José Antonio Frías, una lección diaria de compromiso

Frías comenzó su andadura en SUR en 1978. /
Frías comenzó su andadura en SUR en 1978.

Forjado a sí mismo, exigente y riguroso, Frías deja un gran legado profesional y humano que hace historia en SUR

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

La vida le había reservado también al principio a José Antonio unas papeletas ásperas, como a la mayoría de los que se asomaban al mundo en una familia humilde en la Axarquía de los años 50. En la pedanía de Mondrón pocos creían que la vida fuese esa tómbola llena de luz y de color que le oían cantar a Marisol en blanco y negro. El censo de cabras superaba aún al de guiris, había demasiadas lindes, y el horizonte –siempre en pendiente– ofrecía más arados que pupitres a los que agarrarse. El destino rural venía a por él, pero con erratas de bulto como la de no sospechar siquiera que aquel fibroso jovencito acabaría ganándole el pulso mientras rompía con la otra mano los moldes viejos.

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Frías, que hoy deja un inmenso vacío entre los que hacemos SUR y los que integramos la profesión del periodismo, iba camino de niño yuntero, pasero, jornalero..., pero se le cruzó Don Segundo, el maestro, un hombre clave en su vida, tan escaso de paga como de frutos dulces en una labor a menudo arruinada por esa plaga de la escasez que sacaba a los niños de la escuela antes de tiempo. Don Segundo era fino como ojeador de talentos y percibía a la legua cuándo había un diamante sin pulir dentro de un mocoso. No tardó en dar la alerta a los padres y en buscarle beca. El maestro, como antes su mujer y también maestra, doña Gloria, insistió a María y a Paco en que las cuatro reglas serían una habitación estrecha y sin vistas para el segundo de sus hijos, un zagal despierto al que los demás llamaban el 'eléctrico' por lo rápido que avanzaba con el balón entre los pies.

La beca llegó y le libró de los terrones salvo en verano –que en casa siempre hubo que ayudar– , pero su madre debió pagar el precio de dejarlo marchar a un internado, como un emigrante de diez años en pantalón corto. El pan bajo el brazo tomó ese día la extraña forma de una pequeña maleta de cartón (un incunable autobiográfico que Frías estaba orgulloso de conservar) con la que su familia lo despidió para enviarlo con los maristas a Granada. Aquel desgarro debió doler mucho más que todas las patadas juntas del fútbol de la infancia, que todas las caídas del burro, pero se curó a base de frío granadino y de la compañía de su amigo Pedro Rueda, otro flaco entrañable en el que encontró siempre, desde entonces, el calor de una amistad que habita en el secreto de las energías renovables. De aquel internado granadino se trajo un volumen incalculable de esfuerzo, tesón y responsabilidad, un 'tres en uno' de fabricación propia con el que pocos retos se le han resistido en la vida y en el trabajo.

El tiempo del bachillerato se acercaba, pero siempre era algo improbable cuando en una casa había cuatro hijos y faltaban el dinero y los padrinos. Hay veranos decisivos y aquel de los catorce años lo era. Don Segundo le animó a decir, para facilitar el ingreso en el Seminario, que había sentido la llamada de la vocación, que quería ser cura, una mentira piadosa que abría puertas de supervivencia pero que luego engordaba y no cabía por ellas. No fue en las sotanas inacabables sino en las faldas de las limpiadoras donde más atención puso aquel manojo adolescente al que sus profesores veían aplicarse también con pasión a todos los libros. Sabía hasta latín y seguía sin saber lo que quería ser, pero tuvo claro lo que no.

Pasó página y se matriculó en el Instituto Cánovas, el primero mixto en Málaga. Aprendió, dentro y fuera del aula, cómo el futuro escribía la Historia con el ruido de fondo de una ciudad que cambiaba, como todo el país, entre el miedo a un dictador inmorible y la esperanza en otra vida para todos. Era una adolescencia en blanco y negro con demasiados grises por la calle. Él se decidió a poner orden –no le hacían falta porra ni casco– por lo menos en los libros de la caótica biblioteca del instituto, otra batalla ganada junto a su amigo Pedro. Fue una tarea meticulosa a la que los dos aplicaron disciplina de internado y que les llenaba de orgullo.

El expreso Costa del Sol les había depositado en la estación de Atocha, sin piso donde ir, ni contactos, sin apenas información... Siguieron el guión radical del momento: había que ser joven, tieso e indocumentado con todas las consecuencias, una especie de deporte de aventura que incluyó varias noches durmiendo al raso en un parque. Dejaron de ser unos 'sin techo' gracias a un amigo y paisano de Periana que los alojó en su casa. Sin apenas equipaje ni dinero, ambos se habían lanzado a Madrid con la papeleta de la Selectividad en el bolsillo. Querían convertirse en periodistas, una forma de hacerse libres buscando la verdad, pero ya desde el primer curso supieron que era posible ir de cañas con ella al bar de la Facultad.

La misa funeral de José Antonio Frías será este viernes en Parcemasa

La misa funeral del que fue durante 17 años director de SUR José Antonio Frías será este viernes 12 de octubre en Parcemasa, a las 9,30 de la mañana.

Nuestros dos amigos vivían básicamente de una beca que apenas daba para una involuntaria dieta de adelgazamiento: palometa, hígado y lentejas. Los domingos, día especial, cocido, y Frías se esmeraba con el flan, una de sus especialidades. Carlitos y 'el vasco' completaban el cuarteto a la mesa. Lo normal era trabajar los veranos para ayudar a pagarse la carrera en Madrid.

Los comienzos en SUR

Frías tuvo empleos muy diferentes: vendimiador en Francia, recepcionista de hotel en Torremolinos, limpiador de aljibes, colocador de cuerdas en un almacén de guitarras... una biografía laboral dickensiana que agrandó, a su pesar, también Madrid, vendiendo hasta christmas.

