Igualdad

El tribunal que interpreta la Carta Magna ha ido formulando una doctrina sobre la materia basada, me parece, en Aristóteles para quien lo correcto era tratar por igual a los iguales y desigualmente a los desiguales

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART ABOGANDO

TIENE dos significados bien distintos. Por una parte, la conformidad de una cosa con otra pero también la equiparación en, por lo menos, derechos y obligaciones. Supone un principio que aporta justicia y que, por lo tanto, es bueno para la sociedad. La igualdad no se consigue así no más. Hubo que conquistarla y muchos murieron en ese empeño. Egalité o mort decía Momoro, creo que era él, y murió, como tantos otros sin verla reinando sobre sus compatriotas. Era el pilar fundamental que movió a nuestros vecinos a cambiar el régimen y llevar a los privilegiados y también a otra pléyade que no lo eran tanto al cadalso. Porque nada repugna más que la iniquidad. Estamos dispuestos a soportar mucho siempre que se distribuya la carga. La ley pareja no es dura se dice por allí lejos, en respuesta al brocardo dura lex sed lex. Sí, es dura, salvo que se aplique a todo quisqui: entonces se aguanta. Cuando al antepenúltimo Luis se le acabó el dinero y recordó que había una fórmula para reponer sus menguadas arcas pretendió la exacción a uno de los tres estados y ése fue el comienzo de su fin. Curiosamente, a pesar de que no está previsto así, en ninguna parte, los que aportamos a la hacienda somos siempre los mismos: los que no podemos escapar de su afán recaudatorio mientras los que de verdad ganan dinero, quizá será por eso, se ríen a mandíbula batiente de las paralelas e inspecciones. Como no figuran en ninguna parte nadie les molesta. Los que estamos registrados somos las víctimas propiciatorias. Más o menos como en la misa donde nos exhortan a los que asistimos a ser buenos. Los demás, bien gracias.

La aspiración a la igualdad no pasó desapercibida a los arquitectos del ordenamiento jurídico que nos rige y que nos ha permitido vivir en paz va a hacer ahora cuarenta años. En la Constitución se menciona este sustantivo y su correspondiente adjetivo, igual, no menos de trece veces, proclamándose nada más comenzar que es un valor superior. También, que se encarga a los poderes públicos el velar porque sea real y efectiva, que somos iguales ante la ley sin que se permita ninguna discriminación y así podamos acceder a las funciones y cargos públicos, contribuir al levantamiento de los gastos de las administraciones, en ese predicamento poder casarnos, tener hijos sin que la filiación pueda establecer diferencias, sufragar aunque no hayamos tenido acceso a la educación, elegir a nuestros representantes, en fin. Todo muy bonito. El concepto ha dado mucho juego y el tribunal que interpreta la Carta Magna ha ido formulando una doctrina sobre la materia basada, me parece, en Aristóteles para quien lo correcto era tratar por igual a los iguales y desigualmente a los desiguales. Suena un poco mal a primera lectura porque pareciera que aún hay patricios y plebeyos, ciudadanos, periecos e ilotas, libres y esclavos. No es así, la desigualdad está en las circunstancias no en la esencia. Teóricamente.

Hoy la igualdad está siendo acaparada para enfocarla a las posiciones de hombres y mujeres, una causa que está pendiente desde hace siglos. No debe olvidarse que sólo durante el Año internacional de la Mujer, 1975, vivo aún el Caudillo, se modificó el Código Civil para rescatarla de un estado de incapacidad legal en la que se encontraba y que no fue hasta la segunda república que pudo votar, a pesar de la tenaz oposición de nuestra paisana. El Consejo General de la Abogacía Española está empeñado en una lucha por erradicar la desigualdad y en este camino ha organizado una magnífica exposición que hoy se puede ver en el Paseo de Recoletos en Madrid y pronto se verá en todo el país.

Pero ¿puede siquiera mencionarse la igualdad en un mundo como el de hoy cuando atracan en el mismo puerto del Mediterráneo, no en Marbella, con muy pocos días de diferencia una nave donde venían hacinados más de seiscientos semejantes que a la deriva evocaban el barco de los malditos, la epopeya de unos desgraciados a quien nadie cobijó, ni siquiera Cuba, y tuvieron que regresar a origen donde los exterminaron y un crucero donde se puede viajar siempre que pagues mil euros por noche? ¿Igualdad? Vergüenza.

Todos somos humanos pero parece que algunos son o somos más humanos que otros.

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