Ganas de seguir con vida

La imagen muestra a los niños y familiares en una foto de familia en Santiago de Compostela. :: Sur/
La imagen muestra a los niños y familiares en una foto de familia en Santiago de Compostela. :: Sur

Los 60 niños malagueños con cáncer, que iniciaron el camino de Santiago el pasado sábado, culminan su proeza

MATÍAS STUBERMÁLAGA.

Cualquiera que sea el motivo, el peregrinaje hasta Santiago de Compostela nunca puede ser un paseo dominical. Los kilómetros que separan el punto de partida hasta la Plaza del Obradoiro, donde convergen todos los caminos, siguen siendo el mismo reto hoy que hace siglos. Al riesgo de lo desconocido hay que sumarle el esfuerzo físico que requiere un recorrido que discurre por senderos azarosos. El camino de Santiago se ha hecho tanto y de todas las maneras que existía la sospecha de que apenas quedaba ya una proeza por realizar. Pero es exactamente lo que se dio ayer, cuando un grupo de 60 niños malagueños, con edades comprendidas entre los dos y 19 años, se abrió por los callejones estrechos que llevan hasta la Catedral. No un grupo cualquiera sino un grupo de niños que han sido tratados por padecer cáncer. Acaban de culminar un viaje que se motivó para encender luces y dar visibilidad a la enfermedad. Para conciencia sobre la donación de médula y su importancia en el proceso de curación. Y para celebrar que están vivos. Porque una vez alcanzado el punto crítico, «lo único que esperas es que el señor te regale otro día con tu hijo».

Estas palabras son de Nicolás Lobato. Hace justo seis días se puso en marcha junto al resto de padres y niños que han pasado por la cuarta planta del Hospital Materno Infantil de Málaga. Quien entra en esta planta, sabe que la salida no va ser fácil. Incluso que no puede haber salida. Por ello ahora describe su entrada a la plaza de la Catedral «como el momento más espectacular de su vida». Su caso y el de su hijo, que se llama como él, sirve para sintetizar este viaje. Una bajada a los infiernos para subir al cielo. Nicolás, comercial de venta en Automóviles Goaz, estaba atendiendo a unos clientes cuando recibió la llamada del instituto. Su hijo está ingresado con fuertes dolores de cabeza. Una resonancia y varios análisis más tarde los fuertes dolores de cabeza se convirtieron en un tumor cerebral. El cáncer que ya había infectado todo el cuerpo. Fue un 4 de diciembre de 2017 y su hijo, entonces, tenía solo nueve años. «Cuando me lo dijeron, estaba hundido. Recuerdo que me dijeron que había que operarlo cuanto antes. La cosa pintaba fatal». Retirado el tumor, el pequeño Nicolás estuvo atado a la cama sin poder moverse ni girar la cabeza lo más mínimo para que drenara la herida. «Imaginad lo que es eso para un niño de nueve años. Yo me pasé las dos semanas llorando sin parar», recuerda Nicolás. Después de dos años de días largos y noches vacías en la cuarta planta del Materno Infantil, el pasado 31 de mayo, vino la resonancia que lo cambió todo: «Nos comunicaron que mi hijo estaba limpio».

Laura García, una de las seis pediatras del equipo médico que acompañaba a los niños, hace balance del parte de lesiones. En realidad, todos los niños han superado el peregrinaje muy bien. A uno le dio un proceso febril que acabó en diarrea. Lo demás, curas por ampollas y rozaduras. ¿Cómo ha visto ella los últimos metros, antes de llegar a la Catedral? «Ha empezado a llorar todo el grupo. Es una felicidad enorme estar aquí con los niños y sus familias. Todos han demostrado una capacidad de superación enorme».