Limpiadoras de hoteles se rebelan por el estado de las habitaciones: «Creen que somos sus criadas»

Las limpiadoras de hoteles reclaman una reducción de la carga de trabajo. /SUR
Las limpiadoras de hoteles reclaman una reducción de la carga de trabajo. / SUR

La falta de pulcritud de los clientes, que a menudo dejan restos de comida y bebida en las camas, preservativos usados y baños desastrosos, retrasa el trabajo y agrava el estrés de las 'Kellys', que reclaman comprensión: «Algunos no saben ni usar la escobilla»

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

María, nombre ficticio, historia real, frena en seco su narración. «Me da apuro hasta decirlo», se excusa refiriéndose al estado en que encuentra muchas de las habitaciones de hotel que limpia. A menudo la escena resulta desoladora: suciedad, restos de comida y bebida por las sábanas, preservativos usados, manchas imposibles en la moqueta, ropa sobre el mobiliario... La falta de pulcritud de la mayoría de clientes retrasa el trabajo y agrava el estrés que padecen las 'Kellys', abreviatura de «las que limpian», como se hace llamar un colectivo históricamente silenciado pese a desempeñar un papel fundamental en el tejido turístico, motor económico de la provincia. Sin ellas, guardianas de los secretos más oscuros de sus huéspedes, el sector se paralizaría. «Quitamos mucha basura, pero hay cosas que no dejan de indignarnos. A veces escupen en los lavabos y no abren el grifo, queman los colchones con cigarrillos o dejan los pañales con la caca de sus hijos en la mesita de noche».

Más de 4.000 mujeres ejercen este oficio leonino en Málaga, donde limpian una media de entre veinte y treinta habitaciones cada día. Eran el eslabón más desprotegido de su industria, hasta que comenzaron a alzar la voz para reivindicar sus derechos. Hace un año llevaron al límite la negociación del convenio sectorial para acabar con las malas prácticas de aquellos hoteles que externalizaban el servicio para ahorrar costes de personal, una treta que generaba situaciones de precariedad y desigualdad. Ahora, tras arañar conquistas a golpe de manifestaciones e inspecciones de trabajo, las 'Kellys' han iniciado una protesta en redes sociales para concienciar sobre la importancia de que los clientes se pongan por un momento en sus zapatos. «Tengo compañeras a las que a veces les dan arcadas. Somos personas, unas más escrupulosas que otras, pero la gente no es consciente de que hay una serie de mujeres que luego tendrán que recoger todo lo que hayan ensuciado», explica Marga.

Algunas muestran temor ante posibles represalias por sus testimonios. Por eso ocultamos sus nombres reales, como ellas protegen la identidad de los clientes menos escrupulosos. «Hubo un político que, después de una noche fogosa, dejó los condones usados pegados en los azulejos del baño. Fue asqueroso quitarlos, pero jamás diré su nombre», relata Victoria. Porque los cuartos de baño merecen un capítulo aparte. «Parece que algunos no saben usar la escobilla», se quejan todas. «Hay situaciones surrealistas», comenta Ana antes de narrar los desastres que encuentra en forma de habitación, año tras año, durante el Festival de Cine: «Que un cliente anónimo lo deje todo fatal, pues bueno. No lo conoce nadie. ¿Pero actores y actrices famosos? He tenido que limpiar orina en la alfombra y la cama, quitar pañuelos con mocos y otras sustancias... Hay que tener mucho estómago para trabajar aquí».

Las 'Kellys', durante su concentración el año pasado.
Las 'Kellys', durante su concentración el año pasado. / SUR

A menudo el desorden compromete la profesionalidad de las 'Kellys'. «Si dejas un ordenador encendido encima de la colcha y yo tengo que hacer la cama, ¿qué hago? ¿Aparto el ordenador?, ¿y si el cliente no quiere que lo toque?, ¿y si lo apago sin querer?», pregunta Azucena. «¿Y cuando dejan las bragas o los calzoncillos entre las sábanas?, ¿qué se supone que debemos hacer? ¿Tanto cuesta echar la ropa a lavar o guardarla en la maleta?», continúa Macarena. Estas escenas, lejos de resultar excepcionales, se repiten cada mañana. «A veces dejan maletones que no podemos mover, o te encuentras una tablet debajo de la almohada cuando lo normal es que tiremos de las sábanas. ¿Qué quieren, que lo rompamos para que el hotel les compre otro? Nadie piensa en nosotras».

