El dueño del popular Bar Miguel se despide de la marcha nocturna

Miguel, dueño del bar que toma su nombre, en la entrada del local. /S.Z
Miguel, dueño del bar que toma su nombre, en la entrada del local. / S.Z

Este veterano hostelero decide poner fin a una trayectoria de más de 50 años detrás de una barra y de 37 regentando un local muy frecuentado por la juventud tras cada noche de juerga

SERGIO ZABALAMálaga

Un veinteañero extranjero ya ha tenido suficiente 'empacho' con la simbiosis noche-centro. A las 06:00 busca urgentemente un buen desayuno con el que reponerse. El destino elegido, el mismo de tantos otros: el bar Miguel, el local que tanta gente pone 'a salvo' de las garras de la marcha nocturna.

- «¡Buenos días! Me han recomendado pedir un 'guancho'», dice el joven.

- «¿Sabes lo que es un 'guancho'?», avisa Miguel, casi relamiéndose.

- «No», responde el extranjero.

- «¡Un cipote así de ancho!», exclama el dueño del bar.

- «¡Oh! ¡Me la han colado!», lamenta el muchacho, víctima de la guasa y el humor popular español.

«Esa broma, el 'guancho', siempre ha sido una de las distinciones de este bar», explica Miguel Azuaga, un hombre curtido y formado detrás de una barra. «Por desgracia, ya no habrá más 'guancho' en Málaga», comenta.

Después de 37 años, Miguel se despide de su bar y de un compromiso íntegro con la clientela. Este local verá a Miguel echar el cierre el día 28 de este mes para ser abierto por otra persona al día siguiente. Se va el dueño y queda pendiente en qué se convertirá. «Me voy a jubilar y alquilaré el bar. La idea es que continúe siendo lo que es, que parece ser que así será por los conversaciones que estoy teniendo. Se servirá lo mismo, se comprarán los mismos productos, etc.», explica este veterano hostelero a Sur. «El barrio ha cambiado mucho», argumenta, afligido, Miguel.

Una inauguración poco común

No fue hasta 1982 cuando abrió el negocio, emplazado hoy en el número 26 de la calle Dos Aceras, pero ya para entonces estaba curtido en la hostelería, ocupación a la que se ha dedicado desde los 14 años.

«Abrimos este mismo bar en 2002; pero el primero, el mismo bar solo que en la acera de enfrente, lo inauguramos en el Mundial de España», relata. Tan solo los cuatro metros de calzada separa el bar Miguel actual del anterior.

El día concreto de la apertura fue el 15 de junio, el mismo día del encuentro de fase de grupos entre Escocia y Nueva Zelanda (5-2), disputado en La Rosaleda. «El estreno fue con mucho miedo», recuerda Miguel. «Se llenó el bar de escoceses y, claro, llegaban con esa fama de beber y destrozarlo todo. Ese día me dejaron sin cerveza, estaban continuamente «beer, beer»», rememora, ya entre risas. La misma situación se repetiría días después, el 22 de junio, cuando los escoceses volvieron a acudir a su negocio antes de ver eliminada a su selección tras empatar a dos goles ante la Unión Soviética de nuevo en el estadio blanquiazul.

«Cuidadito con venir con una camiseta del Barça»

Así lo señala la página de Facebook que maneja un grupo de fans de este hostelero. Y es que el aspecto que ofrece el bar Miguel no deja lugar a dudas sobre sus gustos y aficiones. Se respira un aire histórico y malagueño, como revelan las fotografías antiguas de la ciudad y los cuadros cofrades. Junto a las mesas, colocadas también a un lado y otro de cada pared, la decoración muestra el camino hacia la barra, al final del pasillo. No es especialmente grande, podría dar descanso y alimento a no más de seis personas. Ninguno será culé, eso se puede dar por hecho.

Si hay algo que apasione a Miguel y que destaque como santo y seña de su local, eso es el fútbol; más concretamente, 'su' Real Madrid. Prueba de ello es el cuadro con un dibujo de Zidane, que vigila el bar desde la pared más alta.

