«Los perros me acorralaron contra una pared y me mordieron cuando escapaba»

Manuel es el joven que fue atacado por los perros el pasado viernes /Sur
Manuel es el joven que fue atacado por los perros el pasado viernes / Sur

Otro joven atacado por la jauría en el polígono Santa Teresa cuando salía de trabajar relata a SUR cómo ocurrieron los hechos

ALVARO FRÍAS y JUAN CANOMálaga

Es mediodía y Manuel acaba de regresar a la oficina. Nada más cruzar el umbral de la puerta sus compañeras le preguntan por su pierna, esa misma que los médicos acaban de curarle en el hospital. Le han retirado el vendaje. Las heridas mejoran; aunque las cicatrices de los colmillos de los perros que le atacaron tardarán en desaparecer de su piel, pero más aún de su memoria.

El violento episodio tuvo lugar el pasado viernes, solo unas horas antes de que tuviera lugar el brutal ataque que envió al hospital en estado crítico a un joven búlgaro de 30 años. Eran las 20.30 y le tocaba cerrar la oficina que la Distribuidora Malagueña de Gases tiene en el polígono Santa Teresa. Sus compañeros se adelantaron y Manuel se quedó algo más rezagado, por lo que, cuando salió a la calle, estaba solo.

Caminó unos metros por la acera para recorrer los escasos cien metros que le separaban de su coche antes de ver a los perros. «Había cinco. Eran del tamaño de un pastor alemán, marrones y negros», explica Manuel.

Estaban junto a un contenedor de basura. El trabajador, de 34 años y cordobés de nacimiento, pasó frente a ellos sin prestarles mucha atención, ya que los había visto en ocasiones anteriores merodear por la zona. No se asustó.

Fue entonces cuando comenzaron a ladrarle. «Se vinieron hacia mi y me acorralaron. Era como un documental en el que un grupo de lobos ataca a un ciervo, pero en este caso la presa era yo», cuenta Manuel.

Acorralado contra una pared, el trabajador se defendió como pudo. Una bolsa con algunas pertenencias se convirtió en una especie de escudo con el que se protegía mientras lanzaba algunas patadas para impedir que los perros le mordieran.

Lo que no imaginaba es que en realidad no estaba solo. Al levantar la vista en busca de ayuda se percató de que, al otro lado de la calle, un camionero observaba la escena desde la cabina del vehículo.

«Era mi única oportunidad para escapar», asegura Manuel, que resistía mientras los perros le mordían para no caer al suelo, «si lo hacía estaba perdido». Por eso dice que no puede entender como el camionero se negó a abrirle la puerta de su vehículo para refugiarse mientras él aporreaba el cristal suplicando que le ayudara.

No lo hizo. «Pitó varias veces, pero los perros no se amedrentaron, así que me dijo que me subiera al peldaño que ayuda a acceder a la cabina del camión y me agarrara fuerte. Arrancó y circuló unos metros, hasta que los animales se fueron», relata el trabajador.

Entonces corrió hasta su coche. Se subió en él y se fue hasta el hospital, donde le curaron las heridas y le dieron antibióticos por las mordeduras.

No sabe qué pasó con los perros, que poco antes habían intentado atacar a otra persona. Miguel, gerente de transportes RDA, abandonó su nave, situada a escasos metros de la de Manuel, sobre las 20.30 horas.

Sus vidas no se cruzaron aquella tarde, pero vivieron una situación muy parecida. Miguel tuvo más suerte. Señala que, al salir del trabajo, vio a los perros en el mismo contenedor: «Estaban comiendo de la basura y, al percatarse de mi presencia, comenzaron a ladrarme y a correr hacia mi».

Pero no les dio tiempo a alcanzarle. Miguel se refugió en su coche, aparcado al lado de la puerta de la nave, y se marchó de la zona. «Eran muy agresivos, no me gustó nada y pensé en llamar a la policía si volvía a verlos por allí», asevera.

El teléfono suena en la oficina de Manuel. Como puede, se levanta la pernera del pantalón. Entonces es cuando puede apreciarse la brutalidad del ataque de los perros y la marca de esos colmillos que tardarán en desaparecer de su piel y de sus recuerdos.

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