Cottolengo, cuando la acogida es inmediata

Voluntarios, trabajadores y residentes conviven en este centro de acogida. :: j. domínguez/
Voluntarios, trabajadores y residentes conviven en este centro de acogida. :: j. domínguez

BEATRIZ LAFUENTE MÁLAGA.

Ángel, Katia y la familia de Mohamed tienen una cosa en común, no tenían nada ni a nadie. Ellos son solo un ejemplo de las muchas personas que han pasado por la Casa del Sagrado Corazón. Y es que, como recuerda el director del Cottolengo, Patricio Fuentes, «esta Casa se define por la acogida inmediata y el sí rotundo ante situaciones de extrema urgencia. En estos casos no existe el 'mándame el informe, ya veré si puedo...'. Para nosotros los más pobres de la sociedad son los primeros».

«Si necesitas algo, si no te encuentras bien o algo no marcha como tú esperabas, solo tienes que llamarnos y vamos a por ti». Es lo que dice una madre a un hijo cuando se va a estudiar fuera, y eso mismo es lo último que escucha una persona cuando deja la Casa del Sagrado Corazón (Cottolengo) para residir en un lugar más definitivo. Como le duele a una madre cuando se cierra la puerta y sabe que su hijo esa noche no dormirá allí, igualmente le duele a todos los que forman el Cottolengo, voluntarios, trabajadores y residentes, pero entienden que cada persona necesita su espacio.

«Nuestra misión es darles alas y herramientas para vivir sus vidas. Y así poder ayudar al mayor número de personas posible. Cuando sale una persona podemos acoger a otra. Además nunca perdemos el contacto, hablamos por teléfono y muchos vienen a vernos», explica la subdirectora de la Casa, Susana Lozano.

«Nunca perdemos el contacto, hablamos por teléfono y muchos vienen a vernos», explica la subdirectora, Susana Lozano

Este es el caso de Ángel, de 72 años, nacido en Hospitalet de Llobregat. Ahora vive en una residencia de la Junta de Andalucía en Estepona, cerca del mar, «dice que es como un hotel de lujo. Muchos días coge un autobús para venir a vernos, se queda a dormir esa noche y se va al día siguiente, porque viene a su casa y duerme en su antiguo cuarto».

Antes de vivir en la Casa era usuario del Albergue Municipal, «vino a Málaga gracias a un amigo, pero finalmente las cosas no salieron como le habían prometido y se encontró en la calle. Fueron los propios trabajadores del albergue los que, al no encontrar otro recurso, recurrieron a nosotros», explica la subdirectora.

«De forma inmediata, Ángel se adaptó a la Casa y, desde el primer momento, quería colaborar. Cuando le concedieron la plaza en la residencia, le dio mucha pena dejarnos. Esto mismo le pasa a la gran mayoría, pero entienden que es una garantía de cuidados para el resto de su vida».

Lo mismo podemos decir de Katia, de 37 años, oriunda de Cabo Verde, aunque su vida transcurrió en Lisboa, donde es capaz de recordar que residió y llevaba una vida normal trabajando como auxiliar de enfermería. «Sus lagunas mentales comienzan al llegar a Málaga. No sabe cómo, ni por qué vino, no es capaz de recordarlo. No sabemos lo que pasó o si es que nunca estuvo realmente bien, pero algo desencadenó una situación mental y social muy grave».

Los voluntarios la veían a diario «viviendo y pidiendo en la calle, en unas circunstancias muy trágicas. Finalmente vino a vivir a la Casa, donde es muy querida; ella misma nos decía que nos quería mucho pero que necesitaba más independencia. Así, a través del psiquiatra que la estaba tratando, solicitó una plaza en FAISEM (Fundación Andaluza para la Integración Social del Enfermo Mental). Gracias a ello, hoy vive en un piso tutelado, con la supervisión de una monitora. Pasa las mañanas en un centro de día y le ayudan con las comidas ya que no tiene capacidad para eso. Viene a menudo a visitarnos, y está encantada».

Y es que en una de sus visitas el obispo de Málaga, Jesús Catalá «nos dejo muy claro que la Casa es para quien no tiene nada ni a nadie, pero también nos dijo que intentáramos hacer lo posible para que el que entre pueda ir a otro sitio más definitivo».

Una familia tirada en la calle

Este fue el caso de Mohamed, su mujer y sus dos hijos, que ahora residen en un piso de Cáritas y son capaces de mantenerse gracias a su trabajo. «Vivían con unos familiares -recuerda Susana Lozano- pero parece que tuvieron un desencuentro y se vieron en la calle. Venían en estado de shock. Los primeros días no sabían ni dónde estaban. Son personas con estudios universitarios y se veían en una situación que jamás hubieran imaginado. Poco a poco fueron tomando asiento en la Casa».

¿Había otro lugar en Málaga para la familia de Mohamed? Sí, responde Susana, «el padre habría ido al Albergue Municipal, los niños a un sitio de acogida de menores y la madre a cualquier otro lugar. Pero, ¿cómo se recupera ese daño y ese tiempo que ha estado desmembrada una familia? ¿cómo están unos niños después de varios años sin padres y esos padres tras varios años sin sus hijos?».

 

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