SIEMPRE HAY QUE DECIRLO CON FLORES

FRANCISCO MOYANO

DENTRO del escenario de malas relaciones existente en Marbella entre los distintos grupos políticos que integran la corporación, se contempla la polémica que se suscita cada vez que el equipo de gobierno decide invertir en colocar miles de plantas floridas en los ámbitos urbanos. Inmediatamente la oposición esgrime el argumento de que es un gasto innecesario cuando hay otras muchas carencias que acucian a la ciudad. Cabe pensar que no debería haber incompatibilidad entre cubrir unas y otras necesidades. Que bonito sería que, en algún momento, el líder de la oposición regalase flores a la 'lideresa' del equipo de gobierno o viceversa. Ya me parece escuchar como más de un lector me acusa de cursilería; lo asumo. Sé que es una utopía pero cualquier 'tontería' puede ser buena para limar crispaciones. Que importante sería que todos en Marbella luchásemos por alcanzar un saludable consenso en los temas fundamentales. Parece que hoy me he levantado con un ataque de 'buenismo', aunque la vida no deja de ser dura, dramática a veces. Siempre hay que decirlo con flores. Mucho sabe de flores un veterano ciudadano marbellí que llegó a la ciudad en 1961, cuando era alcalde don Ricardo Lucena y Marbella se encontraba en plena ebullición, camino de convertirse en primera potencia turística y marca a prueba de todo tipo de contingencias. Casi sesenta años después sigue siendo uno de nuestros personajes más entrañables: Juan Berrocal, florista. Pero es ineludible, junto a él, mencionar a su mujer, Luisa. Juan y Luisa forman un dúo inefable y no se entiende al uno sin la otra, o al revés. Es la historia de un amor, como el bolero, traducida además en una impecable trayectoria empresarial que ha marcado época en el devenir del comercio local. Con ellos pasa como con La Cañeta de Málaga y José Salazar, igualmente inseparables y además amigos del matrimonio Berrocal. Cuando Juan Berrocal y Luisa llegaron a Marbella, el concepto de floristería era desconocido, aunque la ciudad no desconocía la importancia del adorno floral, como es natural. Esa función la cumplían los jardines públicos, como los existentes en el eterno pulmón verde del Paseo de la Alameda y la entonces Avenida de José Antonio (hoy Avenida del Mar). Gran parte de las viviendas de Marbella, antes de la construcción de los edificios elevados, poseían su propio patio donde los vecinos (vecinas fundamentalmente) sembraban en macetas e intercambiaban especies. Frecuentes los jazmines, recolectados en verano y afirmándose que espantaban a los mosquitos; se nota que eran más dóciles que los actuales. La floristería de Juan y Luisa Berrocal, situada en la avenida Ramón y Cajal, abasteció de flores a todos los grandes acontecimientos y fiestas acaecidas en Marbella a lo largo de los sesenta, setenta y ochenta. Entre la variada clientela se encontraban el barón Rothshild, Adnan Khashogi y el 'rey que no reinó', don Juan de Borbón, Conde de Barcelona. Juan Berrocal confiesa, aparte de que ha vivido, la cara y cruz de su aventura: unos primeros años que resultaron muy difíciles, aunque resistió, mucho antes de que el Dúo Dinámico compusiesen la famosa canción y posteriormente la época de ganar dinero, porque en la época dorada de Marbella no existían los límites presupuestarios. Abrió tienda en varios centros comerciales de la ciudad y fue creando, con su mujer, estilo propio. Con la familia Berrocal llegó a Marbella el 'arte de la flor'. Innovaron y dieron carácter a los adornos florales de los tronos de la Semana Santa, manteniendo aún la tradición del ornato de los Sagrados Titulares del Cristo del Amor. Gran aficionado al flamenco, impulsó la iniciativa de crear una peña flamenca, sin mucho resultado, en momentos en que estaban abiertos tablaos como Platero, el Boquerón de Plata, Fiesta, Ana María Moya, Tablao de Lola Flores y Antonio González y el de La Cañeta de Málaga y José Salazar. Fugazmente, en 2009, durante menos de un mes, presidió la Asociación de Comerciantes del Casco Antiguo; empezó con gran ilusión, pero las enormes dificultades con que se encontró le hizo desistir. Es un conversador nato, argumentando consistentemente sus opiniones y ofreciéndolas a los diferentes grupos políticos, al margen de ideologías, aunque tenga sus propias cercanías en ese aspecto. En los últimos años ha sido habitual tertuliano radiofónico. Él, que siempre tuvo visión de lince, casi ha perdido la vista, pero no le impide estar rigurosamente informado. Siguen leyéndole a diario el periódico. Gracias por la constancia. Si se decidiese a escribir o dictar sus memorias, sería un destacado acontecimiento.