¡POR FIN VIVO EN PAZ!

IGNACIO FORNÉS

La escena del evangelio de hoy nos cuenta la aparición 'oficial' de Jesús a los Once, después de su Resurrección. El Señor entra y les dice una frase que luego repetirá en otras apariciones suyas. Les dice: ¡Paz a vosotros! Jesús -¡en persona!- se aparece, no es un fantasma, por eso les enseñó las manos y el costado, y les repite otra vez la frase: ¡paz a vosotros!

El Señor encarga a los Once -germen de la Iglesia- que hagan lo mismo que ha hecho Él, es decir, que quiten los pecados del mundo. Y se lo encarga con estas palabras: «Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Cristo da a su Iglesia el poder de quitar los pecados, porque esa es la única manera de que los hombres vivan en paz. Y con la paz nos viene la alegría. Por eso a la confesión se le llama también el sacramento de la alegría. Los católicos tenemos una gran suerte. Cuando hacemos algo mal, nos confesamos, cumplimos la penitencia y nos quedamos con una paz interior, auténtica y verdadera, una paz que el mundo no puede dar porque es de Dios. Es una gracia, un regalo del cielo. Pocas cosas tan valiosas y tan accesibles hay en este mundo nuestro. El perdón lo da Dios «sin pestañear» al que se arrepiente y confiesa sus pecados en este sacramento. ¡Por fin vivo en paz! Esta es la típica frase del que se confiesa.