«Mi cara era un globo; me arreglaba por la mañana y trataba de no verme en el espejo hasta la noche»

La acusada, en el banquillo, este miércoles./SUR
La acusada, en el banquillo, este miércoles. / SUR

La víctima de la supuesta especialista en tratamientos de estética relataba el calvario sufrido tras ponerse en sus manos hace casi 20 años

JUAN CANO y ALVARO FRÍASMálaga

«Las secuelas físicas son evidentes, pero las psicológicas… Trabajaba de cara al público, así que imagínese. Me arreglaba por la mañana y trataba de no verme en un espejo hasta la noche». Así describió una mujer el calvario que sufre desde hace casi 20 años, cuando decidió ponerse en las manos de una supuesta especialista en tratamientos de estética –«me aseguró que era doctora en su país (Colombia) y que estaba esperando la homologación del título en España»– que ayer se sentó en el banquillo acusada de un delito de lesiones agravadas, por el que la Fiscalía solicita para ella una pena de siete años y medio de cárcel.

La víctima padece en su cara el llamado síndrome de la luna llena, con un incremento y asimetría de las mejillas y un aumento desproporcionado de los labios. Según relató en el juicio, que se celebró ayer en la Sección Segunda de la Audiencia Provincial de Málaga, conoció a la acusada a través de una amiga común en septiembre de 1999: «En esos momentos, yo estaba muy delgada y tenía un 'aire facial' de tipo nervioso, por el estrés, y había perdido colágeno en la cara. Ella me dijo: 'Sí, sí, como una parálisis; eso yo te lo reparo'».

En octubre de ese año aseguró que comenzó un tratamiento que se prolongó hasta la primavera del año siguiente. «Me decía que era algo que se iba a reabsorber», recordó la afectada. «Ella empezó inyectándome al lado del ojo, que era donde yo me notaba ese aire facial, pero acabó pinchándome por toda la cara. Eran unos botecitos que decía que venían de su país y de los que extraía algo con una aguja. Unas veces venía preparado –el producto– y otras decía que era un cóctel. Se quejaba de los dedos, aseguraba que le dolían las yemas de empujar, pero decía: 'Esto es buenísimo, os va a poner bellas' Nos contó (habla en plural, porque en algunas de las sesiones estuvo acompañada por amigas que, según dice, también se hicieron el tratamiento y que después, por las secuelas sufridas, dejaron de ser amigas) que era una grasita de conejo que duraría dos años». Justo allí se derrumbó, y empezó a llorar.

«Estuve muy enferma», continuó relatando, a preguntas del fiscal. «La última vez –que se trató con ella– me puse tan mal que ella me llamó para ver cómo estaba. Recuerdo exactamente lo que le dije: 'No te quiero volver a ver más en mi vida. ¿Qué me has puesto?'».

La víctima, que regentaba una herboristería en su pueblo, afirmó en el juicio que la acusada le aplicó el tratamiento tanto en su propia tienda como en la casa de ésta, «donde tenía una habitación con camilla y con el mobiliario de bambú; no era un cuarto esterilizado. Como yo conocía a mucha gente, me decía que si a mí me dejaba muy bella, le iba a captar gente». La última de esas sesiones habría sido en la herboristería. «En mayo de 2000, viendo que venía la familia de mi marido de Suecia y tenía que darle la bienvenida, la llamé para ver qué podía hacer, porque amanecí con el ojo cerrado. Mi cara era un globo. Vino a la tienda y me inyectó una ampolla. Cuando se fue, me encontré muy mal. Una clienta me tuvo que auxiliar porque el corazón se me salía de caja. Le dije a esta clienta: 'Por favor, cógeme lo que ha tirado a la basura'. Era una ampolla de cafeína». Según manifestó, pagó por el tratamiento unas 300.000 pesetas de entonces que iba dándole «poco a poco». «No es verdad que solo cobrara el producto –como declaró previamente la acusada–».

