«La bala atravesó la puerta y me pasó a cuatro dedos de la cabeza»

Ramón Crespo junto a la puerta de entrada a su vivienda, que fue atravesada por la bala que disparó su vecino. /SUR
Ramón Crespo junto a la puerta de entrada a su vivienda, que fue atravesada por la bala que disparó su vecino. / SUR

Un vecino de Estepona relata a SUR como vivió su familia el episodio en el que su vecino fue detenido tras disparar a policías nacionales

ALVARO FRÍAS y JUAN CANOMálaga

A Ramón Crespo aún le cuesta asimilar lo que ocurrió el pasado viernes cuando, durante una actuación policial para detener a su vecino, una bala disparada por el arrestado atravesó la puerta de su casa y acabó impactando en la terraza después de recorrer el salón la vivienda. Asegura que lo ocurrido le ha cambiado y que es consciente de que el hecho de que nadie resultase herido, «o algo peor», durante la intervención «es un milagro».

Todo ocurrió el pasado viernes al mediodía en un bloque situado en la avenida Los Reales de Estepona. Hasta allí acudió la Policía Nacional tras la petición de auxilio de una madre, que solicitó ayuda porque su hijo había sufrido un brote psicótico y estaba muy agresivo. Al ver a los agentes, que acabaron abalanzándose rápidamente y deteniendo al joven de 29 años, el arrestado descerrajó un disparo. La bala pasó a la altura de la cabeza de los funcionarios antes de colarse en la vivienda de Ramón.

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Cuando ocurrieron los hechos, este vecino de Estepona se encontraba en casa con su mujer y sus dos hijas, de 21 años y de 12: «La mayor terminó antes de comer y se marchó a la calle. Después escuché a la policía llamar a la puerta de enfrente y me asomé por la mirilla para observar lo que estaba ocurriendo».

Imagen del estado en el que acabó la cristalera de la terraza.
Imagen del estado en el que acabó la cristalera de la terraza. / SUR

Al escuchar el disparo, Ramón cuenta que gritó a su familia que se tirara al suelo, algo que él también hizo inmediatamente. «Mi hija pequeña estaba detrás de mi porque iba hacia el salón para comer. Hasta que no la escuché llorar y vi que estaba bien se me pasó de todo por la cabeza», señala.

Después, arrastrándose todos por el suelo se protegieron por si había otra detonación. Este vecino de Estepona indica que los policías entraron en la vivienda y comprobaron la trayectoria de la bala, que había atravesado la puerta, recorrido el salón y acabado alojada en una pared de la terraza.

Al ver la marca en la puerta, Ramón fue consciente de que el proyectil le había pasado rozando, «a cuatro dedos de la cabeza». Sin embargo, nadie había sido alcanzado, ni siquiera los policías nacionales, «que eran el objetivo que tenía esa bala».

Ahora Ramón se afana en arreglar todos los desperfectos para que todo quede igual que estaba antes de este episodio: «No quiero nada que me recuerde lo que pasó».

Tampoco a sus hijas, sobre las que insiste en que son las más afectadas por lo que ocurrió: «La bala pasó justo por encima del sofá en el que nos sentamos a ver la televisión. De hecho, las niñas pasaron dos o tres días sin querer entrar en el salón ni quedarse solas en casa».

«Hemos tenido mucha suerte, cuando pienso en lo que podría haber ocurrido se me saltan las lágrimas. De hecho, cuando voy por la calle y veo a alguno de los policías nacionales que actuaron se me ponen los pelos de gallina», asegura Ramón.

La madre del arrestado asegura que lleva «mucho tiempo» intentando que lo internen

Ana es la madre de Antonio –nombre ficticio ya que su familia prefiere mantener la identidad de este joven en el anonimato–, que fue detenido el pasado viernes por disparar contra los policías nacionales que fueron a su casa después de que su madre pidiera auxilio, ya que el arrestado había sufrido un brote psicótico y se mostraba muy agresivo. «Desesperada», esta mujer asegura que ya advirtió hace mucho tiempo de que podía producirse una desgracia.

Esta vecina de Estepona relata que los problemas mentales de su hijo empezaron hace años. Poco a poco, su estado fue empeorando, agravándose incluso con el consumo de sustancias estupefacientes y alcohol. «Nos empezó a decir que la familia estaba en su contra, que veía cosas como demonios y que alguien venía y le decía cosas», apunta.

Ana precisa que su hijo, diagnosticado de un trastorno mental, se sentía perseguido y que cada vez era más violento. Al principio, siempre según su relato, contra los objetos, como televisores, que destrozaba. Con el tiempo, esa agresividad también iba dirigida hacia las personas.

Esta madre, entre lágrimas, recuerda el episodio del pasado viernes. Explica que su hijo estaba en pleno brote psicótico y «muy violento»: «Cogió un cuchillo, pero no nos atacó. Se asomaba por la mirilla de la puerta y, al ver a la policía, decía que eran demonios que querían matarle. Ese no era Antonio, tenía la mirada ida. Yo no le reconocía».

Preocupada, recuerda este episodio e insiste en que ella ya advirtió de que podría ocurrir: «Tengo escritos presentados en el juzgado pidiendo el internamiento de mi hijo en un centro adecuado para que recibiera el tratamiento necesario».

Después de sufrir varios brotes y ver la evolución cada vez más violenta de su hijo, que dejó de tomarse la medicación y de asistir a las consultas; Ana no se quedó de brazos cruzados. Dice que ha llamado a todas las puertas que ha podido para que se le diera una solución a ese internamiento, pero que nadie le ha ayudado.

«Considero que mi hijo es víctima de un sistema que no funciona. Si el viernes llega a ocurrir una desgracia, quién hubiera sido el responsable», se pregunta, a la vez que insiste en que las personas que sufren un trastorno mental tienen el mismo derecho que el resto de enfermos a ser tratados adecuadamente. «Sin embargo, las personas que nos encontramos en esta situación estamos desprotegidas», apunta.

Su abogado, Manuel Fernández Poyatos, indica que, si en el juzgado pedían que Antonio acudiera por su voluntad para ser valorado por un forense y éste no hacía caso a lo que le pedía su familia, ya que piensa que le engañan y están en su contra, «es una pescadilla que se muerde la cola y el internamiento nunca se iba a llevar a cabo». «No se ofrecía ninguna alternativa real», concluye.

 

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