Aula del Mar: 25 años a flote

Aula del Mar: 25 años a flote

El proyecto celebra su aniversario convertido en una referencia en el estudio y la defensa del medio marino

ANA PÉREZ-BRYAN

Cuando en los foros profesionales aún no se utilizaba la palabra «emprendimiento», ni la gente a pie de calle manejaba en su vocabulario cotidiano la palabra «conciencia ambiental»; ni siquiera cuando aquello que ahora llamamos redes sociales inventaban hastags como #doityourself, cinco jóvenes malagueños ya intuían que sus caminos avanzarían por esos terrenos desconocidos. Corría el año 1989, eran amigos y estaban recién salidos de la facultad. No eran capaces de ponerle esos nombres que ahora se utilizan hasta el hartazgo a la intención compartida de labrarse su propio destino, pero lo cierto es que lo hicieron. Juan Jesús Martín, Cristina Moreno, José Luis Mons, Francisco López y Juan Antonio López contemplan hoy con nostalgia de la buena los inicios del proyecto en el que se embarcaron hace justo 25 años: el Aula del Mar.

Aula del Mar

Origen. El Aula del Mar abrió sus puertas el 7 de julio de 1989 en la antigua Cofradía de Pescadores, en Muelle Heredia.
Los protagonistas. Cristina Moreno (psicóloga), Juan Jesús Marín (biólogo y doctor en Pedagogía), José Luis Mons (biólogo), Francisco López (maestro) y Juan Antonio López (especialista en cultivos marinos) son los fundadores y trabajan en régimen de cooperativa.
La sede. Desde diciembre de 2012 ocupan uno de los edificios del Palmeral de las Sorpresas.

Eran jóvenes, estaban especializados en disciplinas relacionadas con el medio marino y se propusieron rentabilizar su pasión por la vida que late más allá de la costa. Así que convencieron a los pescadores de la antigua Cofradía de Muelle Heredia para que les cedieran un huequecito desde el que empezar a escribir sus cuadernos de bitácora. «Nos dijeron que sí sin más... pero yo creo que como nos veían tan jóvenes pensaban que íbamos a utilizar ese espacio para montar fiestas», relata hoy con un tono a medio camino entre el guiño y la carcajada Juan Jesús Martín, biólogo y doctor en Pedagogía y uno de esos cinco valientes que pusieron en marcha el 7 de julio de 1989 un proyecto pionero aún hoy en España. Lo hace sentado en la recepción del Museo Alborania, el imponente edificio de cristal con vistas privilegiadas al mar que se alza en pleno Palmeral de las Sorpresas y donde se mudaron hace casi dos años, cuando la antigua Cofradía de Pescadores no dio más de sí y se convirtió en carne de piqueta. Mucho ha llovido desde que este grupo que funciona a modo de sociedad cooperativa decidiera unir fuerzas «para luchar contra el tópico de que Málaga vive de espaldas al mar», pero llegados a este punto Martín es capaz de decir que «ha merecido la pena», a pesar de que la travesía no ha estado exenta de estrecheces, sacrificios y, en los últimos tiempos, algún bocado considerable por culpa de la crisis.

«Por eso nunca estamos quietos», observa el especialista y vicepresidente de la cooperativa, que vincula este «no parar» no sólo al espíritu innovador y casi revolucionario del grupo, sino a la necesidad real de mantener una infraestructura que ha ido creciendo con los años hasta los quince empleados, la sede del Aula del Mar y el Museo de Alborania, el Centro de Recuperación de Especies Marinas (Crema) puesto en marcha en 1994 en el Puerto y una oficina en calle Pacífico. Y aunque a veces las cuentas cuadran a duras penas sólo por el alquiler en el Palmeral pagan 43.000 euros al año la ilusión nunca se ha ido a pique. De hecho, el Aula del Mar ha conseguido mantener su esencia de ser un proyecto eminentemente privado que ha sido capaz de implicar y de contagiar su entusiasmo a todas las instituciones, con subvenciones puntuales que les permiten avanzar y mantenerse a flote. Es el caso de la reciente partida de 40.000 euros que el Ayuntamiento de Málaga ha destinado al Crema, cuyo sostén comparte con la Diputación Provincial; o el apoyo de la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía a través de un punto exclusivo de información sobre ecoturismo y de una partida económica de fondos europeos que permitió equipar el nuevo museo.

