«Claro que quiero salir de esto; no puedo estar así toda la vida»

Los expertos confirman que el «modelo» está cambiando. /
Los expertos confirman que el «modelo» está cambiando.

María, travesti ecuatoriana, ejerce en el polígono Guadalhorce desde hace cinco años, aunque empezó a vender su cuerpo a los 16

ANA PÉREZ-BRYAN y JUAN CANOMálaga

Empezó a hacer la calle a los 16 en su Ecuador natal; y hoy, cuando echa la vista atrás sopladas ya las 43 velas, María –que escoge su nombre– admite que cada vez está «más cansada». Casi 30 años después de que decidiera dar el paso y dejar el restaurante en el que trabajaba «porque no me gustaba y porque en la calle se ganaba más», esta prostituta ecuatoriana, que ejerce como travesti al igual que otras muchas compatriotas, fantasea con el momento de poder mantenerse con otra actividad que no sea la de vender su cuerpo en el polígono del Guadalhorce. A 20 o 30 euros «por un servicio completo» –dice– y a poco menos por una felación. «Las africanas las hacen por cinco; y los completos por 10. Yo no (...). A veces tengo suerte y un cliente me da 50 por portarme bien», celebra María con más resignación que entusiasmo y ya con la certeza –ahora sí, a los cuarentaytantos– de querer «salir de esto porque no puedo estar así toda la vida».

La historia de María comienza a escribirse sobre los adoquines de ese barrio de su ciudad natal al que «unas amigas» la invitaron a incorporarse para ganarse la vida a través de la prostitución. Sin estudios y con una escasa cualificación laboral que pintaba en negro su horizonte, al principio intentó salir adelante «como interna en una casa, donde ayudaba a una señora a limpiar, con la compra y con esas cosas». Luego vino el restaurante, el malabarismo de fin de mes y, en fin, el «sí» a esas amigas para emprender un camino incierto que aún no ha tenido retorno. María no habla con pena, pero sí con el peso de llevar ya demasiados años dedicada a la calle: «Al principio fue muy bien, pero ya después la policía comenzó a amenazarnos mucho. Me pasaba casi toda la semana presa y no podía trabajar», recuerda. Así que decidió dar el salto a España con el único pasaporte de su cuerpo. María no ha olvidado el día en que pisó Madrid por primera vez: «Fue el 11 de febrero de 1999».

María dejó el restaurante en el que trabajaba «porque en la calle se ganaba más»

Los primeros años los pasó ejerciendo en la Casa de Campo, pero con el paso del tiempo decidió cambiar y eligió Málaga «porque me gustaba esta ciudad». De nuevo «unas amigas» le ofrecieron la posibilidad de alquilar una habitación en un piso compartido con otras compatriotas en la misma situación que la suya. De aquella nueva oferta hace ya cinco años, los mismos que lleva acudiendo a diario al polígono Guadalhorce para ejercer: «A veces descanso los domingos; depende de cómo haya ido la semana», relata María, que no ha conocido otra cosa que la calle –«en los pisos a veces te piden la mitad de lo que ganas y no compensa», admite– y que gana lo suficiente para 'medio' mantenerse en ese apartamento que hoy comparte con otras tres travestis ecuatorianas.

Allí, en esa ciudad paralela que representa el coloso industrial y que mezcla el negocio convencional con el del sexo, María ha visto «de todo». Sin embargo, admite que no ha tenido «muchos problemas»: «Cuando viene un cliente trato de no irme a sitios muy apartados, y con respecto a las multas sólo me han puesto una». «Ahora (la policía) nos está dejando un poco más tranquilas, pero a veces te sancionan sólo por conversar con un cliente», se queja. En ese listado heterogéneo de consumidores de sexo también hay de todo: «Hay chicos jóvenes, personas mayores, casados, solteros... No te podría dar un perfil», constata María, que en un «buen día» puede irse a casa con una media de cinco o seis servicios. Empieza en torno a las nueve de la noche y acaba a la una de la mañana, «salvo los viernes y los sábados, que me quedo hasta las cuatro o las cinco».

Admite que no ha tenido muchos problemas: «Intento no irme lejos con los clientes»

En ese escenario que ya ha comenzado a pesarle, a María le confortan dos cosas: la ayuda de organizaciones como Cruz Roja, que en sus dispositivos a pie de polígono ofrecen a las prostitutas «café, algo de comer y la posibilidad de que nos incorporemos a talleres y a cursos para salir adelante al margen de esto» –celebra– y el contacto permanente con su familia a través del móvil: «Hablo con ellos todos los días (...), y si necesitan algo les mando dinero. Mi madre no sabe a lo que me dedico, pero mi hermana, sí», dice. «Cuando estoy aquí me envía whatsapp para ver que todo está bien». Con ella también habla de su futuro: «No sé cómo ni dónde estaré dentro de diez años. Pero espero que no aquí».

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