El último de año de carrera fue cosa suya, pero también de la Renfe y de SUR. Lo vivió a caballo entre Madrid y Málaga, donde empezó a hacer prácticas en el periódico. Era 1978, primer año constitucional. Con muchos como Frías entraba el primer aire fresco en las redacciones, durante demasiado tiempo apenas ocupadas en tapar la actualidad más caliente bajo un manto de comunicados oficiales. El último director de SUR nombrado en vida de Franco, Francisco Sanz Cagigas, lo contrató después de dejarle claro el abismo ideológico que les separaba, pero también de alabarle su valía como periodista.

Las mujeres empezaron a ser no solo secretarias o administrativas en aquella empresa de hombres. Con Elena Blanco, que había empezado a trabajar dos años antes, no solo bajaron los malos humos machistas de la nueva cocina informativa, sino que se inauguró en SUR una suerte de paridad informativa. Empezó con Frías a elaborar reportajes exaequo y a meterse en apasionantes charcos. El medio ambiente –varios trabajos, por ejemplo, consiguieron frenar los vertidos de alpechín de los molinos en la Laguna de Fuente Piedra– o la conservación del patrimonio histórico tuvieron por primera vez ese altavoz que abrió el periódico a nuevos lectores y a nuevas inquietudes de una sociedad que había cambiado.

El pseudónimo 'Pavana' les sirvió de parapeto con el que esquivar iras y escozores de quienes no quedaban muy bien parados en la plaza pública de los titulares. Durante varios años, Frías simultáneo el trabajo en SUR con la corresponsalía de RTVE, 'El País' y la Ser. En su casa, sin embargo, tardarían en saber de aquel extraño oficio que él ejercía en la capital. María, su madre, solo se convencería cuando lo vio por la tele. ¡Por fin trabajas de periodista!, exclamó al verlo. Se ve que una imagen valía más que los ríos de tinta que su hijo ya había enviado a la rotativa. En 1983 se convirtió en el primer jefe de Local del periódico. Se notó en muchas cosas, también en que las papeleras se llenaban de folios apretujados y lanzados con bronca previa, textos devueltos por Frías a los corrales escritos por aquellos jóvenes que empezábamos a sus órdenes en una sección de Local que antes no existía.

El día a día era también el paso a paso hacia un cambio generacional en la redacción, y él lo consiguió sin grandes fricciones. No había tiempo que perder y hasta la boda con Elena fue cosa de un par de horas entre la mañana y la tarde de un día laborable, con escueto viaje de novios a la redacción de Martiricos para embarcarse en una Olivetti tamaño crucero. Todas las páginas entonces eran de cultura... de cultura del esfuerzo. La modernización del periódico arrinconó muchas cosas del pasado, y no solo las viejas máquinas de escribir. Ningún cambio tecnológico, sin embargo, pudo nunca acabar con su inseparable bolígrafo bic, un artilugio del que su fabricante desconocía que en manos de Frías era una poderosa arma de reflexión antes de la toma de decisiones.

En apenas una década llegó al cargo de director, sustituyendo a Joaquín Marín. El rigor, la seriedad y el respeto por las personas resumen también su equipaje de líder en los últimos 17 años, siempre atento, como un bombero, a todos los fuegos informativos: los espontáneos y aquellos cívicamente intencionados que SUR prendió bajo su dirección para que a Málaga llegaran el AVE, las autovías, la nueva Universidad, el nuevo aeropuerto... Con el saneamiento, un lodazal de olvidos en el que Frías tomó partido hasta mancharse, ganó batallas aunque la guerra sigue. «Siempre puso el periódico por encima de todo». La idea no pasaría de retórica si no fuera porque la tenían clara en casa todos, su mujer y sus hijos Álvaro –hoy compañero–y Alejandro, que respetaron siempre su pasión por la información.

Frías era un hombre doblemente hogareño. Al modo clásico, en casa y como director cercano en el periódico, esa casa con hilo musical de teléfonos y voces donde ha pasado más tiempo. Siempre con la elegancia de la responsabilidad y la dosis justa de pasión, Frías gestionó esa parte pública de su trabajo en la que tantos otros aplican esfuerzos indecibles hasta sufrir de la columna, con tanto saludo en almuerzos y demás actos donde reinan más bostezos que noticias.

Para Frías, el mejor sarao era el que incluye buenos momentos con los íntimos, pero esos son impublicables. Si hablamos de periódico, la fiesta llega con ese pescado fresco informativo de primera calidad que no espera para ser servido. Amaba la buena cocina, el buen aceite verdial y por eso se cuidaba mucho de mojar en las indigestas salsas con la etiqueta del poder. Era un omnívoro lector de periódicos. También de novela y ensayos. El hispanista Gerald Brenan, al que ayudó a regresar a Málaga, era uno de sus héroes.

Nadie como él sabía detectar a un buen sabueso en la redacción. Si Frías hubiera nacido en el sur profundo de Estados Unidos su historia sería la de un hombre hecho a sí mismo, pero como era un bien nacido de Mondrón ese éxito es obra del agradecimiento, a medias entre el hombre y el terreno donde ha sembrado. Ese mismo en el que en los últimos años había trazado tantos planes aplazados de periodista infatigable que se asomaba a la jubilación. Un ictus se le cruzó en el camino, pero él no se rindió. El amor de los suyos se unió a su fuerza de voluntad y a la herramienta tan trabajada de las palabras para plantarle cara a las limitaciones de la enfermedad. Ha sido, la última, una formidable lección de valentía que engrandece su ejemplo entre los que aprendimos junto a él. Hasta siempre, maestro.

 

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