Otro timo

Otro timo

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

Como el de la estampita, aquel que sirve para engañarnos haciéndose pasar el timador por alguien más tonto que nosotros. A veces, colectivamente, es difícil encontrar uno que reúna esas características. En grupo no sólo tendemos a comportarnos como una manada realizando actividades que de manera individual jamás emprenderíamos. No, también nos dejamos tomar el pelo. En caso contrario, ¿qué explicación tendría ese Brexit que se ha transformado en una agonía sin fin, algo así como ni cenamos ni murió padre? Tampoco hace falta cruzar el canal de la Mancha para encontrar ejemplos de estulticia. El que nos hayan convocado impunemente a las urnas dos veces con menos de treinta días de diferencia, con el costo que ello lleva aparejado y con exhibición de las mismas caras que ya tenemos muy vistas es, cuando menos, una falta de respeto o una demostración que aquilatan nuestra capacidad intelectual en su justa medida. Pero no quiero entrar en política.

En efecto, mi estupor va por otro derrotero. Hace unos meses, en toda España y, creo, que en los 28 países que la integran ya que fue la Unión Europea la impulsora de la idea se empezaron a vender las bolsas de plástico con buscado efecto disuasorio. Es verdad que baratitas, 10 céntimos, 10 peniques. En una compra regular en un supermercado, apenas se nota la diferencia. Pero el diálogo que se mantiene con el cajero «va a querer bolsa», «no, muchas gracias» o «sí, no tengo más remedio, Ud. verá», disuade. Quien es previsor sale de su casa premunido de un receptáculo donde meter los productos que ha adquirido. Quien no lo es, tiene que pagar el peaje. Hasta aquí todo bien. Me parece que entre esta modesta contribución y la publicidad que se ha hecho a las atrocidades que estamos cometiendo día a día contra la naturaleza se está produciendo algún efecto. Personalmente y aunque arroje piedras sobre mi propio tejado subiría el precio para que produjese un impacto en la economía del comprador. Un euro, una libra estaría bien, digo yo.

Las más contentas con estas medidas deberían ser las medusas porque sus depredadoras, las tortugas, pobrecitas, han encontrado un indeseado sucedáneo y se atragantan con las bolsas de plástico que, como los ríos, van a dar al mar. Los demás, creo que lo vemos con cierto escepticismo. Porque ¿qué sacamos con suprimir o reducir estos saquitos cuando hoy todo viene plastificado? Las botellas de gaseosas, de la leche y de los yogures ya no son de vidrio. Los tapones no son de corcho, los envases no son de papel sino del malhadado y omnipresente producto. La basura que desechamos es casi toda de este material. En Madrid, lo sé por experiencia propia, se recoge sólo los lunes, miércoles y viernes en unos cubos amarillos que se echan a faltar los martes y jueves por lo que los más ansiosos los emboscan en la orgánica engañando al recolector. No sé qué sucede en Marbella, no he visto contenedores individuales de ese atractivo color.

No me simpatizan las bolsas de plástico a pesar de que poseo una excelente colección. Hay algunas que me evocan tiempos pasados, paseos románticos, adquisiciones de ilusión, visitas a monumentos donde, a lo mejor, nunca volveré. Mi madre, que era una señora muy adelantada para su época debe haber previsto que en los años venideros se iban a cotizar en el mercado y las atesoraba con entusiasmo. Es posible que haya heredado un buen montón. Mi cuñada Paqui me enseñó a doblarlas primorosamente: varios pliegues longitudinales de unos cinco centímetros, más o menos, en número proporcionado a la anchura total. Cuando se tiene ya una especie de longaniza se dobla cuidadosamente en triángulos que se van amontonando y se sella el paquete con lo que sobra introduciéndolo en la última abertura como si de la bandera americana se tratase, ésa que le entregan a la viuda del caído en combate. Parece difícil, pero hasta un torpe como yo puede superar la prueba. Haga el intento y contribuya al orden de la cocina de su casa.

En el tercer mundo, del que tenemos muchas cosas que aprender, se le está dando un uso bastante racional a las botellas. Se las une y sirven para hacer barcos, por algo flotan y, llenas de arena, sirven para construir viviendas. Es el momento de estrujarnos la imaginación y darle salida útil a la basura que en cantidades ingentes producimos y que resulta inextinguible.

Pero, de momento, no pensemos que cobrando por las bolsas vamos a salvar el planeta.