El campo malagueño envejece

El campo malagueño envejece

Apenas el 10 por ciento de los agricultores y ganaderos malagueños solicitantes de la PAC tienen menos de 40 años

AGUSTÍN PELÁEZ

La agricultura constituye una de las principales fuentes de empleo en gran parte de los municipios en Málaga y en Andalucía. A pesar de ello, el campo y la ganadería tienen un grave problema: el envejecimiento de la población activa y la falta de relevo generacional al frente de las explotaciones. Según datos de la Consejería de Agricultura, Pesca y Desarrollo Sostenible de la Junta de Andalucía, el 25% de los titulares de las explotaciones agrarias en la comunidad andaluza tienen 65 o más años de edad, el 63% pertenecen a titulares con edades comprendidas entre los 41 y los 65 años y únicamente el 12% tiene menos de 40 años. Si se toma como base el Estadio sobre la Edad y sexo de las Personas Solicitantes de las Ayudas Directas y Desarrollo Rural de la Campaña 2017 en la Comunidad Autónoma de Andalucía, apenas un 10,1% de los solicitantes tienen menos de 40 años mientras que más del 72% del conjunto de personas solicitantes de la PAC superan los 50 años de edad.

A nivel provincial es Huelva la provincia donde se registra un mayor envejecimiento en el sector agrario, encontrándose más de un 45% de las personas solicitantes en el estrato de edad igual o superior a los 65 años.

Las personas de edad inferior o igual a 40 años tienen un grado de participación en todas las provincias en torno al 9-10%. No obstante, las provincias de Almería, Cádiz y Córdoba superan ligeramente la media con una intervención de personas jóvenes del 11,0%, 10,9% y 10,7% respectivamente. Málaga, según este estudio, apenas llega al 10%. Las mujeres de edad superior o igual a 65 años suponen un 42% del total de personas de ese estrato.

Los datos no son esperanzadores. Muchos de los jóvenes de los pueblos malagueños del interior, más vinculados al mundo rural, prefieren dedicarse a cualquier actividad antes que al campo. «Casi todos mis conocidos han preferidos estudiar algo y dedicarse a otra cosa», señala Ignacio Córdoba, un joven ganadero de apenas 22 años que lleva tres años luchando contra viento y marea e inundado en un mar de papeles y burocracia que nunca cesa a a hora de acceder a cualquier ayuda pública.

La incorporación de los jóvenes a la actividad agraria y ganadera, un camino plagado de innumerables barreras

Para el técnico de Asaja Málaga, Luis Méndez, el camino que deben recorrer los jóvenes malagueños para dedicarse el campo o la ganadería no es muy diferente al que deben hacer de otras partes de España. «Las barreras son múltiples», señala, con el inconveniente de que se trata de un sector que no ofrece estabilidad económica. «La fluctuación de los precios en la agricultura es ya un handicap para muchos insalvable, porque el campo o la ganadería no ofrecen estabilidad económica, ya que el mercado es el que pone los precios de los productos, muchas veces por debo de costes, como ha sucedido este año con los cítricos y el aceite de oliva», indica.

Según Méndez, por lo general no es frecuente que se incorporen a la campo personas sin experiencia o tradición familiar. «Casi todos los jóvenes que se deciden por esta actividad lo hacen vía relevo generacional, porque lo han vivido en su familia y han heredado la propiedad de los padres. Acceder a la tierra es caro, no hay facilidades a la hora de acceder a créditos», lamenta el técnico de Asaja. «Asimismo son incontables los casos de jóvenes que se incorporan al campo porque cuenta con la ayuda de los padres. Muchos jóvenes no podrían hacerlo sin este respaldo económico», insiste Méndez

Pero si en la agricultura, la cosa es complicada, en la ganadería es mucho peor, tanto que puede correr peligro. «Si un agricultor no tiene hijos que quieren dedicarse al campo, puede arrendar la tierra a otra persona. Pero si un ganadero no tiene relevo, la explotación no suele seguir, se cierra. El ganado no entiende de días de descanso. Es muy esclavo y eso no atrae a los jóvenes», dice Méndez.

