«Cuando vi a mi hija colgada del balcón, me quise morir»

La madre de la niña de 5 años rescatada en una octava planta en Carretera de Cádiz relata a SUR lo que sucedió

JUAN CANO y ALVARO FRÍASMálaga

Volvía a casa de hacer unos recados cuando vio un gran despliegue de bomberos en la puerta de su edificio, en la calle Virgen de Belén, en Carretera de Cádiz. Natalia (38 años) no le dio más importancia hasta que una vecina le soltó a bocajarro la noticia. «¡Es tu hija!», le gritó.

En esos momentos, los bomberos estaban intentando llegar hasta ella con una escala. La pequeña Mónica, de cinco años, permanecía agarrada a la baranda del balcón, con el cuerpo por fuera y los pies apoyados en un trozo de baldosa que sobresale de la terraza. A 24 metros del suelo.

«Me quedé en 'shock' durante unos segundos. No podía ser. ¿Cómo iba a ser mi hija si yo había salido con todos de la casa?». Cuando habla de «todos» se refiere a nueve hijos que van desde los 2 años, la más pequeña, hasta los 11 de la mayor, incluidos dos mellizos.

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La tarde del miércoles, sobre las 19.00 horas, Natalia decidió salir de casa con los nueve con la intención de hacer unos recados para una boda a la que están invitados este fin de semana. Los preparó uno a uno –los niños están perfectamente cuidados y atendidos– en la entrada del piso. Mónica y una de sus hermanas estaban durmiendo la siesta en una cama, de modo que la mayor, que ayuda mucho a su madre y es muy madura para su edad, fue a despertarlas. Las dos crías fueron, como el resto, hasta la entrada, y Natalia las vistió para salir. «Estaban todos allí, yo los vi», insiste la mujer.

Lo que sucedió, según la familia, es que la pequeña Mónica, al ver que sus hermanos tardaban demasiado en arreglarse, «y como tenía mucho sueño», se dirigió «medio dormida» a la zona de las habitaciones y se acostó en la cama para seguir echando la siesta. Pero no lo hizo en su cuarto, sino en el de uno de sus hermanos (el piso tiene cuatro habitaciones).

Así las cosas, Natalia creyó salir con los nueve a la calle. Pero el miércoles, por esas fatalidades del destino, no siguió el ritual que siempre hace al bajar de casa. «Cada uno tiene un número por el orden en que nacieron, así que, cuando salimos, les pido que digan en voz alta su número». En plan «el 1, el 2, el 3... Presente». Mónica es la número seis.

Ayer no lo hizo porque la primera parada del trayecto era muy corta. Sólo iba a dos portales de su bloque, donde viven sus padres, que son sus pies y sus manos, ya que está separada. Allí, en la casa de los abuelos, pretendía dejar a la mitad e irse con el resto a hacer los recados. «Ahí perdió la visión de conjunto. Creyó que los que no estaban con ella se habían quedado conmigo», cuenta el abuelo.

Por eso, cuando vio a los bomberos y una vecina le dijo que era su hija, le costó reaccionar. «No lo podía entender. Mónica tenía que estar con el grupo que se había quedado en la casa de mi padre. Yo la vestí y la vi en la entrada junto al resto...», aclara la mujer. «Cuando me fijé y vi que era ella... Me quería morir. No he sentido tanta angustia en mi vida».

Natalia echó a correr y se montó en el ascensor. Los segundos que tardó en subir las ocho plantas se le hicieron eternos, sobre todo porque, en un momento del recorrido, escuchó más jaleo de la cuenta. «Ahí pensé que ya se había caído...». Cuando llegó al octavo, los bomberos trataban de echar la puerta abajo. Ella les abrió y, en ese instante, escuchó que su hija acababa de ser rescatada gracias a la escala que usaron para llegar a ella.

«No lloró ni me dijo nada. Todavía no se ha desahogado, y eso me preocupa. Solo me abrazó muy fuerte, y yo a ella. Ha sido un milagro...», confiesa Natalia. Por lo poco que le ha contado, la menor se despertó de la siesta y, al verse sola, trató de abrir la puerta de la vivienda. Como no lo consiguió, fue hasta el balcón, se asomó apoyándose en lo que pudo y trató de avisar haciendo gestos con la mano. Fue entonces cuando, al sacar parte del cuerpo por encima de la barandilla, perdió el equilibrio y acabó al otro lado. Salvó la vida gracias a que pudo agarrarse a los barrotes. Y a los bomberos, que desde el miércoles son sus ángeles de la guarda.

La policía abrió diligencias por si se podía haber dado una situación de abandono, pero pronto llegaron a la conclusión de que no había ningún indicio de delito y catalogaron el rescate como un servicio humanitario. Los vecinos, los que conocen a la familia, no tienen duda: Natalia, coinciden, es una buena madre.

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