Un mes lejos de Chernobyl es un año más de vida

Algunos de los chicos, ayer en la Clínica Baviera con motivo de su revisión. :: álvaro cabrera/
Algunos de los chicos, ayer en la Clínica Baviera con motivo de su revisión. :: álvaro cabrera

JAVIER PACHÓN

«La primera vez que vine a Málaga pensaba que no iba a estar bien aquí, pero desde el segundo día me encanta esto», así resume Vladislaba Harbaruk sus siete veranos viniendo a Málaga de la mano de la asociación La Sonrisa de un Niño. Esta chica de 14 años procede, como sus otros 14 compañeros de experiencia, de las zonas de Bielorrusia más cercanas a Chernobyl. Ellos no vivieron de forma directa la catástrofe de 1986, aunque su día a día está determinado por ella.

«El objetivo principal es que ellos puedan mejorar su calidad de vida, aunque solo sea durante el verano», cuenta Estebina Martos, presidenta de la asociación que desde 1997 trae a niños de entre 7 y 17 años a distintas localidades de la provincia de Málaga. La alimentación, el clima, la actividad y las relaciones interpersonales son los principales pilares sobre los que se cimenta la actuación de las familias durante la estancia de los niños, que llegaron el pasado 27 de junio, y permanecerán hasta el 29 de agosto. Otro de los ejes es el sanitario, según señala Almudena Armentia, vicepresidenta de La Sonrisa de un Niño: «Según estudios de la OMS, el mero hecho de alejarse del entorno de radiación durante un mes les supone un aumento de la esperanza de vida de un año». Las clínicas Baviera y Gross repiten por segundo año consecutivo su oferta de servicios de reconocimientos para los menores, en aras de solucionar los problemas oculares y bucodentales, respectivamente.

Otro veterano como Vladislaba es Yauhen Brakarenka, al que acoge la vicepresidenta Almudena Armentia. «Es una de las mejores cosas que he hecho en mi vida», comenta ilusionada Armentia, que considera a Yauhen uno más de la familia. «Él tiene la misma edad, 12, que mi hijo biológico y son como hermanos: se pelean y se quieren como todos los demás», resalta. Carlos Morales, hijo de Armentia, narra cómo sus sensaciones la primera vez que llegó Yauhen eran negativas: «Yo pensaba que no nos llevaríamos bien y que me iba a quitar los juguetes», bromea. Hoy, ocho viajes a Málaga después, ya que Yauhen viene en navidades y verano, le considera como su propio hermano. Este chico bielorruso de acento malagueño no duda en calificar de excelente su experiencia aquí: «Es de cien sobre diez».

El efecto de la crisis

«La pena es que ahora solo podamos traernos a 15, hace cuatro años eran 29 y antes muchos más», lamenta Martos, quien reclama la ayuda de familias con poder adquisitivo: «No pedimos que acojan a niños, pero al menos que contribuyan para que familias con menos recursos sí que puedan hacerlo». La asociación busca mantener la iniciativa año tras año, pese a que ven cómo el número de familias con posibilidad de recibir a los niños cae de curso en curso. La lotería, las verbenas, las aportaciones de los socios y donativos a través de diversas actividades son algunos de los métodos que utilizan para conseguir fondos.

Tanto Armentia como Martos destacan que si bien los pequeños no suelen padecer enfermedades graves, sí que suelen compartir varios signos comunes: una talla inferior a la correspondiente a su edad y problemas en la piel, el pelo y los dientes.