Los que dan la cara por la inmigración

De pie, Jamal, Mouna y Samuel, durante la asistencia a los migrantes que han sido atendidos esta semana en Tiro de Pichón./Salvador Salas
De pie, Jamal, Mouna y Samuel, durante la asistencia a los migrantes que han sido atendidos esta semana en Tiro de Pichón. / Salvador Salas

Julio, Samuel, Mouna, Jamal, Gael, Miguel o Belén... son algunos de los encargados de aliviar la carga y el horror de los que lo dejan todo atrás

Ana Pérez-Bryan
ANA PÉREZ-BRYAN

Cuentan los que aguardan en primera línea de tierra firme que lo que más impresiona de ellos son sus ojos. La mezcla de la alegría por llegar a puerto y dejar el infierno del mar atrás con la de la desesperación de no saber qué vendrá ahora. «Los bebés ni siquiera lloran», admite Julio Pulido, director de Socorro y Emergencias de Cruz Roja en Málaga y el responsable de que en apenas media hora, ante una alerta de patera, la primera asistencia funcione como un reloj. Que el 'tic tac' de esa huida del horror no marque una cuenta atrás, sino todo lo contrario. «Imagina lo que tiene que ser para un niño pequeño llegar y encontrarse con las ambulancias, con la policía, con nosotros, con las prisas y con las luces... Uno que no haya pasado por eso se tiraría llorando tres días. Ellos no», añade para ilustrar ese trauma que no entiende de edades.

Porque los que llegan no saben qué es eso que vendrá ahora, pero cuando desembarcan se encuentran con Julio, Samuel, Mouna, Jamal, Gael, Miguel o Belén, los rostros de una asistencia que se pinta en rojo y en cruces y que ayuda a sobrellevar las que ellos llevan a cuestas. Son los técnicos y voluntarios de la Cruz Roja, que en los últimos días -especialmente en las dos últimas semanas- han trabajado a destajo para aliviar la carga de los que lo dejan todo atrás. Las cifras son imponentes y representan, dicen los responsables de la organización humanitaria, «sólo una parte de lo que está por llegar»: el lunes día 18 llegaron un centenar, el jueves 55 y el sábado, víspera de San Juan, 315. Detrás de cada número, una historia: también del lado de los profesionales de Cruz Roja, que han visto cómo esa parte del dispositivo de atención a los migrantes se ha puesto a prueba desde el punto de vista técnico, pero sobre todo del humano.

La asistencia de los últimos días a los cerca de 500 migrantes que han llegado a Málaga ha puesto a prueba los equipos técnicos y humanos de Cruz Roja: así se trabaja desde el otro lado

En ese equipo de asistencia a las pateras trabajan cuatro técnicos bajo la coordinación de Pulido, además de 250 voluntarios -de los 4.500 con los que cuenta Cruz Roja en la provincia- que atienden a pie de puerto y otro medio centenar que se encargan de la ayuda humanitaria y social posterior. «Ellos, los voluntarios, son una piedra angular en estos dispositivos, y siempre intentamos que se sientan parte del equipo en la toma de decisiones», explica Samuel Linares, coordinador de Cruz Roja en Málaga desde 2009. Linares sabe de lo que habla porque él ha ayudado a ambos lados: desde el año 89 como voluntario y a partir de 2003 como técnico en la organización. Es el mismo caso que Pulido, que canalizó esas ganas de ayudar a principios de los 90 y se incorporó al departamento de Emergencias hace más de una década. Su formación como ingeniero técnico industrial -admite- «aporta una visión muy amplia en la organización y gestión de los dispositivos tecnológicos y humanos», por eso, y por la experiencia acumulada, cuando reciben en el puesto de control el aviso de patera el trabajo se vuelve frenético -y eficaz- en la búsqueda de perfiles específicos que atiendan en el muelle. «Al puerto sólo llegan las embarcaciones de rescate de Salvamento Marítimo; pero también tenemos los operativos necesarios si la patera alcanza la playa», explica poniendo el ejemplo de una de las últimas que arribó a Maro (Nerja).