Allí ha encontrado el Aula del Mar un escenario óptimo para recuperar parte de su historia. Y todas ellas han tenido como escenario el Mar de Alborán, que baña todo el litoral desde el Estrecho de Gibraltar hasta el Cabo de Gata y que convierte a este punto concreto de la costa en un espacio de biodiversidad «único en el mundo». De hecho «esta es la zona más importante del mapa europeo porque lo que pasa aquí tiene su reflejo posterior en el resto de costas», observa Martín mientras señala en el vídeo que recibe al visitante al museo un espacio pensado para el siglo XXI con los últimos avances tecnológicos cuál es la «zona caliente» de la parte más occidental del Mediterráneo. «Al ser el punto que lo conecta con el Atlántico es un paso obligado en las migraciones de delfines, ballenas, cachalotes, tortugas o atunes. Si algo falla aquí imagínate lo que ocurriría», advierte el especialista.

Porque la salud de mar adentro también empieza a pie de playa, y por eso desde el Aula del Mar no han dejado de impulsar mil y una campañas que hagan comprender al bañista que en la playa no todo vale y que el medio marino ha de ser casi terreno sagrado. Sólo así se consigue disfrutar de los milagros del mar, como aquel que documenta el museo con todo lujo de detalles de uno de los pocos desoves de tortuga marina que se conocen en la Península Ibérica, cuya franja costera es un terreno hostil para estas especies «por la manía de poner paseos marítimos por todas partes». Ocurrió en el año 2001, en Vera (Almería), y Martín y los suyos aún recuerdan la emoción del nacimiento de las crías después de varios días de guardia nocturna protegidos en sacos de dormir. O la satisfacción de devolver a su hábitat natural en Escocia a la foca Cleo, convertida en estrella mediática ese mismo año cuando apareció por sorpresa en pleno Mediterráneo y que fue atendida durante dos meses y medio en el Crema.

Por esta instalación pionera han pasado cientos de especies marinas felizmente recuperadas, y por el Aula del Mar y su nuevo Museo Alborania la instalación se estrenó en el Palmeral pero en la antigua sede ya había una exposición miles de personas, sobre todo escolares, que han tomado conciencia de la importancia de conservar el hábitat de tortugas como la de Vera y de focas como Cleo. Por eso el paseo por la completa exposición con vistas compartidas al mar y al Paseo de los Curas cuenta con una imprescindible carga didáctica pero también repasa los hitos que definen la historia marítima de Málaga. Por ejemplo a través de las embarcaciones más representativas que han tocado puerto, y cuyas reproducciones a escala son sin duda uno de los principales atractivos de la segunda planta del museo Allí se deja ver con bastante frecuencia Ramón Ruiz, el autor de las maquetas y aliado imprescindible en la causa del Aula del Mar. En este sentido, el espacio se ha convertido en el depositario de no pocas colecciones privadas no se pierdan la exhibición de medio millar de especies de invertebrados de Mar de Alborán cuyos dueños saben que el tesoro estará en buenas manos. Aparejos de pesca y de navegación, fósiles, acuarios con especies marinas la tortuga es la estrella, dos ejemplares de calamar gigante y hasta un laboratorio donde descubrir pequeños secretos a gran escala forman parte del paseo marino desde tierra. Y a la entrada de esa sala, en un rinconcito privilegiado, una embarcación de la antigua Cofradía de Pescadores recuerda los inicios del Aula del Mar y de aquellos cinco jóvenes que abrieron una ventana inédita al mar en lugar de hacer fiestas. Hoy sí estarían justificadas. 25 años lo merecen.