El tratamiento, aseguró, supuso «un cambio radical» en su vida: «Complejos, sentimiento de inferioridad, sufrimiento, dolor, operaciones… Empezaron a cerrárseme los ojos, tenía cortinas y apenas podía ver. En 2007 fui al oftalmólogo y me dijo que no eran problemas de visión, sino de los párpados, y que tenía el ojo reseco. Antes, en 2000, acudí a un doctor para que me viera y me dijo que él no podía intervenir hasta saber qué me habían inyectado en la cara. Más tarde, me hicieron una biopsia con sedación y al cabo de unas semanas me sacaron el producto. Eran biopolímeros de silicona. Llevo seis operaciones estéticas para tratar de extraer toda la silicona que puedan, pero han podido quitarme muy poca. Necesito más intervenciones, pero esto no tiene cura». A petición de su abogada, se mostró al tribunal y a las partes una imagen de la afectada previa al tratamiento que le hizo la acusada. «Ahora me miro en las fotos de entonces y no tengo nada que ver. Mi cara tenía forma…».

La acusada aseguró que nunca había tratado de hacerle daño con las intervenciones

El abogado de la acusada inquirió a la víctima para que aclarase por qué no fue inicialmente a urgencias, cuando terminó el tratamiento, y por qué no denunció los hechos hasta el año 2010, cuando acudió a un programa de televisión y, posteriormente, a la Guardia Civil. «Tenía un negocio y en un pueblo, sentía mucha vergüenza. Trabajaba cara al público. Abría tarde de la inflamación que tenía. Cuando veía a la gente por la calle, le decía que me estaban arreglando la boca».

La acusada, que declaró antes que ella, dijo que llegó a Suecia en el año 1998, procedente de Colombia, y posteriormente, en el 99, se trasladó a España. Negó haber hecho operaciones, «sólo eran tratamientos de estética», y también que les dijera en algún momento a sus clientes que era licenciada en Medicina. «Yo tuve una pequeña consulta en la casa cerca de un año, pero después no hice ningún tratamiento más. Usaba guantes y hacía la esterilización con productos de un laboratorio para la asepsia. Tengo titulación, documentos, para tratamientos de estética. Hice cursos antes en Colombia y después en España», insistió, al tiempo que recalcó que solo les cobraba «el coste de los productos», ya que –las supuestas afectadas– venían por medio de otra persona, una conocida». También negó haberles dicho que usara «fórmulas magistrales», sino que comprobaba los productos en unos laboratorios médicos, que se los enviaban por Seur. «Nunca me manifestaron los problemas que iban teniendo».

Respecto a la denunciante, reconoció que le hizo «un tratamiento de aumentó de labios, yo no le infiltré en el entrecejo. No es cierto que me llamara para contarme los problemas que tenía. Y no recuerdo haber hecho tratamientos a otras pacientes», aseveró ante el tribunal.

A preguntas de su abogado, matizó que fue la víctima quien reclamó sus servicios «porque tenía un problema facial, una parálisis en el lado derecho», y no al revés, como ha mantenido la afectada. «Yo le inyecté (dos veces) solo en los labios, la cara no se la toqué. El rostro se le quedó bien, no tenía una deformidad posterior, pero sí una anterior», dijo la acusada, que sostuvo que el producto –Bioalcamid, según manifestó ella– no tenía «ningún tipo de contraindicación y, si había problema, se podía extraer», precisó.

Varias testigos

Sin embargo, varias testigos, que aseguraron que se pusieron en manos de la procesada, también insistieron durante su declaración en el juicio que fue la acusada la que les embaucó para intervenirles. «Tenía una peluquería y ella era cliente. Allí me fue convenciendo de que necesitaba un tratamiento», apuntó una de ellas.

Otra de estas mujeres afirmó que la procesada llegó a practicarle una intervención en el sofá de su casa. «Me puso unas inyecciones en las caderas», apuntó.

Durante el juicio, que quedó visto para sentencia, también intervinieron varios médicos. Entre ellos un cirujano estético que manifestó que el material inyectado a la denunciante podría ser silicona líquida, un producto prohibido desde hace 20 años. El profesional indicó que, como consecuencia de las infiltraciones, la perjudicada tiene la cara totalmente deformada. De hecho, dijo que duda que su situación tenga arreglo.

Tras diversas declaraciones más, como un guardia civil que aseguró que el equipo de investigación llegó a ponerse en contacto con Colombia para ver si la procesada tenía algún título y que el resultado fue negativo; el juicio quedó visto para sentencia. La acusada, en su derecho a la última palabra, insistió en que nunca había tratado de hacerle daño a ninguna de las mujeres a las que practicó intervenciones.

 

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