EL TURISTA DESPISTADO

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MIRANDO AL MARJOSÉ MANUEL BERMUDO

OBSERVAR el verano como un turista despistado en un lugar que conoces bien, porque es donde vives todo el año, tiene un punto de interés que hasta permite descubrir aspectos desconocidos de ese sitio por el que te mueves habitualmente. Hay que tomárselo con calma, obviar los problemas de tráfico y controlar los amagos de ira que te producen; también las colas de espera en algunos establecimientos o en las paradas de taxis y buscar unos lugares adecuados para agudizar la vista y, sobre todo, el oido.

Septiembre ya te permite mirar con un poco de perspectiva a los dos meses de temporada alta, sobre todo agosto, y comparar algunas situaciones, aunque las diferencias se agrandarán conforme nos adentremos en el otoño. Se empieza a notar un descenso del volumen de personal en las calles, e incluso hay quien aprecia fácilmente el cambio de cliente al que atiende en sus trabajos, porque a muchos de los visitantes se les nota la falta de ansiedad que parece inherente a los días más bulliciosos. Actúan con otro talente, sacáncole el máximo sabor a las horas de cada día con la templanza y la concentración que cada momento se merece. Algunos los llaman los turistas de septiembre, que en muchos casos suelen ser repetidores de años anteriores y saludan al camarero del pub o a la dependienta de la farmacia como viejos conocidos, según puede comprobar el observador paciente buscando detalles de la personalidad de quienes visitan su pueblo.

Puesto a funcionar el oido se comprueba frecuentemente como se repiten algunos argumentos de conversación de quienes vuelven a encontrarse o llevan ya varios días instalados entre sus círculos de amigos: el tiempo que cada uno tardó en llegar a su destino. Unos han llegado a Málaga en tren o en avión y tienen que buscar el medio que les acerque a otros puntos del litoral, como Marbella o Estepona. En algunos casos, según sus propios comentarios, han tardado más en ese segundo trayecto, que en el recorrido desde sus casas, que se encuentran mucho más lejanas. A otros les ha preocupado el coste económico desde la capital de la provincia, también en algunos casos superior al billete pagado desde su punto de origen. Y los que han utilizado su propio vehículo unen sus opiniones a las de los habitantes de esta zona costera que cada día necesitan desplazarse, por motivos laborales sobre todo: «Cada día es más complicado y peligroso utilizar la autovía y más caro utilizar la autopista». Del supuesto futuro tren ya ni siquiera hablan, porque parece que esos visitantes habituales conocen mejor que nadie la situación, sin tener que participar siquiera en los debates que algunos políticos y colectivos sacan cíclicamente a la opinión pública para sacar las verguenzas de los rivales, pero sin llegar a una solución definitiva.

Mantener durante algunos días la observación nos llevará a la conclusión de que, sea en agosto o en septiembre, o en cualquier otra época del año, las infraestructuras estancadas durante años, mientras el número de visitantes no ha parado de crecer, es una de las preocupaciones de quienes aman a una tierra que no han querido dejar de visitar, por mucho que les ofrezcan precios más baratos y flamantes instalaciones en Turquía o Egipto. Pero todo puede cambiar peligrosamente, sobre todo si queremos traer al turista de calidad.

Las condiciones naturales de un destino turístico es algo que nadie puede cambiar, a no ser que se produzca un cataclismo o las medusas terminen invadiéndonos también por tierra, pero la planificación de elementos realizada por el ser humano tiene un gran margen de mejora para contribuir a que no tengamos grandes sobresaltos en la industria de la que dependemos. Lo comprobamos cada verano y hasta el turista más despistado lo puede ver, aunque sigue esperando algún cambio en cada visita.

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