Raphael es una religión

La actriz malagueña Alessandra García nos acompaña en una experiencia mística de casi tres horas

Raphael, en el escenario con la Orquesta Sinfónica. :: Josele-Lanza/
Raphael, en el escenario con la Orquesta Sinfónica. :: Josele-Lanza
TXEMA MARTÍN

Como las peregrinaciones que se emprenden a los lugares de culto, la historia de este viaje hacia Marbella comienza en uno de los autobuses que la promotora de este concierto, Galas Metropolitanas, ha tenido la gentileza de ofrecer para facilitar el trance. Estos no son 'groupies', sino creyentes. Los asientos van llenos de seguidores de una tradición moderna que viene adherida al ADN como un instinto. Se trata en definitiva de gente fiel, familias que cantan 'En carne viva' por Navidad, practicantes de una religión que profesa mi acompañante, la actriz malagueña Alessandra García, raphaelista de una generación que ya es la tercera y cuya prometedora experiencia mezclada con su propio fanatismo sirven como el contrapunto ideal en este concierto.

El escenario tiene que provocar algo esplendoroso para que alguien lleve más de cinco décadas sin bajarse de él. «Es increíble, a mí me faltan 18 años para llegar sólo a los que él lleva en activo». Es posible que Raphael, que pasó tan rápido de la niñez a los asuntos, sólo pueda sentirse cómodo en uno de ellos, frente a frente con los largos aplausos que intermedian e interrumpen las canciones. Esa forma de adicción es fruto de una carrera inmortal a la que ya sólo le queda girar maravillosamente sobre sí misma. Ana, una madre que acompaña a su hija, o viceversa, me dice: «Le vi por primera vez hace 48 años. Y me gusta más ahora».

La espera se hace larga. Todavía hay una multitud agotada que lleva aquí varias horas y que se agolpa de forma temerosa en las colas de acceso a la plaza de toros. La estampa es antológica. Ya sobre el albero y bajo un público que aún busca su sitio por las esquinas, vemos agazapado junto al escenario a nuestro héroe de hoy, rodeado de personal que trata de que no se le vea porque a los grandes hay que contemplarlos siempre en el escenario.

Durante el recital, acompañado por la Orquesta Sinfónica de Málaga en estado de gracia, Raphael da rienda suelta a esos «pequeños gestos que mueven a la masa» y coge la batuta, canta desde una silla de oficina para luego deslizarse felizmente de un lado a otro, le canta a un vaso de tubo y lo vacía triunfante junto al piano, le canta también a la silla, a un espejo que luego destroza con una butaca, otra vez. El repertorio y la ejecución son perfectos. No cabe ni un reproche. La gente le adora. Si alguien escuchó «quiero un nieto tuyo», esa era Alessandra.

A la salida y después del éxtasis, la acreditación de prensa nos delata. «Qué voz más bonita, tienes que apuntar en el periódico lo bien que ha estado», nos dice una señora enfervorizada, otra de las muestras de que terminar un concierto de Raphael es lo mismo que salir de una fiesta victoriosa, una auténtica experiencia de plenitud. Volvimos con los zapatos manchados de tierra como si hubiéramos estado en un festival en el desierto, y entonces nos imaginamos a él probablemente solo en una habitación, dejando atrás la época en que esa soledad le incitaba a vaciar los minibares, a beberse sorbo a sorbo el calendario. El hecho de que Raphael aguante enérgico casi tres horas, después de tantos años y con un hígado prestado, aporta a su presencia un aire aún más sobrenatural. O más divino.