Belén Soto es voluntaria desde hace dos años y medio
Belén Soto es voluntaria desde hace dos años y medio / SUR

Así se monta el dispositivo

Normalmente, esa primera atención a los migrantes a pie de campo está coordinada por un técnico de la organización, y el resto son voluntarios: sanitarios, mediadores, conductores o psicólogos son parte de ese grupo heterogéneo que recibe la alerta en sus móviles a través de una aplicación específica de Cruz Roja -sobre todo en los casos en los que la coordinación puede hacerse con antelación, como un evento deportivo- o, si el tiempo apremia, directamente a través de grupos de WhatsApp. «Intentamos ser flexibles porque lo importante es tener el equipo con rapidez», constata Pulido.

«La movilización es impresionante. En 15 o 20 minutos puede estar funcionando el operativo», celebra Belén Soto, empresaria de hostelería que se sumó a la gran familia de voluntarios de Cruz Roja hace dos años y medio y que ya ha perdido la cuenta del número de rescates de pateras en los que ha colaborado. Socorrista desde que era casi una niña, hizo un curso de formación en Cruz Roja en primeros auxilios y combina esa faceta con la de la primera asistencia humanitaria a los migrantes: «Les pongo el termómetro, les doy las mantas porque vienen muertos de frío y les busco los zapatos nuevos de su número para reemplazar los que traen», explica Soto.

En este punto del relato, Pulido hace una acotación: «Nosotros tenemos la capacidad de fijar cuáles son las condiciones humanitarias en las que se va a atender a los inmigrantes y la Policía Nacional -presente en el operativo porque tras el momento del rescate comienzan las 72 horas de custodia- siempre las respeta. Trabajan con una gran sensibilidad». Entre esos 'imprescindibles' que garantizan la dignidad del que llega, órdenes como que nadie vaya sin zapatos, que no haya nadie mojado, el derecho a la intimidad o la especial protección a mujeres, niños y enfermos. «Eso no se negocia», zanja el jefe del operativo.

Gael Fulabio, refugiado y voluntario en el Puerto.
Gael Fulabio, refugiado y voluntario en el Puerto. / Salvador Salas

Con esas necesidades cubiertas, la primera atención psicológica también se convierte en un reto. «Estamos ante supervivientes. Llegan traumatizados, con la cabeza agachada, en estado de 'shock' (...). No pueden verbalizar lo que ha ocurrido en el mar». Quien habla es Mouna Hrar Essouali, psicóloga especializada en integración social y psicología jurídica que desde hace dos años trabaja en el área de atención a inmigrantes y refugiados de Cruz Roja, y que se ha convertido en estos últimos días en una ayuda imprescindible para los migrantes subsaharianos que llegaban a Puerto y eran posteriormente conducidos hasta el polideportivo de Tiro de Pichón. Entre ellos, Orphelin y Jan, que contaban esta semana sus estremecedoras historias para SUR. También ha atendido a las mujeres del grupo «para identificar las redes de protección y sobre todo para ver si han sido víctimas de trata». Por su experiencia, Mouna es capaz de establecer la diferencia entre ellos y ellas a la hora de afrontar el llamado «duelo migratorio»: «Ellas lo viven con más dolor, algunas han dejado atrás a hijos y han sufrido abusos. Ellos también lo sufren, pero son más resilientes», avanza Mouna, que vive en España desde hace dos décadas pero que por su origen marroquí tiene el francés como lengua madre, de ahí que a su especialización sume en muchos casos su labor de traductora.

La asistencia, en cifras

488.
inmigrantes de origen subsahariano han llegado al Puerto de Málaga en la última semana.
250.
voluntarios de Cruz Roja (de los 4.500 totales) están asignados a la atención inmediata a pateras.