El sector se queja de la lentitud administrativa para que los jóvenes reciban las ayudas

Para el secretario provincia de COAG Málaga, Antonio Rodríguez, «la burocracia administrativa no ayuda a facilitar el relevo generacional. Para obtener cualquier ayuda, pasan ya no meses, sino años. En 2016 solicité una ayuda de modernización de mis instalaciones -Rodríguez es cabrero-, he realizado la inversión teniendo que sacar dos hipotecas y todavía en 2019 no me han dado la ayuda», dice a modo de ejemplo. «Lo que está pasando en Málaga con el envejecimiento del campo y la ganadería no es algo único. A nivel andaluz el 70% de los agricultores están ya en los 60 años», señala.

Perfil

Según Asaja Málaga, el perfil de las personas que se dedican por primera vez al campo ha experimentado un gran cambio en los últimos 20 años. «Hace dos décadas, la vía más habitual era la del relevo generacional. El hijo o los hijos que se habían criado y ayudado a los padres desde jóvenes y que terminaban haciéndose cargo de la explotación tras la jubilación de los progenitores. De un tiempo a esta parte, en cambio, son jóvenes que han estudiado, se han formado y están preparados, que saben de comercialización y que tienen visión empresarial de la actividad que desarrollan. No obstante, todavía hay jóvenes que se inician en el campo y que no han hecho números», explica Luis Méndez.

Para el responsable de UPA Málaga, Francisco Moscoso, los pequeños productores tienen un problema añadido. «La agricultura malagueña es minifundistas y en muchos casos no disponemos de la unidad de trabajo mínima exigida para que nuestros hijos puedan incorporase a la actividad, lo que le impide acceder a las ayudas para jóvenes, lo que beneficia a las grandes explotaciones. Los bajos precios de los productos tampoco ayudan demasiado. Tengo 54 años y dos hijos y prefiero que estudien antes de que se vengan a campo conmigo, aunque tendrán las tierras como último recurso», señala Moscoso.

La Consejería de Agricultura, Pesca y Desarrollo Sostenible ha modificado las bases reguladoras de la Orden de Jóvenes Agricultores para anticipar el 25% de las ayudas solicitadas por éstos con solo justificar el inicio del proceso.

Sara García Artacho. 33 años, Ganadera. Casabermeja «Después de cuatro años, ahora es cuando le estoy viendo color»

Sara García tiene el grado superior de Finanzas. Durante varios años trabajó en lo que estudió, aunque siempre con contratos de media jornada y un sueldo de apenas 500 euros mensuales. «Las ofertas de trabajo eran cada vez peores y con sueldos precarios. Con 28 años, trabajo y un sueldo fijo, aunque bajo, me plantee vivir de la ganadería y aquí estoy», recuerda. En su familia no había experiencia previa en el sector. Su familia posee una pequeña explotación agraria. Su mérito es que ha conseguido, después de cuatro años de esfuerzo, sacar adelante su empresa sin ayudas públicas. «La ayuda para jóvenes no me compensaba. Me exigían que todo el equipamiento fuera nuevo y para ello tenía que endeudarme, cuando no sabía si podía o no salir adelante», afirma. Sin ninguna ayuda pública, Sara tuvo que adaptar una cuadra para caballos en la finca de su padre para albergar la que sería su explotación de ganado caprino y ovino.

«Empecé con muy poco y mejorando mes a mes. Todo para evitar endeudarme, aunque mis padres he han echado una mano. Tuve que empezar con maquinaria de segunda mano, alguna muy antigua. Yo me metí en esto huyendo de la precariedad laboral y salarial, y no tenía nada ahorrado», señala.

Sus comienzos fueron muy difíciles. «Comencé con una producción láctea de sólo 12 litros diarios, casi nada. La vendía a una cooperativa. No ganaba casi nada. Le ponía dinero y lo poco que ganaba era para la explotación, para colmo cuando empece estábamos en plena crisis del precio de la leche de cabra», recuerda.

