Un día en la recogida de la aceituna en Málaga: «Los olivos son como el agua, sin ellos no hay vida»
SUR acompaña a una cuadrilla de jornaleros en una finca cerca de Campillos: madrugón, frío y mucha honestidad
El mediterráneo es inimaginable sin el olivo. En la antigüedad, se consideraba un árbol sagrado. En la Atenas de aquella época, destruirlo era un crimen. Un olivo viejo y nudoso posee un aura mística. El más antiguo, supuestamente, se encuentra en Creta y tiene al menos 2000 años. Aún da frutos.
Antonio Olmo es más joven. El carnet de identidad dice que nació allá por 1970 y algo. Lleva una camiseta azul con el logo de Dcoop. Cualquier torero estaría orgulloso de sus patillas. Alargadas como un carril de tierra, asoman por una gorra que más tarde le protegerá del sol. Cuando camina lo hace con paso firme y determinación, como si tuviera demasiada prisa para llegar al siguiente árbol.
Hay manos que hablan sin necesidad de verbalizar palabras. Las de Antonio son rugosas y tienen más agarre que algunos neumáticos. Aún le queda tiempo para armar un cigarrillo con tabaco de liar y sacar un mechero del bolsillo. Enciende, inhala y exhala. En ese orden. El firme que pisa está húmedo y tiene escarcha. A vista de pájaro, parece una capa fina de azúcar glas. Frío de verdad, asegura, es sentir que te duelen los dedos de las manos y los pies. Una lección que aprendió siendo niño. «La primera vez que cogí aceitunas tenía doce años. Mi primer salario fueron 2.400 pesetas. Las aceitunas aún las cogía del suelo», recuerda.
No solo cuando fuma sale humo de su boca. Cuando habla emana vaho y crea pequeñas nubes que luego se diluyen. Antonio no está solo. Le acompaña otro joven de Campillos, Iván Leal. Es más escuálido y no llega a los 30. Coloca las manos en la boca para entrar en calor. Luego lamenta que trabajar en el campo sea visto por muchos como un fracaso vital. Le gusta encender una candela antes de empezar a trabajar. «Aunque luego es casi peor», admite.
Falta un integrante más que conforma esta cuadrilla. Benito Avilés, que sería algo así como el capataz. Conduce un tractor que cuenta con calefacción y radio. Como si fuera la trompa de un elefante, el John Deere tiene montada una pinza gigante y una especie de paraguas que se abre y cierra con solo pulsar un botón. Al parecer, la recogida de la aceituna también ha encontrado en la maquinaria su propia revolución industrial.
Una hora antes en Málaga. El reloj dice que son las seis. El viaje comienza en la capital y lleva hasta el cortijo Montepilar, que está a unos 65 kilómetros de distancia. Después de girar las llaves del coche, las manos se dirigen al salpicadero. Alivio al comprobar que la calefacción aún funciona. Los 60 minutos de trayecto sirven para cambiar de realidad. El paisaje de la zona de Antequera está marcado por el olivar y el calendario señala que una nueva campaña acaba de empezar.
Los tiempos exactos, como pasa siempre, los marca el campo. Cada aceituna es inicialmente pálida, casi blanca, y luego verde. Solo al madurar se torna negra. Desde siglos, este color indicaba que era el momento de recolectar los pequeños y duros frutos y llevarlos a la almazara. Ahora es el momento.
El cortijo no sale en ningún navegador. Dos equivocaciones después, el coche que viene de la ciudad aparca frente a un enorme caserón. El aullido de varios perros suena en cliché de hostilidad. Nada. Lo que parecía una jauría se convierte en un bretón y un mastín que, al aproximarse, mueven la cola en son de paz.
Son de nuevo las siete de la mañana y describir el horizonte puede limitarse a lo siguiente: olivos y más olivos. Parecen soldaditos de juguete en formación militar, anclados sobre tierra de color ocre. El paisaje es monótono y ejerce un efecto relajante a nivel sensorial. Tanto por su claridad en la forma como por su obsesión, a la vez aterradoramente estricta, por el orden.
La cuadrilla formada por los tres hombres recibe a los 'forasteros' de manera cariñosa. Benito es un hombre sencillo y bondadoso, de gestos grandilocuentes para los demás. Un alma honesta, con las manos encalladas y una peculiar forma de expresarse que consiste en alargar la sílaba final de cada palabra. Tiene una barriga que le sienta bien, ganada con los productos que da el huerto y la matanza. Lo sabe todo sobre olivos y conoce el sabor de la tierra de la que provienen porque allí yacen sus antepasados, convertidos ahora en parte de ella. Le gusta decir cosas como «el campo es así» o «la vida en el campo tiene sus cosas buenas y sus cosas malas». Su frase favorita es: «Los olivos son como el agua, sin ellos no hay vida. No quedaría nadie en los pueblos».
