El malagueño que pasó tres días en alta mar sobre una tabla de windsurf

El matrimonio Santiago se abraza en su reencuentro./SUR
El matrimonio Santiago se abraza en su reencuentro. / SUR

La increíble odisea protagonizada por un constructor de Fuengirola cumple 33 años. El mar se lo llevó y tras varios días a la deriva apareció a 60 millas de Tarifa

José Manuel Alday
JOSÉ MANUEL ALDAY

«Han sido sesenta y tantas horas en el Atlántico, entre el agua y el cielo, entre la vida y la muerte», comentó José Santiago García nada más poner pie en tierra tras protagonizar una increíble odisea que le mantuvo perdido en alta mar y a la deriva durante tres días en una tabla de windsurfing. La odisea de este náufrago, un empresario constructor afincado en Fuengirola, se inició a finales de julio de 1985 cuando estando veraneando con su mujer e hijos en Zahara de los Atunes se subió a la tabla de windsurfing de uno de ellos y la corriente lo llevó mar adentro perdiéndose su pista al anochecer. Su aventura concluiría tres días más tarde, cuando un mercante panameño que hacía la ruta desde Sevilla a Las Palmas de Gran Canarias lo rescató del mar a 60 millas de Tarifa y 30 millas de Cádiz, en el límite de las aguas juridiccionales españolas con Marruecos. Una odisea que ha cumplido este verano 33 años y una noticia que tuvo una gran repercusión no solo en España, sino también fuera del país y que fue seguida con todo lujo de detalles por el diario Sur.

Las placenteras vacaciones de esta familia malagueña en un hotel de la costa gaditana se truncaron una tarde de julio de hace ahora treinta años. Según explicó el propio protagonista de esta historia a este periódico, todo se originó cuando, subido en la tabla de windsurfing, la corriente arrastró a José Santiago hacia unas rocas. Entonces plegó la vela e intentó ganar la orilla a nado apoyado en la tabla, pero el viento le llevó mar adentro sin que pudiera regresar a tierra. No era un experto y sus hijos fueron testigos directos de cómo se alejaba de la costa, dando de inmediato el aviso de su desaparición a la Guardia Civil.

Durante los tres días que permaneció en alta mar, José Santiago aseguró que lo único que le preocupaba era perder la tabla. «Yo sabía que la tabla era mi salvación, por eso tiré la vela y me agarré a ella con todas mis fuerzas», declaró en una exclusiva entrevista realizada a este periódico tras su posterior rescate. Según dijo, estando en el mar vio repetidas veces pasar cerca de él a algunos de los aviones y barcos que se movilizaron en su búsqueda. Pero para su pesar, éstos no le llegaron a ver. «Los peores momentos los pasé durante las primeras horas. Luego me tranquilicé algo, aunque estuve toda la noche agarrado a la tabla con la esperanza de que al día siguiente me rescatarían».

Pero no fue así, el tiempo transcurría y el náufrago tuvo que poner en práctica varias medidas de supervivencia para hacer frente a una situación que se complicaba por momentos. «Me quité el bañador, lo rompí y me hice una especie de pañuelo para cubrirme la cabeza y así evitar una insolación«, confesó. El resto del bañador lo utillizó »para hacer una pequeña bandera con la que realizaba señales, ya que encontré un palo en alta mar». Contó que el primer día en alta mar vio un barco que le pasó muy cerca, pero que, al no llevar a nadie en cubierta, no lo divisó. «Estuve haciendo señales para que me vieran, pero nada... ¡Estaba tan cerca..!.», se lamentó.

Tampoco lo divisaron las avionetas del aeroclub de Málaga que partieron al día siguiente en su búsqueda, junto a otros medios aéreos que se movilizaron. «Yo veía los aparatos volar, pero ellos a mí no», dijo. La tabla blanca en medio del mar y del oleaje no le hacia visible. Así un día tras otro. De ahí que su mayor temor fuera «que acabara el día». «Me mentalizaba para sacar fuerzas y aguantar la noche. Era mi única alternativa, a la espera de otra jornada que me fuera más propicia».

El frío y el viento

El constructor malagueño dijo que por las noches pasó mucho frío y confesó que para mantenerse activo «me daba daba masajes en los brazos y piernas». Apenas durmió durante las dos noches que estuvo a la deriva en alta mar, y relató que unos «extraños pescados de gran tamaño» seguían su travesía y golpeaban la tabla por debajo de noche. «La primera noche había un viento que me tiraba de espaldas y que hacía revolverme entre las olas, pero llevaba la tabla bien sujeta». Iba sujeto a la tabla mediante los 'footraps' o anclajes que llevan para los pies, lo que evitó perderla y con ello perder lo que se había convertido ciertamente en su auténtica tabla de salvación.

«No quería hacerme la idea de que estaba perdido y solo y por eso me hablaba constantemente», reconoció. Y aunque perdió en parte el sentido de la orientación, sabía que la tabla iba en dirección oeste. Su fortaleza mental le mantuvo hasta el tercer día en el que fue rescatado, aunque ya se encontraba mermado físicamente al no haber ingerido alimentos ni bebidas. «Llegué a beber de mis orines», reconoció .

El buque mercante Arcadian Sun, que había salido desde Sevilla hacia Las Palmas de Gran Canarias, rescató al tercer día al náufrago. Uno de sus tripulantes se percató de la presencia de la tabla y del hombre y lo subieron al barco. «Yo vi al mercante que llevaba rumbo fijo hacia donde me encontraba, pero no me hacía muchas ilusiones, porque antes me había ocurrido algo similar con otros barcos que no me vieron», explicó. Rescatado a unas sesenta millas de Tarifa y treinta de la costa de Cádiz, en el límite de las aguas jurisdiccionales españolas con Marruecos, el mercante siguió su ruta hacia Las Palmas, donde José Santiago pudo abrazar al fin a su familia desplazada desde Málaga a los seis días de haber desaparecido en el mar con la tabla de windsurfing. El náufrago llegó en buen estado físico, aunque agotado y con la cara y gran parte del cuerpo quemado por el sol y el viento.

Las muestras de agradecimiento hacia la tripulación del barco que lo avistó y salvó su vida no solo se hicieron patente en las fechas de aquel acontecimiento, sino que continuaron, ya que el constructor malagueño dio trabajo al tripulante pakistaní que lo avistó en alta mar y viajó también con su esposa a Grecia, donde visitó al capitán y primer oficial del mercante que lo recogió. «Fue un acto puramente humano», diría posteriormente restándole importancia a estos temas.

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