Años cuarenta del siglo XX: el tiempo del hambre y del estraperlo en Málaga

Personas hacen cola para recibir los alimentos de un camión de reparto/SUR
Personas hacen cola para recibir los alimentos de un camión de reparto / SUR

Las cartillas de racionamiento trataban de garantizar los alimentos en una época en la que se enriquecían los especuladores

Ángel Escalera
ÁNGEL ESCALERAMálaga

Hambre, mucha hambre pasaron los malagueños en la década de los años cuarenta del pasado siglo. La miseria y la falta de comida se instalaron en infinidad de hogares españoles tras la guerra civil. La mayoría de la población carecía de recursos económicos para pagar los elevados precios de los escasos productos alimenticios que se ponían a la venta en el mercado negro. Para hacer frente a la situación de extrema necesidad que sufría España, el régimen de Franco implantó las cartillas de racionamiento, que tenían como objetivo distribuir alimentos básicos y productos de primera necesidad. Sin embargo, ni siquiera con esa medida se logró garantizar las necesidades de comida de los ciudadanos, lo que los condenó a la desnutrición, a ser presa fácil de diversas enfermedades y a morir antes de tiempo.

La inanición se extendió por Málaga como un reguero de pólvora en 1940. La gente no tenía qué llevarse a la boca. El hambre roía las entrañas y acentuaba el ya de por sí difícil panorama que padecía la ciudad tras la contienda fratricida que había empobrecido a España y dejado una secuela de penalidades. Málaga atravesaba en enero de 1940 por una etapa de hambruna que las autoridades no conseguían paliar de ninguna forma. En esa fecha, el Gobierno Civil trató de calmar los ánimos con el anuncio de que en breve llegarían a Málaga dos barcos cargados con 3.000 toneladas de trigo y 4.000 de cereal.

Asimismo, se incrementaron los controles y se impusieron sanciones para intentar frenar la especulación y el estraperlo. Unas actuaciones gubernativas que no pusieron coto al mercado negro, que continúo haciendo su agosto con precios que solo estaban al alcance de unos pocos pudientes y que en ocasiones contó con la complicidad de las autoridades.

Pese a las penas de cárcel y de multas que se impusieron, el mercado negro se mantuvo

Ante la carestía existente, se establecieron dos cartillas de racionamiento, una para la carne y otra para el resto de productos alimenticios. La población fue dividida en varios grupos. Por un lado, estaban los hombres adultos y las mujeres adultas (a las féminas se les daba una ración un 20 por ciento inferior a la de los hombre). Por otro lado, se encontraban los niños y niñas de hasta catorce años (cuya ración era un 40 por ciento inferior a la de un hombre adulto). El tercer grupo lo componían hombres y mujeres de más de sesenta años (también se les daba un 20 por ciento menos de ración que a un varón adulto). Aunque en un principio las cartillas de racionamiento eran familiares, a partir de 1943 fueron individuales.

La consecuencia directa de la mala o nula nutrición fue el incremento de una serie de enfermedades como las hepáticas, la tuberculosis, la gripe, las fiebres tifoideas, el paludismo y la disentería. La mortalidad entre niños y ancianos se disparó. Fueron años en los que la pobreza y indigencia dejaron una cruel huella en una población que ya venía machacada por la guerra. No hay que dejar de lado que los alimentos y los productos repartidos a través de las cartillas de racionamiento eran de baja calidad.

Como en todo periodo de miseria, hubo gente que ganó mucho dinero a costa de la penuria de los demás. Las autoridades trataron de combatir el estraperlo y persiguieron las ventas abusivas de alimentos y productos de primera necesidad. Para ello, se impusieron multas que oscilaron entre 25 y 6.000 pesetas. Además de las sanciones económicas, hubo penas de cárcel para los especuladores. En el caso de Málaga, en julio de 1940, 24 personas ingresaron en prisión después de haber sido detenidas en la estación intentando introducir pequeñas cantidades de pan blanco, harina, fideos y cebada.

Igualmente, hubo un férreo control de la venta de tejidos. A los que se saltaron las normas se les fijaron multas de elevada cuantía y, en los casos, más graves, se impusieron condenas de tres meses de ingreso en un batallón. En Málaga, entre otros, se sancionó a Hijos de Álvarez Fonseca, Gómez Hermanos y Sobrinos de Félix Sáenz, con importes de entre 100.000 y 250.000 pesetas. El racionamiento se mantuvo oficialmente hasta mayo de 1952, mes en que desapareció para los productos alimenticios.