Hoy asegura que es cuando empieza a verle color a su explotación intensiva de caprino de leche (400 cabezas) y ovino de carne (100) y ello gracias a que la leche de cabra se ha situado ya por encima de los costes de producción.

«Muchas veces pensé que me había equivocado, porque debía dinero por todas partes. No ha sido fácil, pero hoy mi producción es de unos 300 litros diarios», señala. Esta joven ganadera sin embargo ha echado en falta el apoyo de la administración. «Han sido muchas trabas para cualquier cosa. Tardé un año y medio desde que dije que iba a crear mi explotación ganadera hasta que pude hacerlo, debido al papeleo», lamenta. Hoy Sara comienza a pensar en ampliar su empresa con una quesería, pero «los requisitos –de nuevo– son una pasada, de manera que lo haré a largo plazo».

Isidoro García. 32 años. Agricultor. El Burgo «Los jóvenes no lo tenemos nada fácil»

Isidoro realizó el grado de Topografía y posteriormente el de Delineante. Estuvo en año trabajando para un importante empresa constructora. Sin embargo, siempre se sintió atraído por la agricultura, y debido a la precariedad laboral, un día dijo que se iba a trabajar al campo. Actualmente tiene arrendadas 50 hectáreas de cultivo de olivar y tierra de calma (cereal), en secano. «Este año va muy mal. El precio del aceite de oliva ha caído y el cereal como no ha llovido la cosecha va a ser mala, además aquí tenemos el añadido de los daños que causan los jabalíes», se queja.

Consiguió una ayuda de la Junta para jóvenes agricultores. No llegó a endeudarse, en parte porque está utilizando la maquinaria de su padre, que también es agricultor. «Todo es muy duro. Lo más gratificante es que se trata de una actividad vinculada a la naturaleza», señala, lo que le permite ver cómo se desarrollan sus cultivos.

«El camino esta lleno de inconvenientes», asegura, aunque afirma que no abandona porque le gusta lo que hace. A pesar de todo, opina que la administración debe facilitar y aligerar la burocracia, porque para «cualquier cosa se requieren muchos papeles y requisitos. La obtención de la ayuda para jóvenes agricultores es un proceso muy lento. En 2017 pedí una ayuda de modernización y ha salido en 2019. La mejoras las he hecho, pero he estado dos años esperando para acometerlas».

Para Isidoro, «los jóvenes no lo tienen nada fácil. En mi caso he contado con el apoyo familiar, de lo contrario no sé que hubiera pasado. Estoy utilizando el tractor de mi padre». Este joven agricultor, que está casado y tiene dos hijos, a pesar de las dificultades y el handicap que supone no disponer de tierras de regadío, se ha marcado un nuevo proyecto agrícola: probar con una parcela de almendro, con el fin de intentar mejorar su renta.

Laura Escribano. 25 años. Agricultora. Bobadilla «Cuando te ofrecen una miseria por tus cultivos me vengo abajo»

Esta joven malagueña estudio Magisterio en la Universidad de Granada. Nunca antes había pisado el campo, aunque su padre siempre ha sido agricultor. Cuando se graduó, asegura que salió con muchas ganas de trabajar. «Mi padre necesitaba que le echara una mano. Hice de 'secretaria', pero era bastante cabezona y quería trabajar, de manera que me planteé arrendar tierras e intentarlo», recuerda. Y todo con apenas 22 años. Solicitó la ayuda de jóvenes agricultores de la Junta en 2015. La ayuda es de 70.000 euros y tiene 70 hectáreas arrendadas. Tuvo que presentar un plan de empresa y durante cinco años debe cumplirlo si quiere seguir cobrando la ayuda. Tras un año de papeleo y de formación asistiendo a diversos cursos de formación, descubrió que el campo le gustaba. «Para acceder a la ayuda la Junta me obligaba a tener un número de créditos en cursos de formación. Al final hice el doble de los que me exigían. Lleguéde cero y aprendí mucho, de verdad», confiesa. Se dio de alta como autónoma. Tuvo que pedir un préstamo de 30.000 euros para comprar semillas, fitosanitarios, gasoil para el tractor y los arrendamientos. «Mi padre tuvo que ayudarme también», dice. Todavía no le han pagado íntegramente la ayuda de jóvenes agricultores, «porque lo hacen conforme ven que cumple tu plan de empresa», señala.