El perfil es similar al de Jamal Al Khadib, que llegó a Málaga desde su Marruecos natal en el año 2000 para completar su formación universitaria. Jamal es doctor en Neuropsicología y está especializado en afasia -un trastorno del lenguaje- y problemas neurocognitivos. También llegó a Cruz Roja como voluntario, y desde 2007 es técnico del área de refugiados. «Nuestro trabajo está relacionado con la integración social de estas personas», explica Jamal, que al igual que el resto de sus compañeros ha perdido la cuenta de las horas -«ni las sé», dice- que han trabajado a contrarreloj en los últimos días para dar la asistencia necesaria tanto en el Puerto como en el pabellón deportivo. Por esa amplia experiencia en primera línea, hace un año y medio se desplazó hasta Grecia durante ocho meses para cumplir con las labores de mediación en la gran crisis de refugiados e inmigrantes que sirvió para que Europa comenzara a abrir los ojos. «Aquello me marcó», admite. «Te das cuenta que muchos sólo nos tienen a nosotros y que hay cosas que no puedes hacer por ellos», lamenta Jamal, acostumbrado a crecerse «ante la adversidad» y a recordar que «aunque nos sintamos desbordados, estamos trabajando con seres humanos».

Muchos, y muy rápido

Ese complejo ejercicio que representa la necesidad de atender a muchas personas y además hacerlo rápido y de forma eficaz tiene a Málaga como escenario fijo desde hace meses, pero quizás el símbolo nacional de este trabajo en equipo fue el del buque Aquarius. Hasta allí se fue en el pico de la crisis Miguel Pradas, responsable de comunicación y de captación de recursos de Cruz Roja, cuya labor es igualmente importante si se tiene en cuenta que ante acontecimientos extraordinarios como ése «el impacto mediático es enorme». Pradas fue el responsable de ese operativo junto con otro compañero de Barcelona y está más que acostumbrado a recibir a los medios en el puerto de Málaga, sin embargo, admite que «nunca» había visto algo igual como en Valencia. «Había más de 600 medios acreditados, hasta de Japón y de China», explica el periodista antes de enlazar con otra reflexión: «A la vez que desembarcaban los migrantes del Aquarius bajo el foco, llegaban otros cientos a Tarifa...». Aun así, Pradas celebra que la solidaridad, al menos en el caso de Málaga, no 'sube y baja' al ritmo de esos impactos, y que «desde el 2009 no hemos dejado de crecer en número de socios». También en el de personas que fueron ayudadas por Cruz Roja y que ahora quieren devolver aquella mano tendida desde el otro lado.

Es el caso -literal- de Gael Fulabio, un refugiado de 21 años de la República Democrática del Congo que se ha convertido en un soporte imprescindible de los equipos que atienden a los que huyen. Él no lo hizo por mar: lo hizo en avión, cuando el gobierno de su país lo identificó en unas revueltas a favor de los derechos humanos. «Yo estaba en la primera línea del frente y mi foto se publicó en todas partes», cuenta Gael, que era estudiante de Bachillerato cuando abandonó su país. Tenía 17 años y su madre le consiguió un billete para que volara hasta Sao Paulo. Allí trabajó cuatro años como agente de logística de coches; luego dio el salto a Bogotá y de ahí a Barajas, donde pidió asilo nada más pisar tierra. De aquello hace nueve meses, un tiempo en el que ha vivido bajo la tutela de Cruz Roja como refugiado asignado a Málaga. «Aquí he encontrado mi sitio», celebra Gael, que en la actualidad se encuentra en la segunda fase de integración del programa y que se ha puesto al servicio de la organización humanitaria «para ayudar en lo que pueda». Ese «lo que pueda» -que es mucho- está en la primerísima línea de patera, porque muchos migrantes agradecen el contacto con uno de los suyos nada más llegar: «Intento tranquilizarlos, remontarles la moral porque vienen muy mal. Conmigo se confían. Los abrazo, les digo que no desesperen, que dejen que las cosas avancen (...). Y sobre todo que aún conservan lo más importante: la vida».