«Mi hijo ya sabe que no es un invitado en casa, sino que es uno más»

M. (de espaldas), con sus padres, Concha y santiago, y sus hermanos./
M. (de espaldas), con sus padres, Concha y santiago, y sus hermanos.

Concha Pérez y Santiago de la Torre. Padres de acogida permanente de un adolescente de 14 años

ANA PÉREZ-BRYAN

A Manuel (nombre ficticio) la vida le dio un portazo en la cara con apenas 7 años: en seis meses murieron su padre y su madre de manera natural. Él era un niño «normal» fruto de una pareja «estable», pero sus tíos no pudieron hacerse cargo de él y terminó en un centro de acogida. La edad ya no le daba para una familia y pasaron cuatro años hasta que esa vida perra se dio la vuelta y cambió su suerte: en su camino se cruzaron Concha y Santiago, que le abrieron las puertas de su casa y su familia de par en par y también «su mochila de fantasmas». «Ahora poco a poco los vamos sacando para terminar con ellos», explica Concha, médico especializada en rehabilitación que trabaja en el Hospital Clínico y que comparte oficio con su marido, éste hematólogo jubilado. Ninguno de los dos se había planteado nunca el acogimiento familiar, porque con tres hijos varones en casa y una familia en plena expansión ya son abuelos parecía suficiente, pero en cuanto conocieron la historia de Manuel no se lo pensaron dos veces.

Concha admite que le gusta «el revuelo en casa», pero también que el trabajo con su hijo no ha sido fácil: cuatro años en un centro pesan como una losa y hay cosas que hay que aprender desde el principio. La rutina del hogar, el hábito de estudio o la disciplina han sido algunos de los caballos de batalla, pero ninguno como «la falta de autoestima» que traía Manuel y que siguen combatiendo gracias a la ayuda psicológica de Infania. «Había crecido rodeado de niños discapacitados y tenía asumido que quizás él también tendría un problema», recuerda Concha, que en ese momento tuvo que sumar el papel de médico al de madre y convencerle de que «él podía comerse el mundo. ¡Si puedes ser presidente del gobierno!», le decía.

Hoy, este chaval recién entrado en la adolescencia (tiene 14 años) «ya sabe que no es un invitado en casa, sino que es uno más» y ha empezado a curar las heridas normalizando las conversaciones por teléfono con esos tíos que no se hicieron cargo de él. «Creo que ha empezado a perdonarlos». Quizás es porque Manuel ya tiene su propia familia, hermanos, un sobrino y otro en camino e incluso un perro que es «sólo suyo»; pero sobre todo a Santiago y a Concha, una pareja de valientes que hace poco que se han ganado a pulso el mejor título de todos: que Manuel ya les llame «papá» y «mamá».

 

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