El papel activo de las familias en las terapias, clave para superar la adicción

Carlos Sánchez, Juan José Soriano, Nuria García, Francisco Pascual, John Kreuze y Sofía Cristo, antes de las jornadas/francis silva
Carlos Sánchez, Juan José Soriano, Nuria García, Francisco Pascual, John Kreuze y Sofía Cristo, antes de las jornadas / francis silva

«Muchas de ellas no tienen conciencia y no se sienten parte del problema», lamentan los especialistas durante unas jornadas centradas en los jóvenes y organizadas por el centro Triora MonteAlminara

Ana Pérez-Bryan
ANA PÉREZ-BRYAN

A veces las pequeñas anécdotas dan muchas más pistas que los largos discursos para comprender cuál ha sido la respuesta social ante ciertos fenómenos. Por ejemplo, sobre la (necesaria) implicación de todo el núcleo familiar en la adicción de uno de sus miembros. Ese detalle lo ponía esta mañana sobre la mesa Juan José Soriano, coordinador terapéutico del Centro Triora MonteAlminara y con una amplia experiencia profesional en primera línea de abuso de sustancias, al establecer las diferencias entre las familias de ayer y de hoy frente a un problema que no entiende de épocas: «En los años 80, era difícil implicarlas porque los adictos venían de núcleos muy desestructurados y el deterioro en el enfermo era muy evidente. Sin embargo, buscaban respuestas y agradecían cualquier intervención. Si a una madre le decías, por ejemplo, que a su hijo adicto le haría bien para su tratamiento ir con un zapato verde y otro azul; al día siguiente el niño venía con un zapato verde y otro azul».

Más...

Hoy, sin embargo, las cosas han cambiado. Y no sólo por el cambio en modelos familiares que tienden a diluir las responsabilidades , sino porque el (ab)uso de sustancias tóxicas está, incluso, aceptado socialmente. Y eso lastra las posibilidades de éxito de las terapias. El dibujo actual lo ampliaba Soriano con una reflexión lapidaria: «Hoy los adictos son invisibles porque no están tan señalados en el entorno, por eso las familias no tienen conciencia del problema e incluso no se sienten parte de él. Ahora lo que quieren es que los terapeutas resolvamos el problema (....), los sueltan en el centro y si les decimos que tienen que venir los sábados a hacer terapia ponen pegas. Por no hablar de si la clínica es privada y vale una pasta: entonces tenemos hasta la responsabilidad de hacerlo bien».

Y el camino, sin embargo, es a la inversa: «Sin la implicación total de las familias en los tratamientos las cosas son mucho más difíciles». Así lo recordaba Soriano esta mañana ante un auditorio de unos 200 profesionales de todos los ámbitos (desde médicos a educadores) durante la celebración de las VII Jornadas de Concienciación Juvenil frente a las adicciones, un encuentro organizado por Triora MonteAlminara y el Instituto Andaluz de la Juventud (IAJ) que en esta ocasión ha vuelto a colocar el foco en uno de los colectivos más vulnerables frente a las adicciones de todo tipo: los adolescentes y los jóvenes.

«Pobrecito mi niño»

En este escenario, los especialistas pusieron el acento en la necesaria intervención de las familias no sólo en el ámbito terapéutico, sino en el preventivo. «Tenemos que despertar a esta realidad porque nos puede pasar a todos», sostenía Soriano antes de entrar de lleno en los «beneficios» que representa esa terapia a varias bandas: «En primer lugar, se consigue responsabilizar al entorno más cercano y reorganizar los roles, ya que en demasiadas ocasiones el adicto se convierte en el actor central sobre el que todo gira –es como el sol, insistió– sin tener en cuenta que eso no es saludable». Con esta estrategia se consigue, a juicio del especialista, «responsabilizar también a esa persona de su propia vida y de su adicción, porque hay que huir del 'pobrecito mi niño'». Que la fórmula del trabajo en equipo funciona se constata en datos clínicos: «Hay más adherencia al tratamiento, menos posibilidades de abandonos y recaídas y mejoran las relaciones de la familia en general».

Aunque llegar a ese círculo virtuoso no es sencillo, Soriano quiso dejar un mensaje de esperanza insistiendo en que los sentimientos de culpa, rabia, miedo o incertidumbre con los que los padres llegan al tratamiento «pueden superarse siempre y cuando exista ese acompañamiento».

De esa vorágine de sentimientos que golpean a una familia cuando se enfrentan a una adicción habló M., una madre de mediana edad que lleva un año de tratamiento con su hija, adicta al alcohol. «Todos nos hemos convertido en 'alumnos' de Juanjo (Soriano)», admitía M. poco antes de entrar en los detalles «aquella locura que duró diez años» pero que ya tiene la meta por delante: «Los padres nos convertimos en corredores de fondo apoyados por los profesionales». A ellos, a los profesionales, lanzaba una petición (casi una súplica) que sirva para poner en su contexto «los peligros del alcohol en un entorno en el que está aceptado socialmente» : «Por favor, que se apliquen los mecanismos necesarios para que las alarmas del consumo excesivo se enciendan mucho antes».

El alcohol, la primera droga

Y es que, en efecto, el alcohol es la primera droga a la que acceden los adolescentes. Las cifras oficiales constatan que tres de cada cuatro jóvenes de entre 14 y 18 años consumió alcohol en el último año. En segundo lugar está el tabaco. Y en tercero, el cannabis. «No hay descensos en el consumo, las cifras son casi las mismas un año tras otro. Lo que sí ha cambiado es el modelo: ahora los jóvenes siguen el patrón anglosajón, el del atracón el fin de semana», denunciaba por su parte el presidente de la sociedad científica Socidrogalcohol, el doctor Francisco Pascual. En este contexto, el especialista se mostró escéptico sobre la eficacia de las «políticas preventivas generales: ¿si los consumos no bajan para qué sirven?», se preguntó Pascual, que en cambio defendió esa misma estrategia pero a menor escala, es decir, en la propia familia: «Tenemos que darles a los jóvenes las herramientas para que aprendan a decir no». Y concluía con dos mensaje para los padres: «Hay que poner límites y tener en cuenta que los adolescentes, muchas veces, harán lo que vean en nosotros». El ejemplo, que dicen.