DE NUEVO SOBRE DAIDÍN

CATALINA URBANEJA ORTIZ

HACE dos semanas escribía sobre el despoblado de Daidín, su pasado y su caótico presente, y hoy continúo con la historia para satisfacer la curiosidad de algunos lectores a los que agradezco su interés.

El libro de Apeo de Benahavís sitúa Daidín en la cara oeste del pico Encinetas de la sierra Palmitera, en la base de la cañada de la cueva, en cuya ladera, y a escasos metros de distancia, se encuentra Almáchar, por cuya proximidad se le llamó en ocasiones Almáchar-Daidín.

Son varios los autores que estudiaron esta alquería. Maíz Viñals daba a su topónimo origen turco, «quiere decir luz, y fue el nombre de uno de los más destacados señores del dicho lugar». Pascual Madoz cita una iglesia en lo antiguo «de la cual no se conserva vestigio alguno», y Nicolás Cabrillana destaca que «era un pueblo floreciente, gracias a sus ricas viñas».

En la merced a Cifuentes sobre Benahavís y Daidín sólo le concedieron la jurisdicción «de las tejas adentro», es decir, que, salvo el casco urbano de cada villa, el resto del señorío, incluidos los caminos reales, permanecía sometido a Marbella. El conde consiguió una fuerte protección para sus dominios, tanto en concesiones para sus vasallos como facilidades para la lucha contra el concejo de la ciudad. Los excluyó de las azofras evitándoles que cada año tuvieran que «adovar e facer caminos e rozar, e talar las calas de los arroyos que entran en la mar por la seguridad de la costa», y por sentencia de la Chancillería, fueron liberados de la obligación de pedir licencia para plantar viñas y panificar sus heredades. Para pagar la dote de su hermana, Cifuentes vendió estas dos villas a Francisco Fernández de Villegas en 1532 por 6.000 ducados de oro castellano.

Su poblamiento quedó reducido en 1501 a un simple caserío, aunque después mantuvo un vecindario estable hasta el alzamiento de los moriscos. Tras la rebelión de Sierra Bermeja, la minoría marginada y descontenta practicará el bandidaje y las incursiones a las tierras bajas, ahora en poder de los castellanos, propiciando la llegada masiva de elementos descontentos, una afluencia que recibirá buena acogida en Daidín y Arboto que pasaron a constituirse en el centro idóneo para sus correrías. Los vecinos de Arboto, Benahavís, Daidín, Istán, Ojén y el Velerín, protagonizaron fugas clandestinas a Berbería, unas veces con resultados más afortunados que otras.

Daidín tuvo un papel destacado durante la rebelión de 1569, no en vano su alguacil, Alonso el Meliche, fue uno de los cabecillas más sanguinarios, que, además, lideró una banda de monfíes cuyo radio de acción giraba en torno a la sierra que hoy lleva su nombre. El miedo que inspiraban estos salteadores forzó a la Corona a establecer puntos fortificados capaces de acoger a los vecinos en situaciones de peligro, aunque se excluyó Daidín por no pertenecer al realengo. Al tiempo del alzamiento se computan un total de 110 familias en Benahavís y Daidín, y en el proceso repoblador se asignan veinte vecinos a Daidín, que tendrían que vivir en casas y tierras arrendadas a cambio de una cantidad anual. No fue Andrés Villegas un buen arrendador, pues amenazaba a sus colonos con quitarles las viñas una vez terminados los contratos, por lo que solicitaron licencia real para vivir en Marbella «desde la qual podrian en mucha comodidad benefiçiar las dichas viñas». Esta decisión marcó el principio del fin.

Si los vecinos de Almáchar-Daidín «en tiempo de moros» vendían en Marbella la fruta cosechada en sus campos, especialmente castañas, ya en el siglo XVII, el abandono empieza a reflejarse en el paisaje debido al avance del bosque sobre los antiguos viñedos y castañares, que, de forma espontánea estaban siendo sustituidos por alcornoques, quejigos y pinos, los cuales, «por la templanza, calidad y feracidad de las tierras, se crían normalmente y sin industria alguna luego que quedan abandonadas e incultas por algunos años».

Con la despoblación de estos lugares se incrementaron las alimañas, en especial lobos y zorros que mermaban los ganados, cuyo exterminio se convirtió en objetivo primordial del concejo marbellí, que destinó una importante dotación para ello. Posiblemente esta cacería estaría consensuada con los pueblos de su jurisdicción pues hay constancia de la reclamación hecha por el concejo de Benahavís y Daidín al de Marbella del pago del importe de los lobos matados en su término, tasados en 748 maravedíes la cabeza.

En conclusión, Benahavís, Daidín y Almáchar, iniciaron su decadencia apenas transcurridos unas décadas desde la expulsión de los moriscos. Unas tierras ricas, explotadas desde tiempos antiguos, fueron abandonadas debido a la incapacidad de sus amos para relacionarse con sus aparceros. Si en época de turbulencias estas alquerías fueron refugio de disidentes, finalizado el siglo XVI las discrepancias con los Villegas se pagaron con el destierro.

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