras abandonar su trabajo como profesor de educación física, se convirtió en predicador protestante en un templo a las afueras de la capital azteca.

Para las cosas del día a día, si los jugadores necesitan un buen corte de pelo podrían recurrir al holandés Bjorn Kuipers, que compagina el silbato con su faceta de empresario, ya que es propietario de un salón de peluquería y dos tiendas de comestibles en Holanda.

No hubo bromas cuando se publicó que el primer colegiado de Gambia que participa en un Mundial, Bakary Papa Gassama, se dedica en su tiempo libre al 'buri', una modalidad de lucha libre en su país. «No soy muy bueno, pero me gusta practicarlo como hobby», explica.

Tuvo su momento de gloria el brasileño Sandro Ricci, al convertirse en el primer juez que concedía un gol gracias a la utilización de la tecnología. Lejos de pasar por un tipo aferrado a las máquinas, declara: «Antes de cada partido me quito mi anillo y lo beso cuatro veces en honor de las cuatro mujeres de mi vida; mi mujer, mi madre y mis dos hijas».

Más allá de la inevitable presión, dirigir un Mundial en Brasil tiene evidentemente sus aspectos positivos. «Cuando quiero dejar todo atrás, siempre voy al mar», declara Nawaf Shukralla, un investigador de Baréin. No hay que olvidar las palabras del abogado alemán Felix Brych, famoso en su país por haber concedido al Bayer Leverkusen un tanto que no entró. «Somos árbitros, pero también somos personas normales».

Entrenados por Busacca

Juzgados por millones de personas y criticados al mínimo error, el grupo de árbitros seleccionados para el Mundial se preparó al máximo nivel. Busacca supervisó una de las tres concentraciones que se celebraron en Zúrich. La tarea del responsable del arbitraje de FIFA es como la de un seleccionador, que sólo puede disponer de sus jugadores un puñado de días al año.

«Como a un gran jugador no hay que decirle cómo debe actuar, pero la posición sí», explicó el exarbitro su suizo antes del Mundial. La idea es insistir en la lectura del juego. «Esto quiere decir comprensión, comunicación y anticipación. Las reglas las conocemos, falta saber cómo las aplicamos en el campo. Y cuando la situación no está clara, hay que convencer a todo el mundo y no sólo a uno mismo», señala Busacca.

Norbert Hauata, de la Polinesia francesa, forma parte de los colegiados reservas y no se dedica tiempo completo al arbitraje. «En Tahití no estoy acostumbrado a este nivel. Desde mi selección en enero, tuve que hacer un gran esfuerzo para estar a la altura en el Mundial», señaló este trabajador de la construcción que elogia a su jefe por darle dos horas para entrenar cuando lo necesita. Su referencia es el autoritario Howard Webb, al que dice que «es un privilegio poder imitar en el seminario del Mundial».

«Hace falta respetar a los árbitros, vengan de donde vengan», explicó Busacca cuando se le cuestionó por la exótica procedencia de algunos jueces. «He visto mejorar el nivel», subraya el suizo, que en las concentraciones para el Mundial sabe de la muy diferente preparación de los árbitros en función de las federaciones de las que procedan y los entrena teniendo esta circunstancia en consideración.

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