Pósito y alhóndiga, primeras instituciones de Marbella

CATALINA URBANEJA

Transcurrido 534 años de la conquista de Marbella, voy a tratar de analizar algunos de los pormenores de su arranque como ciudad castellana y cuáles fueron las instituciones que se instauraron una vez concluida la repoblación. Como el tema es complejo y extenso para este limitado espacio, me ceñiré a detallar parte de los denominados «bienes de propios», capítulo esencial para el sostenimiento del sistema recién implantado.

Al tiempo que crean los concejos, los Reyes Católicos los dotan de medios suficientes para su pervivencia mediante los bienes de propios, que serán explotados por las entidades municipales a fin de conseguir financiación para cubrir sus necesidades. Durante los repartimientos, el bachiller Serrano se había ocupado de designar alhóndiga, peso, tiendas y baños cuyas rentas, estimadas en 50.000 maravedíes, sufragarían los gastos del municipio.

Enseguida se comprobó que apenas si llegaban para pagar los salarios del corregidor y oficiales del concejo, no pudiendo por tanto acometerse obras tan necesarias como la construcción del ayuntamiento, la cárcel, la alhóndiga, o reparar los deteriorados elementos defensivos. Ante esta situación, el consejo solicitó una ampliación y se le conceden 15 maravedís «de cada carga mayor de pescado e sardina que desa dicha çibdad e su tierra se sacare e llevare para fuera, así por la mar como por tierra», y otros 10 de cada carga menor. Cantidades que, según informaron a la Corona en 1493, tampoco eran suficientes: esta ciudad no tiene casa «en que se pudyeren los regidores ayuntar e azer su conçejo e ayuntamiento, ni menos cárçel ni alhóndiga adonde el trigo y çevada que a la dicha çibdad se truxese se venda, segund lo thenyan las otras çibdades. Y ansy mismo, los adarves e muros estavan mal reparados».

Atendiendo esta petición, se ordena al corregidor una valoración aproximada de los beneficios que aportaban los propios y el costo de las obras previstas. Pese a este informe, no tenemos constancia de nuevas concesiones hasta marzo de 1498 en que se confirman los asignados por Serrano, aunque incrementados con las ganancias. Una donación ficticia, pues no se trataba de generar nuevos ingresos, sino que se especulaba con los futuros.

Todavía en 1554, el procurador Francisco Rodríguez insiste en esta precariedad, ya que la principal renta que Marbella disponía para afrontar los gastos del ayuntamiento, mantener en buen estado sus muros y defender sus términos, consistía en los derechos que pagaban quienes sacaban el pescado, los que traían mantenimientos a la alhóndiga, y los que cargaban frutas por el puerto, «lo qual tiene por previllejo de los señores reyes y se llama la renta mayor, y su renta da siempre çient mill maravedíes arriba».

También formaban parte del caudal de propios los baldíos, que constituían la reserva territorial realenga de la que se valían los concejos para ampliar el patrimonio comunitario. Un usufructo que fue aprovechado en demasiadas ocasiones por los miembros de la oligarquía local, con vista a poseer suficientes propiedades para formar mayorazgo. Esta circunstancia se daba con frecuencia en las ciudades granadinas, de las que Marbella no era una excepción como se observa en la Residencia al concejo de 1517. En ella salen a colación las usurpaciones de baldíos por algunos regidores que habían disfrutado estas tierras bajo el pretexto de estar cercanas a sus predios, dejando de invertir el tercio de sus rentas en las obras públicas como estaba determinado.

En este contexto habría que preguntarse a cuánto ascendían las ganancias generadas por los recursos municipales, y cuáles eran los agujeros por donde se filtraba el dinero en una época como esta, asolada por unas alteraciones climatológicas que frenaban la producción de los campos y originaban crisis y carestías. Adversidades que conocemos por las crónicas de Bernáldez, el cura de los Palacios: el 11 de noviembre de 1485 comenzó a llover y no paró hasta el día de Navidad, «que nunca en este tiempo uvo sino dos o tres días en que escanpasse», de forma que «se perdieron muchos hombres e muchas haziendas; cayéronse infinitas casas e edificios; muriéronse infinitos ganados, mucha arboleda e viñas arrancadas».

En esta comarca, que basaba su economía en la agricultura y especialmente en los cereales panificables, el acondicionamiento de la alhóndiga revestía carácter de urgencia. Sin embargo, su construcción se demoró más de la cuenta debido a la polémica surgida sobre la ubicación de los silos, «que los regidores lo hasen mal, por elegir a donde ellos quieren, y que alygan ombres que no son ábiles para ello». Finalmente, el edificio se erigió en la plaza pública, y albergó asimismo el pósito, un depósito de cereal abastecido por medio de cuotas obligatorias con el fin de prever futuras carestías y evitar el hambre. Ese cometido originó que se conociera como «el banco del pobre».