YA ESTAMOS TODOS

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ARTURO REQUE

LAS comunicaciones Madrid-Málaga y viceversa son actualmente de una comodidad excepcional, con múltiples opciones adaptadas a todos los gustos. En avión, tren, autobús o coche, puedes elegir entre toda una variedad de posibilidades que facilita la movilidad territorial tan buscada durante décadas y tan envidiada por otras zonas bastante peor conectadas. En esto somos unos privilegiados; atrás quedan esos años en los que cruzar la península suponía una suplicio de horas de viaje, donde las familias numerosas nos desplazábamos en coches repletos de niños (unos encima de otros, sin cinturón por supuesto, y el padre fumando con el codo apoyado en la ventanilla abierta por completa, dejando entrar esa terrible mezcla de humo y aire caliente típico de los meses de julio en la España del interior), el equipaje reventando el maletero y la baca repleta de utensilios variopintos según las aficiones de cada miembro de la familia. Añoranzas entrañables de una niñez que ya queda lejos y más parece sacado de una serie de televisión que la historia de nuestra propia vida.

Aprovechando estas ventajosas comunicaciones -eso sí, a la espera de poder hacerlo desde Marbella-, viajé a Madrid por motivos laborales el pasado viernes en el AVE de las ocho de la mañana. El madrugón me llevó a buscar un café reparador en el vagón cafetería donde me encuentro con una recua de «bienvestidos» que «servesa» en mano los unos y «copaso» los otros, a golpe de risa y «quillo», se cuentan las peleas en las que se han visto envueltos en sus noches de discoteca (curiosamente esta palabra aun no la han adaptado). Lo siento por la influencia que se haya podido producir en mi percepción de estos grupos, pero se pueden imaginar dónde me situó este mal encuentro (para colmo iban camino de unos sanfermines que empezaban al día siguiente...). Lo más seguro es que sean buenos tipos pero, aparte del alcohol tempranero, la conversación que mantenían a voz en grito no predecía nada bueno de ellos. Allí los dejé, pero el regreso por la tarde me volvió a traer imágenes de otras camarillas que visitan nuestra costa. Pude contar hasta cinco despedidas de solteros y solteras, con sus adornos, ojos vendados y ganas de diversión. No sé el destino exacto, ni siquiera si llegarán a dormir en algún hotel o tomarán el tren de vuelta tras la interminable noche que les espera, pero al Thyssen seguro que no iban.

La costa, siempre atractiva para los que buscan desenfreno y descontrol. Serán las autoridades las que traten de imponer, con bandos y ordenanzas, la prohibición de exhibiciones que perturben la tranquilidad del resto de ciudadanos, pero me temo que los visitantes del alcohol y sexo precisamente no van a mirar en internet cuales son las limitaciones que puedan fastidiarle su desfase. Tal vez sea un encuentro con la policía local lo que les calme los ánimos y se lo piensen dos veces a la hora de venir a desbocarse a nuestra ciudad.

Frente a estos calamitosos visitantes, tendríamos que seguir buscando alternativas que atraigan un turismo más respetuoso, que aprecie los valores del lugar, su identidad y su entorno, que lo cuide como si fuera su casa y quiera que siga así la próxima vez que venga. Disponer de una oferta más allá de los beach clubs de lujo, de los Ferrari o de los after hours. Mostrar un abanico de propuestas que alcance a todos los públicos y bolsillos, que de esto andamos muy escasos, confundiendo excelencia con lujo.

Pese a todo, ya andamos bien metidos en julio y Marbella se encuentra a tope de visitantes. La convivencia de estos días se hace difícil entre los que madrugamos para continuar con nuestros quehaceres profesionales y los que se encuentran ociosos. Seguimos sin mejorar el transporte público, las calles saturadas y la A7 continuamente bloqueada por saturación o algún accidente. Siento especial vergüenza ajena cuando veo las caras de los turistas en las paradas de los autobuses sin saber cuándo va a pasar el suyo, si parará o aun peor, si se han subido al adecuado.

Llegué de Madrid en AVE y, para colmo, la broma de tener que dejar el coche todo el día en el parking de María Zambrano me supuso más de veinte eurazos. Como para coger la autopista de vuelta estaba yo. Excelencia al alcance de unos cuantos.

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