La asociación Padre Huelin echa el cierre después de 25 años de ayuda

Foto de archivo del padre Huelin (a la izquierda), a finales de los 90 en su asociación/Ñito Salas
Foto de archivo del padre Huelin (a la izquierda), a finales de los 90 en su asociación / Ñito Salas

Los herederos del jesuita, que han mantenido su legado una década después de su muerte, dan por «cumplida» la labor una vez agotado el fondo social que dejó el fundador

Ana Pérez-Bryan
ANA PÉREZ-BRYAN

«Querido amigo: Te tengo que informar de que terminamos nuestras actividades este mes de abril de 2019 (...)». Así comienza la carta que desde hace dos meses aparece colgada en la página web de la asociación Padre Huelin y que unas semanas antes habían ido recibiendo las cerca de 300 familias que dependían de la ayuda de esta ONG creada por el padre Enrique María Huelin Vallejo (Málaga, 1913-2008) en Virgen de Belén, en Carretera de Cádiz. El local de 120 metros cuadrados que han ocupado durante años está ahora vacío y las llaves, en manos de sus dueños. «El déficit anual entre los gastos y las subvenciones y los donativos ha ido disminuyendo el fondo social hasta agotarlo», prosigue el escrito, que da por concluida la labor solidaria «satisfechos por la labor realizada, porque nuestra misión ha sido atender a nuestros vecinos en los momentos difíciles y no la continuidad de la asociación, que es un mero instrumento».

Ese instrumento de ayuda se da por agotado casi 25 años después de que el jesuita decidiera ponerlo en marcha en el año 1995, recién llegado de su misión evangélica en Sudamérica y para ayudar a los colectivos más desfavorecidos. Su labor abarcaba desde la búsqueda de empleo hasta la solución de los papeles en el caso de los extranjeros . Tras su fallecimiento, en enero de 2008, dos de sus sobrinos tomaron las riendas de la asociación para gestionar la última voluntad de su tío y, con ella, el fondo económico que dejó como herencia para mantenerla viva y en funcionamiento.

«El fin no era perdurar en el tiempo, sino invertir los fondos que dejó para ayudas hasta que se gastaran. Y eso es lo que ha ocurrido», justifica desde Bruselas –donde trabaja– su sobrino Ignacio Huelin, que asumió la presidencia de la ONG a la muerte de su fundador y que firma la carta de despedida que han recibido las familias a las que han atendido hasta el pasado mes de abril.

«Llevar a cabo nuestra labor de la forma más eficaz y correcta posible conlleva unos gastos económicos importantes: trabajadores –en la actualidad tenían dos empleadas a media jornada–, seguros, almacenes, portes, oficinas... que hemos ido gestionando todo este tiempo», constata Huelin, que pone las cuentas sobre la mesa para dejar claro «por qué no podemos seguir más»: de unos 60.000 euros anuales que necesitaba la asociación para cubrir con los gastos (y con la ayuda), 15.000 procedían de una subvención del Ayuntamiento de Málaga, unos mil euros del medio centenar de donantes con los que contaban y, el resto, del fondo social que había dejado el padre Huelin y que ya se ha agotado. En este escenario, sus herederos dan por «cumplida» la voluntad de su tío y no se plantean recuperar una actividad solidaria que en los últimos tiempos estaba casi limitada (por la disminución de esos fondos) a la entrega de alimentos una vez por semana a cerca de 300 familias con dificultades y en su mayoría residentes en el barrio.

Ahora, estas familias (cerca de un millar de personas) «han ido recolocándose en otras asociaciones para seguir recibiendo ayuda. Cuando nos fuimos ya lo habían hecho la mayoría, pero no todas», explica por su parte Paloma Rivero, trabajadora social y una de las dos empleadas que quedaban en la asociación, donde cumplía con la labor de coordinadora desde el año 2013. En todo este tiempo, y en un periodo anterior en el que colaboraba como voluntaria, Rivero ha sido testigo de primera línea de cómo esa asistencia «se ha mantenido» a pesar de la reducción de los fondos y de las dificultades para cuadrar las cuentas. «De hecho hemos aguantado casi un año y medio más de lo que pensábamos», constata la que fuera coordinadora de la asociación admitiendo, por lo tanto, que el cierre no le ha pillado «por sorpresa».

El SOS de 2011

Tampoco es la primera vez que la ONG del padre Huelin se enfrenta a esas dificultades, de hecho en los momentos más duros de la crisis económica lanzó un SOS para reclamar más socios y apoyo empresarial: en aquellos años cerca de 2.000 personas recibían ayuda cada semana y se repartían 20.000 kilos de comida, en la mayoría de los casos procedente de Bancosol. «Desde las seis de la mañana hay gente esperando para coger número y ponerse en cola. Hay familias con varios hijos que llevan años sin ingresar nada. La desesperación es lógica», admitía entonces en una entrevista en SUR (ver 28 de octubre de 2011) el director de la obra social de la asociación Padre Huelin, Antonio Gómez Larios, ya fallecido y a quien Ignacio Huelin dedica un «emocionado recuerdo» en su carta de despedida «por dirigir la asociación con mano experta y entregada».

A mediados de 2012 «hubo un cambio en la demanda de usuarios y fueron bajando poco a poco las atenciones», recuerda Rivero sobre sus primeros pasos en la asociación, que ha ofrecido una ayuda integral «para ayudar al máximo número de personas posibles». A pesar de que ahora la ayuda se limitaba a la entrega de alimentos todos los jueves de la semana hasta llegar a las cinco toneladas por servicio, durante algunos años la asociación colaboró con el pago del alquiler o suministros a los vecinos que llamaban a las puertas de la asociación, casi el 70% de ellos españoles castigados por la crisis. «Cuando vimos que el fondo se iba gastando con rapidez nos quedamos sólo con la entrega de los alimentos», recuerda Rivero, quien coincide con Huelin en la «satisfacción» por la labor de todos estos años: «La verdad es que da un poco de pena por la gente que dejamos aquí, pero hemos llegado incluso más lejos de lo que pensábamos», zanja Rivero. Con ella coincide Huelin, quien ha conseguido mantener el sueño de su tío diez años más allá de su marcha. Ahora lo hacen ellos, «en silencio y con la satisfacción del deber cumplido». Y esta vez, de forma definitiva.