VUELTA AL COLE

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NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

MARBELLA, como otros tantos lugares, retorna a su aspecto habitual. Muchos coches pero sin la congestión de agosto con esas interminables colas que se forman para entrar al aparcamiento de la Alameda. No puedo negar que me produce cierta pena ver a los turistas encerrados en us vehículos mientras se avanza a tres metros cada seis minutos rumbo a la cotizada plaza. 0,5 metros por minuto equivale a una velocidad de 30 metros por hora: La vida entera para llegar al lugar de procedencia si fuese esa el crucero de toda la ruta. Inimaginable. Pero la perspectiva de pasear por el litoral o tomar un aperitivo en uno de los incontables bares del Paseo Marítimo vale la espera. Como Enrique IV. Vuelve los atuendos menos desinhibidos, desaparecen los musculosos brazos desnudos y las camisetas de tirantes, no por imperio del buen gusto sino de la temperatura, los pantalones vuelven a su largo normal y las chanclas, ¡vaya por Dios! Con esa exposición indecente de dedos. Ya no se busca la sombra con el ímpetu de antes. Se regresa a la normalidad.

Porque el verano es de todo menos sosegado. Incluso aquellos que son suficientemente inteligentes, independientes, ociosos o jubilados que se refugian en sus casas durante esta época y salen de viaje cuando les apetece, cuando los precios son más asequibles, cuando la avalancha humana es más soportable, aquellos privilegiados no pueden presumir tampoco de que su vida no se ha afectado por la estación. Si quieren localizar a alguien, por placer, un amigo, por ejemplo, o por necesidad, un médico o un abogado, porque se han enfermado o les han notificado una demanda en su contra, se las ven y se las desean para localizar al interesado. Espere a septiembre se les dice. Como si en septiembre el mundo fuese a cambiar.

Si, cambia. La rutina diaria y semanal se nos impone. El trabajo, el colegio, los niños que no se consuelan porque se terminó esa dorada temporada en que podían levantarse a la hora que quisiesen, desayunar con toda calma, jugar con los artefactos electrónicos sin limitación, libres de obligaciones, deberes, tareas y latas con los que nos empeñamos los mayores en amargar las infancias en segura represalia contra los que os complicaron la nuestra que fue, comparada con la actual bastante más jorobada, menos diversión, menos consuelo en la soledad de la tablet y mucho, muchísimo más disciplina, castigo, bofetada y tente tieso. No entiendo que nos esforcemos en utilizar métodos periclitados para enseñar en estos tiempos en que los pequeños aprenden solos gracias a la televisión y a las redes sociales porque todos parecen unos genios domésticos y no hay un progenitor que no se asombre ante la precocidad de su hijo o hija. Claro, no lo compara con sus contemporáneos sino con el tontorrón que era cuando tenía la edad del Nobel que tiene en casa y cuyas hazañas narra pletórico de orgullo a sus amistades.

Los chicos abandonaban el hogar cargados con sus libros y demás material que les pesa en la mochila (me dicen que ahora llevan los libros y demás zarandajas en el ordenador ahora), como trabajadores incansables, expuestos al bullying, a las malas calificaciones, a la burla colectiva porque las zapatillas no son de la marca de moda o porque los tejanos no tienen las roturas en los sitios adecuados o porque los brackets no los han podido pagar o por cualquier otra tontería. Los padres, a pesar de todo, respiran aliviados porque ya no tienen que apoquinar para las actividades extra curriculares, ni para los campamentos o las guarderías. Ya los tienen colocados y hasta la próxima vacación no, hay dificultades ni que importunar a los abuelos. En el fondo, son los niños, gracias a Dios, los que orientan y definen nuestra existencia y no los ancianos como sucedía antes.

Septiembre es como el día lunes y los últimos días del verano provocan la nostalgia de las tardes de los domingos.

Si no lo siente así, vea September, como diríamos, la película.

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