Un sueño les hizo compañeros de por vida

La Policía Nacional reconoce la labor de servicio de sus agentes que ya se han jubilado

Juan Antonio y Raimundo, ayer, en comisaría /
Juan Antonio y Raimundo, ayer, en comisaría
ALVARO FRÍAS

En sus rostros curtidos por los años de servicio en la calle se adivina la serenidad de que todo ha valido la pena. El sueño por vestir un uniforme, el de la Policía Nacional, hizo que sus vidas se cruzasen cuando eran solo unos chiquillos que fantaseaban con lucir la placa y patrullar para detener a aquellos que intentasen menoscabar la libertad de sus vecinos. Entonces se convirtieron en compañeros, algo que ahora, más de 42 años después y con miles de historias acumuladas a sus espaldas, aseguran que nunca dejarán de ser.

Juan Antonio Martín y Raimundo Luque son los protagonistas de esta historia, por la que ayer la Policía Nacional quiso reconocerles después de su jubilación. A ellos y a sus 66 compañeros que acudieron a la Comisaría Provincial de Málaga, a quienes se distinguió por su labor al servicio de la sociedad coincidiendo con los actos que se han celebrado por el 192 aniversario de la creación del Cuerpo.

Mientras los homenajeados comparten recuerdos y experiencias, entre el alboroto, no es difícil percatarse de la complicidad con la que se tratan Juan Antonio y Raimundo. Arropados por sus familiares cuentan que se conocieron cuando se presentaron al examen para ingresar en el Cuerpo, algo que hicieron en septiembre de 1974.

Sus vidas se unieron y ya nunca más se volverían a separar. Raimundo es claro cuando habla de su compañero: «Me he pasado nueve años con él en un coche patrulla, lo veía más que a mi mujer entonces. Juan Antonio es lo más grande».

Años de servicio en los que estos dos agentes, «porque nunca se deja de ser policía», han vivido de primera mano la crudeza del terrorismo en el País Vasco, al que se marcharon voluntarios desde Madrid para cumplir con su labor. Apoyado en las muletas que le acompañan, Juan Antonio no puede evitar emocionarse cuando se acuerda de aquella época, «en la que había días en los que mataban hasta a cinco policías».

Vocación y solidaridad que ha hecho «el camino más fácil»

en equipo

Los caminos que han llevado a miles de personas a integrarse en la Policía Nacional son incontables, pero, seguramente, la vocación se encuentra detrás de muchas de estas historias. Como la de Francisco Enrique Uribe, que ayer fue uno de los homenajeados en el acto de celebración por el 192 aniversario de la creación del Cuerpo.

«A mi me picó el gusanillo cuando estaba en Palma de Mallorca, había ingresado en la oposición para notario, pero quería probar, así que me pedí una excedencia de cinco años y me preparé para ingresar en el Cuerpo», explica Uribe. Aunque reconoce que el principio en la academia fue «muy duro», cuando salió a la calle le gustó tanto que acabó renunciando a su carrera en el campo de la notaría. Ahora, orgulloso, cuenta que tiene hasta un sobrino comisario.

La de Uribe es una vocación descubierta en los años de servicio, junto a sus compañeros, esos que no dudan en ayudarse cuando les hace falta. Alejandro García, uno de los agentes a los que se distinguió en el acto de ayer, bien lo sabe.

En diciembre de 2013, cuando se encontraba destinado en Estepona, sufrió un accidente doméstico que le dejó en silla de ruedas con una paraplejía. Explica que han sido muchos los compañeros del Cuerpo que le han ayudado durante estos años: «Por ejemplo, la silla en la que voy cuesta 5.000 euros y fueron mis compañeros quienes me la compraron».

Nunca le ha faltado su aliento, ni cuando se encontraba ingresado en Toledo para su recuperación. De hecho, insiste en que todo el cariño que ha ido recibiendo de ellos, igual que de otras muchas personas que han estado a su lado este tiempo, «ha hecho que el camino sea mucho más fácil».

El dolor por su pérdida es palpable cada vez que habla de ello, al igual que cuando relata uno de los atentados que vivió mientras se encontraba en San Sebastián: «Aquel día estaba durmiendo y me desperté a las tres de la mañana por la explosión. Estaba aturdido y avancé entre escombros hasta el cuarto en el que estaban mis hijas».

Entre los restos de ladrillos y el polvo provocado por la detonación se encontraba a la pequeña, la misma a la que le pedía que en el colegio le dijera a sus compañeros que su padre era albañil. Todo era por una seguridad que aquella madrugada, en la que Juan Antonio tuvo que sacarle un cristal de la cabeza a su hija, se hizo añicos.

Insisten en que fueron los años más difíciles de todos los que han pasado en la Policía Nacional. Una vida de dedicación en la que el peligro les ha acompañado de la mano desde el primer día hasta el último, aunque «siempre dispuestos a echar una mano a los demás». También cuando, después de pasar años juntos en el País Vasco y separarse porque Raimundo fue destinado a la provincia de Málaga a trabajar, coincidieron de nuevo en la comisaría de Vélez. «Yo ni sabía dónde estaba ese pueblo», explica Juan Antonio, que nada más llegar allí comenzó a patrullar con su amigo y compañero, que no dudó en pedirle al jefe que les pusiera juntos.

Al preguntarles por alguna anécdota en tantos años de servicio, Raimundo insiste en que son tantas que no sabría elegir una. Juan Antonio, sin embargo, le pide que se acerque y, mientras se le dibuja una sonrisa en la cara, le dice que «esas cosas no se pueden contar». Finalmente se decantan por una de las más recientes, cuando patrullaban por las calles de Vélez-Málaga. «Había un piso en llamas y como nosotros estábamos al lado, nos metimos en la casa y rescatamos a la mujer que había dentro», señala Raimundo, que apunta que «entonces no se piensa en nada, solo en ayudar a la persona que lo necesita».

Sin que sus familiares, esos que también han sufrido los años de patrulla en la calle, se separasen de ellos, Juan Antonio y Raimundo vuelven a insistir en que todo ha merecido la pena. «Es un orgullo ser policía y haber podido ayudar a la gente cuando de verdad lo ha necesitado», explica el primero. Con la mirada sincera, rebosante de franqueza, asegura que el Cuerpo Nacional de Policía es su segunda familia, en la que su compañero, del que no se separa, es como un hermano.