La caravana por Europa de Francisco Javier Lara

Francisco Javier Lara, en primer plano, junto a varios de sus hermanos en una de las paradas del viaje. /
Francisco Javier Lara, en primer plano, junto a varios de sus hermanos en una de las paradas del viaje.

Julio era sinónimo de viajes por carretera con sus padres y sus siete hermanos en los que descubrían el mundo entre risas y donde probaron por primera vez los espaguetis

JUAN CANOMálaga

Aquel fue el viaje de los espaguetis. Francisco Javier se afanaba en atrapar aquellos alargados fideos que les pusieron en un restaurante italiano en Berna (Suiza) mientras bromeaba con sus hermanos. «Era la primera vez que los probábamos. Imagínate el cachondeo, no sabíamos ni cómo había que comérselos. El camarero se reía y trataba de enseñarnos, pero por aquello del idioma no nos enterábamos de nada. Menos mal que había un cocinero español que nos lo explicó...». En su casa de Churriana, construida en una finca de su abuelo materno donde creció rodeado de primos y tíos, se comían «platos de cuchara». Las ollas, en la cocina de los Lara Peláez, eran del tamaño XXL, como las de los restaurantes. Mari Pepa cocinaba «y cómo lo hacía, tenía una mano estupenda» para diez todos los días.

Los espaguetis no fueron el único descubrimiento de aquel viaje que Francisco Javier Lara, el decano de los abogados malagueños, sigue recordando con nostalgia por los que ya se ha ido. Sus padres lo llevaron a él, a sus siete hermanos, a la novia del mayor y a la hermana de ésta a recorrer Europa en un Land Rover «de los antiguos, de los de 10 plazas (ellos eran 12)» que tiraba de la caravana en la que viajaban cada verano. «Éramos campistas. Hemos recorrido la mayoría de los campings de la Península, aunque nuestros destinos habituales eran Galicia y el Pirineo. Ese aire le venía muy bien a mi madre, que tenía problemas respiratorios», relata.

Pero aquel año fue diferente. Cruzaron Francia, Suiza, Italia, Alemania... «¡Y sin hablar idiomas!», apostilla. «Me acuerdo de las caras de los guiris cuando mi padre paraba el coche y empezaban a bajarse niños. Otro, otro, otro... Aquello estaba todo en silencio y, cuando llegábamos nosotros, lo revolucionábamos. En los Pirineos, por ejemplo, nadie se metía en la piscina porque estaba el agua helada, y ahí íbamos los ocho de cabeza. Nos bañábamos en los ríos; en uno de ellos, como había corriente y nos empeñábamos en meternos, mi padre nos amarró con una cuerda», comenta. Lo mejor, la sensación de libertad: paraban donde y cuanto querían. «Si no nos gustaba el sitio, nos marchábamos al día siguiente», precisa el abogado malagueño. Donde más tiempo estuvieron fue en Suiza: «Recuerdo que mi hermana Rosa se encontró una cartera llena de billetes y fuimos a recepción a entregarla. El dueño, que era de allí, quiso darle dinero a mi hermana en agradecimiento, pero mis padres no aceptaron. Nos volvimos inseparables. Nos llevó en una zodiac a ver los lagos suizos. Los paisajes eran espectaculares y los campos de fútbol, de césped, más todavía. Jugábamos los cinco varones a campo completo y acabábamos asfixiados de tanto correr. Mi padre no lo entendía. Es que no nos habíamos visto en otra».

Francisco Javier (45 años) es el quinto de los ocho hermanos, con 14 años de diferencia entre el mayor y el menor. Los padres y las tres hijas dormían en la caravana, y los cinco niños en la tienda de campaña que colocaban justo delante. «Yo me llevo meses con el sexto. Como yo era moreno y él rubio, y siempre estábamos haciendo trastadas, nos llamaban Zipi y Zape. Éramos terremotos», bromea. Aunque su apodo, de malas, era Don Leyes. Ya apuntaba maneras. «Por la pasión con la que defendía mis argumentos, mi padre siempre decía: Este niño tiene que ser abogado». Aunque alguna vez esa manera de ser casi les juega una mala pasada. «Nos pararon en Andorra para entrar en España y preguntaron: ¿Algo qué declarar?. Mi padre respondió: Lo típico, señor agente, un tren eléctrico y cosas así. Y yo, desde el asiento de atrás, empecé a gritar: ¡Papá, y los radiocomandos, que no se te olviden los radiocomandos!. Mi pobre padre no sabía dónde meterse; mis hermanos me decían cállate, niño».

De aquellos viajes de verano por carretera, cada mes de julio, cuando su padre cogía las vacaciones, recuerda las risas permanentes, los juegos de mesa comiendo pipas, y sobre todo las conversaciones. Su hermano Álvaro, el menor, y él han seguido la tradición y ambos se compraron sendas caravanas para seguir recorriendo el mundo juntos, ahora con sus respectivas familias. «En esos viajes vives cosas en familia que no se hacen cuando vas a un hotel; para empezar, no llevas televisión y te sientas a hablar, a jugar al parchís o a las cartas. A mis hijas les cuento anécdotas de cuando eran pequeñas, y flipan. Los niños lo disfrutan muchísimo», concluye.

 

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