Combina los cultivos de ajo y cebolla. Tuvo que aprender a conducir un tractor, a montar las tuberías de riego, a sembrar. Muchas veces ha tenido que comer en el campo, de manera que no vuelve a su casa hasta el anochecer. «En la época de cosecha a veces estoy todo el día guardando y vigilando las explotaciones para que no las roben. Muchas veces, cuando empezaba me dije que estaba loca perdida. Lo más desalentador son los bajos precios que pagan por los productos. Soy mi propia jefa, me gusta lo que hago, pero le dedico muchas horas y no comprendo que los precios que se pagan en el campo no cubran ni siquiera los costes. Si salgo adelante ahora es gracias a la ayuda. La cebolla ha estado bien, pero lo ajos han tenido precios muy bajos, pésimos. Con la ayuda estoy compensando, pero me agobia. Mi empresa debe ser rentable sin ayudas. Mi objetivo es no depender de la ayudas y cuando no lo consigo porque te ofrecen una miseria por tus cultivos me vengo abajo. A pesar de ello tengo esperanza y mientras salga adelante no lo voy a dejar, aún cuando mi rabia es el grandísimo riegos que esto tiene», afirma, mientras lamenta no conocer a otros agricultores de su edad con los que pueda compartir sus experiencias. «Todos los agricultores que conozco son mayores», señala.

Ignacio Córdoba. 22 años. Ganadero. Sayalonga «Sin la ayuda de mis padres nolo habría conseguido»

Ignacio tiene ahora 22 años. Inicio su actividad como ganadero caprino hace dos años, después de pasar por un curso impartido por la Escuela de Pastores de Andalucía, que imparte la Consejería de Agricultura a través del Ifapa. Tener este curso era un requisito para poder acceder a la ayuda que concede la Junta a jóvenes ganaderos y agricultores. «Me han concedido 55.000 euros, pero todavía no los he recibido. Tengo que permanecer con actividad un mínimo de cinco años y debo tener 265 cabezas», señala. Su explotación es de caprino intensivo (no sale a pastorear) de cabra de la raza malagueña. «Si no es por la ayuda de mis padres no hubiera podido ponerlo en marcha, porque he tenido que comprar una parcelas para poder construir la explotación, una nave o, ni la amamantadora», asegura.

Ignacio reconoce que todavía no gana lo suficiente para vivir. «Estoy cubriendo gastos. Tuve que empezar comprando los chivos recién nacidos y criarlos. Todavía tengo que trabajar donde puedo todos los días como jornalero, porque mi explotación no me da para comer», asegura, aunque no le falta ilusión para continuar con el proyecto.

Se dedicó a la ganadería porque le llamaba la atención y después de realizar el curso de pastores se sintió animado. «Si entonces hubiera sabido todo lo que se ahora y lo que he tenido que pasar, quizá me lo habría pensado. He estado en números rojos muchos meses, sólo invirtiendo hasta que por fin tengo la explotación», señala.

Para este joven ganadero, es necesario que la administración agilice las ayudas. «Me piden que en dos años cumpla todos los requisitos, pero si no hubiera tenido la ayuda de mis padres no lo habría podido conseguir. La Junta debe agilizar las ayudas», considera Ignacio.

Según señala, la gente de su edad de la zona no quiere el campo ni la ganadería. «Esto no lo quiere nadie. La gente estudia y busca otras salidas profesionales porque actividades como la ganadería son muy sacrificadas. La inestabilidad de los precios, tampoco ayuda y yo empece cuando la cotización de la leche de cabra no daba ni para cubrir costes».

Su hermano, que tiene ahora 25 años, se dedica a la agricultura, en la parcela de sus padres. En concreto, al cultivo de frutas tropicales. «Quizá me equivoqué cuando elegí el ganado, porque a él le va mejor que a mi», dice.