EL BELLAMAR

JOSÉ MANUEL BERMUDO

PUES si nadie lo remedia de forma urgente, la Escuela de Hostelería Y Turismo Bellamar, de Marbella, desaparecerá dentro de pocos días. Se pondrá fín de esta manera a medio siglo de actividades docentes para profesionales de distintos departamentos dentro del mundo de la hostelería y la restauración. Incluso llegó a ser hotel durante una época.

Desde que hace un año se conociera la intención de los propietarios de no renovar el alquiler de las instalaciones se han escuchado diferentes voces, algunas de ellas con peso en el mundo del turismo, clamando por evitar el final de tan larga trayectoria. También desde el ámbito político se han expresado intenciones de encontrar una solución, pero lo cierto es que ya apenas si queda tiempo para conseguirlo.

El edificio de esta escuela ha formado parte durante mucho tiempo de la postal de la ciudad, dada su ubicación en la entrada oriental y haber sido perfectamente visible ante la ausencia de otras construcciones en los alrededores. Bien es verdad que en los últimos años daba una sensación de abandono que no presagiaba nada bueno y que hacía dudar de las intenciones de sus regidores. Pero el aspecto de lo que fue hotel, con unas habitaciones faltas de vida, no tenía nada que ver con lo que ocurría en el interior del centro de formación, donde profesores y alumnos se afanaban con rigor en conseguir sus objetivos de cada curso. Y los resultados anuales están ahí para corroborarlo.

El Bellamar ha sido una escuela que ha tenido siempre la característica de haber funcionado con una tremenda discreción. Quizás demasiada, porque para muchos vecinos de Marbella es una gran desconocida. Su extensa vida no ha tenido una gran proyección en los medios de comunicación, como se hace hoy con casi todo, pero siempre se ha sabido que los alumnos que finalizaban sus estudios solían encontrar trabajo, al menos un noventa por ciento de ellos, lo que resulta una cifra muy elevada teniendo en cuenta el panorama del empleo.

Siempre hay que mantener un hilo de esperanza sobre una posible salida a esta situación que ahora se produce, pero sería difícil de entender que se dejara morir de inanición a un centro que produce puestos de trabajo en la industria turística que es nuestro principal activo. Los propios profesionales de la hostelería están diciendo que no se puede perder ni una sola de las escuelas que actualmente funcionan, cada una de ellas con sus características especiales, pero todas dando una magnífica formación que nuestros establecimientos demandan.

El Bellamar funciona como un centro de formación profesional que ha venido ofreciendo plazas que otros no tenían, como las reservadas para parados de larga duración, mayores de cuarenta y cinco años, mujeres maltratadas y personas en riesgo de exclusión social. Se cumple, por tanto, un doble objetivo.

Cabe pensar que lo lógico es permitir que siga funcionando algo que está demostrado sobradamente que funciona, aunque necesite de algunos retoques para mejorar medios. Romper con lo existente y empezar de nuevo significa muchas veces que nos embarcamos en experimentos modernos que en principio suelen ser llamativos, pero que no siempre terminan de arrancar. Y hay algunos ejemplos significativos.

La escuela depende de la administración central, por lo que el nuevo gobierno tiene una oportunidad de demostrar que es diligente en estos asuntos que tanto tienen que ver con la formación y el empleo. Y esperemos que el Bellamar no termine convirtiéndose en uno de esos casos en los que se pelotee con las responsabilidades entre unos y otros sin que nadie actúe con decisión. Sería una lástima.

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