Confiesan estar «desbordadas». Muchas acompañan su desayuno con antiinflamatorios. Casi todas padecen lesiones derivadas de la exigencia física de su trabajo, dolencias que sin embargo no están reconocidas como enfermedades laborales: «Tenemos que hacer las camas normales, las supletorias, mover mobiliario, montar el carrito, desmontarlo, agacharnos para limpiar las bañeras y los platos de ducha... Estamos molidas». Tienen problemas en las rodillas, las muñecas y las cervicales. Les han diagnosticado arritmias y osteoporosis. «Pero en las mutuas solo te dan la baja si tienes algo terminal». La Mesa del Empleo de Calidad en la Hostelería aprobó el año pasado el reconocimiento como enfermedades profesionales de aquellas relacionadas con determinados movimientos repetitivos en brazos y manos, pero aún queda camino por recorrer. La lucha de estas empleadas se centra ahora en la reducción de la carga de trabajo, la jubilación anticipada, la ampliación de los supuestos recogidos como enfermedades laborales y la conciliación familiar.

Pero el estado de las habitaciones es una moneda al aire que en ocasiones cae sobre su cara más amable: «Hay veces, pocas pero las hay, que tenemos que abrir los armarios para comprobar que la habitación tiene clientes, de lo impoluta que está». También reciben propinas y notas de agradecimiento. «La que más me emocionó fue una que ponía: 'Gracias por cuidar de mí y de mi familia'. Ahí noté que habían entendido nuestro trabajo. Porque nosotras cuidamos de los clientes, procuramos que todo esté a su gusto, que tengan todo lo que necesitan. Si vemos que fuman, dejamos ceniceros; si han puesto una toalla bajo la almohada, colocamos otra almohada de refuerzo; si han pasado frío, ponemos otra manta... Y les he llegado a peinar, untar crema o vestir si me lo han pedido, aunque no sea parte de mi trabajo», detalla Marga. «Hay señoras que hasta hacen la cama», continúa María: «Los peores son los jóvenes y los matrimonios con hijos pequeños».

¿Y cómo deja una camarera de piso una habitación de hotel cuando viaja? «Pues procuro dejarla recogida porque sé el trabajo que cuesta limpiar 30 habitaciones en ocho horas y lo poco que cuesta mantener ordenada una», responde María Luisa. Tras años de reivindicaciones sindicales que no han cesado, las 'Kellys' también toman la palabra para sacudir la conciencia de los turistas: «Creen que somos sus criadas, pero hay que pensar un poco en los demás». La escasez de contratos indefinidos, sin embargo, dificulta las protestas: «Hay muchas eventuales con miedo a quejarse, a decir que no podemos cargar con más trabajo. Los empresarios, venga a ganar. Y nosotras, venga a perder salud».

Hoy volverán a salir a la calle, como cada verano, para hacerse oír durante una concentración prevista a las 19 horas en la plaza de la Merced. Aunque su situación ha mejorado, las camareras de piso consideran que algunos de sus derechos siguen siendo pisoteados a diario. Han llegado a cobrar dos euros por habitación. Cuando iniciaron su lucha, algunas voces del sector entonaron el mea culpa para reconocer «la explotación» a la que estas trabajadoras habían estado sometidas durante décadas. Dejaron de ser invisibles para ocupar titulares y posicionarse como una pieza clave en la partida de ajedrez que constituyen las negociaciones colectivas. Ahora reclaman mejores condiciones laborales y jubilaciones anticipadas ante la imposibilidad de seguir realizando su trabajo pasados los sesenta años. Y también piden clemencia a sus clientes «para dejar de ser las esclavas del siglo XXI».

Temas

Turismo