Ya no son las siete y sí son las ocho. El tractor se adentra en el olivar como un minero en un galería subterránea. Antonio e Iván acompañan a pie. Fieles escuderos de una herramienta que les facilita el trabajo. Antaño había que colocar fardos pesados bajo el árbol para recoger el fruto, pegar palos y palos hasta que los antebrazos se entumecían. De la parte más física se encarga ahora la maquinaria. Al final del jornal, que son siete horas (30 minutos de descanso para el bocadillo), recibirán una peonada de 70 euros. «Se trabaja de lunes a sábado, siempre que no llueva», explica Iván. En una semana sin incidencia climatológica se embolsa 420 euros.
«Lo importante para mantenerte en el campo es tener cabeza», incide Benito. Ni una ni dos veces ha visto como le llegaban jóvenes prometedores que sabían pegarle bien al olivo. Entonces arribaba el fin de semana y se bebían lo ganado. «Al lunes siguiente, ya no venían», lamenta.
Por ello tiene tanta fe en Iván y quiere enseñarle todo lo que sabe de la aceituna. El joven apenas frecuentaría la noche y sus pasiones son el fútbol sala y tocar en la banda municipal de Campillos. De las 60 marchas de Semana Santa conoce, al menos, 58.
Detrás de cada movimiento en la recogida de la aceituna hay primero una enseñanza. «No es pegarle palos al árbol. Si haces eso, tronchas las ramas y cada rama vale dinero. Es más bien un suave acompañamiento», dice Benito y rota los hombros para simular luego el movimiento con las manos.
El sol avanza y escala en altura. Primero asoma de manera tímida y el aire sigue siendo gélido. Poco a poco, la escarcha empieza a desaparecer. Los aromas se potencian cuando sube el termómetro. El ambiente ahora está fuertemente perfumado, huele a salvia y romero. La luz se filtra de manera tenue y lechosa por el olivar. Aparece un riesgo: romantizar un trabajo que sigue siendo muy duro y castigador para el cuerpo. La hernia discal es un mal común que acecha a muchos trabajadores del campo en algún momento.
«Es duro y muy honesto. Mucho o poco, pero lo que te ganas te lo has ganado de manera honesta», matiza Antonio. Por un momento no es Antonio Olmo, con domicilio en Campillos y con una mordida que echa en falta algún que otro diente. Ahora es esa dignidad que le queda al hombre sencillo. La misma a la que ya le cantaban el grupo Marea o Dellafuente cuando entonaban el famoso «en mi hambre mando yo». El escritor Salvador de Madariaga llevó la consigna a las páginas de un ensayo que buscaba ofrecer un análisis profundo de los eventos y las figuras que moldearon la España del siglo XX. En realidad, Antonio sigue siendo esa España.
Motor económico
La mayoría de la población de los pequeños pueblos de la zona de Antequera depende del cultivo de la aceituna para su sustento. Dado que muchos solo trabajan durante la cosecha, la tasa de desempleo se mantiene elevada. Todavía quedan fincas de grandes terratenientes, aunque muchas han desaparecido. El trabajo duro persiste. Preguntado por si se siente explotado por agachar el lomo para alguien que antaño hubiera sido identificado como señorito, Antonio dispara una reflexión: «El sistema es así. Todos somos esclavos de algo, aunque estés sentado en una oficina, ¿no?».
La jornada avanza y con constancia repetitiva se han repasado ya unos 300 olivos. Del paraguas gigante se vuelca el fruto en un remolque. El mismo acabará descargado al final del día. La cooperativa de Campillos, algo así como el corazón económico de la zona, bombea sangre a todos los pueblos de alrededor. La mano de obra en el campo se parece mucho a un dominó. Una ficha cae y tira a la siguiente, poniendo en marcha una cascada fatídica que nadie sabe muy bien cómo parar. La ficha que aquí tira a todas las demás es la sequía. «Las lluvias de esta primavera nos han dado un respiro», explica Benito. Los años anteriores no le quedó otra que decretar jornales perdidos. Para esta campaña, la Junta estima una producción de 305.000 toneladas en la provincia de Málaga, un 54,8% más que en la anterior.
El sol ya escala alto e invita a quitar capas de ropa. El paisaje se inclina ante las montañas y con el paso del tiempo aparece también el cansancio. Las pocas horas de sueño y el esfuerzo físico juegan malas pasadas a la visión. Las montañas son ahora un leve contorno y más tarde desaparecen por completo en el cielo. El paisaje es cinematográfico. No hay nubes y la cuadrilla ve como hoy es uno de estos días de campo que merecen el adjetivo de «agradecido». En realidad, resalta Benito, días como hoy son una excepción. «El inicio de la campaña es así. Pero diciembre y enero… ahí nos llega la gran pelona», asegura.
Si todo sale bien, podrá ofrecerle trabajo a su gente hasta abril o mayo. A pesar del avance de la maquinaria, el viejo refrán sigue vigente: una gota de aceite, tres gotas de sudor.
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