Lunes de resaca

Lunes de resaca

CATALINA URBANEJA ORTIZ

Consideramos la resaca como el malestar producido por el exceso de alcohol, aunque el diccionario de la Real Academia incluye otras acepciones, como la «situación o estado que sigue a un acontecimiento importante», definición que encaja perfectamente con la sensación que experimentamos el lunes pasado cuando, tras la resaca triunfalista del Día Internacional de la Mujer, cambiamos el morado por el negro ante los casos de violencia de género acaecidos el fin de semana.

Las estadísticas son escalofriantes. Sólo en lo que va de 2019 han sido asesinadas doce mujeres, que ascenderían a catorce una vez terminada la investigación policial. De ellas, las tres últimas han perecido en tres días consecutivos, la primera el viernes, cuando las mujeres de todo el mundo elevaban sus voces reclamando unos derechos que se les resisten. Esta anciana de 80 años tendría acumulada la amargura del maltrato, de una relación silenciada en aras de la familia y de ocultar la vergüenza que le supondría denunciar a su compañero. Una cruel paradoja en donde la víctima se convierte en cómplice tácita de su verdugo, ya que no es consciente de que con su actitud está alimentando su propia perdición.

Duele el caso de Gloria, la montejaqueña de 58 años residente en Estepona, que pereció después de haberle asestado su marido diez puñaladas sin importarle la presencia de su hijo adolescente, a quien echó de su casa para que no obstaculizara sus criminales planes. Dicen que el asesino tenía arranques de paranoia, lo que plantea cierta desazón ante el desconocimiento de cuántas personas con características similares andan sueltas por ahí y cuál es su grado de peligrosidad.

La ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, de diciembre de 2004, no ha conseguido frenar la tendencia alcista de unos atentados calificados como «el símbolo más brutal de la desigualdad existente en nuestra sociedad» sobre las mujeres por el hecho de serlo, ya que sus agresores las consideran «carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión». Se inspira en la IV Conferencia Mundial de las Naciones Unidas, que declaró que la violencia contra las mujeres «menoscaba el disfrute de los derechos humanos y las libertades fundamentales».

Determina las medidas de prevención en el ámbito educativo o en la publicidad, aunque debe hacerse hincapié en la televisión, especialmente en aquellas series y películas con mensajes más que cuestionables. Tienen que preocuparnos los espacios de exacerbada violencia consumidos por espectadores de cualquier edad -la censura ya no existe-, porque pueden influir en las mentes más susceptibles. La crueldad de sus escenas sugiere que delinquir es fácil y asequible, y aunque en la moraleja final el delincuente reciba su castigo, el mensaje emitido no es muy edificante.

El perfil de los homicidas mediáticos puede superponerse al de aquellos que atacan a sus parejas: no siempre están locos, ni son alcohólicos, ni han perdido el control, sino que saben lo que hacen e incluso actúan con premeditación, ensañamiento y nocturnidad, dado que la mayoría de las agresiones se producen de manera sorpresiva para la víctima, pocas veces consciente del peligro en que vive. Así lo reflejan los datos de este año en que, de las doce mujeres asesinadas, sólo ocho habían denunciado su situación.

Tampoco puede hablarse de una edad concreta pues el arco cronológico abarca un amplio sector que fluctúa entre los 18 y los 85 años. Dejando de lado los que tienen entre 61 y 85 años, resultan alarmantes los tres hombres cuyas edades oscilan entre los 18 y 40, porque fueron educados en el periodo democrático con nociones sobre igualdad y los suficientes recursos para desarrollar una tolerancia de la que carecen. Esto nos lleva a preguntarnos en qué hemos fallado, cuáles son las lagunas del sistema educativo y si tan atroz comportamiento responde a patrones copiados de los padres o del adoctrinamiento televisivo.

Este terrorismo genera más víctimas de las que se reflejan en los recuentos anuales, ya que además quedan huérfanos, a veces de ambos progenitores dado que muchos de los asesinos acaban suicidándose acaso por arrepentimiento o por miedo; quedan familias rotas, padres, madres y hermanos destrozados por la trágica desaparición de sus seres queridos. Un panorama difícil de recomponer y un futuro incierto para los menores que tienen que enfrentarse a una vida diferente de la que habían tenido; a la crueldad de sus compañeros de colegio y a asumir que la desarticulación de su familia ha sido producida por el hombre que hasta entonces había sido el puntal de su existencia.

Este tema plantea demasiadas interrogantes, preguntas sin respuestas suscitadas ante el fracaso de unas soluciones planteadas con el objetivo de erradicar a los violentos, a quienes utilizan su fuerza para solventar los problemas que ellos han generado.