En la imagen superior, una fotografía de Zidane revela el afán madridista de Miguel. Abajo a la izquierda, una imagen de la barra del bar, la vida de Miguel en 4 metros cuadrado. A la derecha, Miguel muestra una fotografía del antiguo bar que regentaba, justo enfrente del actual. / S.Z

«El fútbol es lo que más ha dado a este bar», asegura Miguel con firmeza. «Cuando el Real Madrid ganó la séptima Champions League, estando en el bar de antes, hicimos un arroz para 120 personas. Colocamos dos altavoces fuera y pusimos una cinta de 120 minutos con el himno del Real Madrid sonando todo el día, sin parar», cuenta entre risas. «Eso es impensable hacerlo hoy», señala.

A pesar de ello, no oculta su sentimiento 'boquerón'; y es que «antes soy del Málaga que del Madrid», pero «el negocio es el negocio». «Si ponía el partido del Real Madrid, se quedaban 50 personas consumiendo; si ponía el del Málaga, solo 10», justifica Miguel. «Claro que eso era antes, ya no se ve el fútbol en este bar, no merece la pena con las ofertas que hay hoy», señala. «Cada fin de semana compraba los partidos de estos dos equipos por 2.000 pesetas cada uno, salía rentable teniendo en cuenta que un pelotazo costaba solo 200», rememora.

«Este barrio ya el barrio de siempre»

Indudablemente, y así lo señala, los 65 años de edad pesan. «Abro de 06.00 a 12.00 y aun así estoy aquí un rato antes y un rato después, imagina cómo era antes cuando cerraba a las 22.00», cuenta Miguel. Tampoco ayuda la coyuntura familiar, pues «mis hijos han estudiado y tienen sus trabajos, por tanto no podemos continuar con el negocio familiar».

Otro factor determinante a la hora de tomar la decisión de cerrar esta etapa de su vida ha sido la transformación del barrio, el Centro. «De la gente que ha vivido aquí siempre no ha podido quedarse casi nadie, o bien han fallecido, o bien se han marchado», explica Miguel. «El precio de los alquileres tiene mucho que ver», apunta.

Rememorando décadas pasadas, se da cuenta de lo mucho que ha cambiado la situación. «En tiempos de la Movida teníamos un altavoz para llamar a la gente con los pedidos. Eso estaba al orden del día, pero hora no puedes hacerlo», cuenta. Incluso el mayor distintivo del local no tiene el peso de antaño, y es que «en días de botellón, viernes, sábado y domingo, hacíamos unos 200 bollos desde las 6 hasta las 8 de la mañana. Una barbaridad».

En la fotografía superior, un grupo de mujeres toman algo en el bar Capuchinos, donde Miguel empezó a trabajar con solo 14 años. Abajo a la izquierda, algunos cuadros que decoran el local. A la derecha, una de las esencias de Málaga, el amplio abanico de elección a la hora de pedir un café. / S.Z

El tiempo, las costumbres, los vecinos, las normas. Todo ha cambiado. «Hasta los permisos en los institutos. Antes los chavales salían en el recreo y venían a comprarse su bocadillo; ya no les permiten salir del centro», lamenta Miguel.

Ocupaciones y viajes para combatir la nostalgia

Está cansado. No puede esconderlo, pero tampoco se molesta en ocultarlo. Aun así, tiene claro que «echaré mucho de menos el bar, mucho, han sido casi 40 años». No será el primer ni el último jubilado al que le cuesta hacerse a su nueva vida, a dejar atrás la ocupación que ha desempeñado durante tantos años. A pesar de ello, buscará ocupaciones. «Una ya la tengo, recoger a mis nietos del colegio; eso sí, cada domingo iré a comer a un pueblo distinto. Lo tengo claro, será lo que haga desde el momento en que cierre», asegura, de nuevo, como siempre ha hecho, con una sonrisa.