Dos visiones desde la noria

Dos visiones desde la noria

El profesor y articulista Teodoro León Gross y el escritor Pablo Aranda narran sus impresiones tras disfrutar de un paseo en la noria del Puerto

TEODORO LEÓN GROSS

Teodoro León Gross. Profesor de la UMA y articulista

¡DEVUÉLVANME MIS DIEZ PAVOS!

Puesto a gastar diez euros con vistas, mucho mejor disfrutando una cerveza en la terraza de un hotel céntrico

Ojalá, por principio, le vaya bien al promotor de la noria, como a cualquier empresario que arriesga lo suyo, pero sospecho que la mayoría de turistas y casi cualquier malagueño bajará del cacharro pensando ¡devuélvanme mis 10 pavos! por más que algunos vicarios de lo malaguita proclamen el orgullo de la noria (sic) y el crucerista desde el Muelle Uno pueda tener la sensación seductora de un mirador excepcional. La realidad no es esa. La vista desde la noria tiene poco encanto: apenas se divisa el centro histórico, lo monumental queda empequeñecido en la distancia, la Malagueta tapa la Caleta y casi todo es una marea de áticos y tejados feos desde el ensanche de Heredia. Puesto a gastar diez euros con vistas, mucho mejor disfrutando una cerveza en la terraza de un hotel céntrico como el lounge del Málaga Palacio que parece suspendido en el tejado la Catedral con la mirada sobrevolando el Parque y el Puerto.

Málaga, con un centro muy compacto, es una ciudad más para caminarla placenteramente, sin asfixia, Palmeral, Parque, Plaza del Obispo, Cister, Alcazabilla, Plaza de la Merced, San Agustín, Echegaray, Mártires, Pasillo de Santa Isabel sobre el río, Atarazanas, San Juan, Compañía, Plaza de la Constitución, Larios... Pero además ofrece su propia vista de pájaro desde hace 2.700 años en Gibralfaro, elevado más de cien metros sobre el mar. No hay sitio para ver Málaga como el delicioso paseo circular por las murallas del viejo castillo nazarí: desde el Pozo Airón hasta la magnífica Torre Blanca, con la mejor perspectiva para comprender la traza urbana, y de ahí a la plataforma de Hornos de Pan con la vista clásica de Puerto-Parque-Alcazaba, y así hasta la Torre Mirador con la panorámica completa de la bahía. Para el turista, cuesta 2,20, y si incluye Alcazaba, 3,50. Para los residentes, sólo 0,60. Dieciséis entradas salen más baratas que un ticket para tres vueltas en la noria.

La noria proporciona, eso sí, una perspectiva interesante del Puerto, e invita a la reflexión: desde allí se divisa el gran trabajo del Palmeral en el muelle dos, el atractivo popular de Muelle Uno, y además el espacio excepcional del muelle cuatro Muelle de Heredia ahora baldío, entre el edificio derribado del Apostolado y la vieja Aula del Mar. Desde la noria se interpreta bien la profunda integración del Puerto en el Centro Histórico, como parte sustancial del mismo. Y eso es algo que parecen no asimilar los munícipes y responsables portuarios, a juzgar por el modo en que han gestionado la noria o las inmensas grúas de hasta cien metros con un impacto bárbaro en el paisaje de una ciudad sin la dimensión de Ámsterdam o Barcelona (yo apostaría por pintarlas como jirafas convirtiéndolas en un icono). Eso sí, al menos la noria tiene una virtud formidable dadas las circunstancias: es desmontable.

Pablo Aranda. Escritor

UNA JORNADA DE VÉRTIGO

Para impacto visual, el de las grúas, treinta metrosmás altas que la noria

Padezco vértigo pero para compensar no soy supersticioso, así que no tomo como mal presagio que el hombre que me pide el billete lleve sandalias con calcetines. Las terminaciones en escu en las palabras del señor de las sandalias reflejan que es rumano, el color de piel de su compañero refleja que tal vez venga de lejos, y me complace este cosmopolitismo que distrae al vértigo que, no obstante, lo siento listo para morder. Hay que esperar que la noria se detenga para que desocupen las cabinas y una señora parece impacientarse, pues grita «abran, abran». La acompaña un niño que es un demonio, y en seguida compruebo que lo que hace es llamarlo: «Abraham, Abraham». Escuchar un nombre bíblico consuela, pero saber que para montar la noria hubo que demoler el edificio del Apostolado del Mar no sé ¿cómo se lo habrá tomado Dios? Ocupo una cabina con Teo León Gross y el fotógrafo Fernando González Aranda, como en esta página. La cabina parece segura y, además, no creo que SUR se arriesgue a perder de un tirón a tres de sus colaboradores, aunque con estos tiempos que corren... El que no corre, rueda, habría que decir en la noria.

La ubicación es buena, mejor que la que se manejó en un principio. Ahora pierde protagonismo visual y se agradece: la noria debe ofrecernos un lugar desde donde mirar, no un artefacto para ser mirado. De mi padre heredé tres o cuatro cosas buenas, y el vértigo. Quiero relajarme contemplando la ciudad como nunca esperó ser vista, pero no me fío de Teo León Gross. En caso de disputa espero la ayuda del fotógrafo, pues compartimos apellido. No es una noria de feria, no rotamos en tazas sino que trazamos una amplia circunferencia en cómodas cabinas: que le den al vértigo. Por diez euros, tres vueltas: unos veinte minutos en total. Sería mejor diez vueltas por tres euros, pero las cuentas no cuadrarían (la cuadratura del círculo). Pues digo yo que un término medio: que fuesen cinco euros. La primera vuelta sirve para situarnos y reconocer los edificios principales: la vista se nos irá hacia la Catedral y Gibralfaro. Luego nos sorprenderá lo desaprovechado de las azoteas malagueñas, después tiraremos para el Puerto. Para impacto visual, el de las grúas, treinta metros más altas que la noria. En el puerto de Estocolmo las han pintado com jirafas, que lo son, esto es el colmo. La noria ya está, para qué polemizar más. El viaje es caro pero merece la pena. El vértigo ha sido superado, papá. Le digo adiós al rumano y no contesta. Que le den a él también, con sus sandalias.