Theresa May confunde de nuevo a sus perseguidores y sobrevive

Theresa May./Toby Melville (Reuters)
Theresa May. / Toby Melville (Reuters)

Para evitar una derrota en el Parlamento, incorpora a su polémico presidente a las escenas finales del 'Brexit'

IÑIGO GURRUCHAGACorresponsal en Londres

Theresa May iba a caer la pasada semana, este miércoles, quizás la próxima. En cuanto llegue el verano sus ministros conspirarán para derribarla. El de Agricultura, Michael Gove, ya está urdiendo algo. Y, si no es al final del verano, será en otoño. De noviembre no pasa. Y, si logra firmar un acuerdo con la UE, habrá sido un milagro, pero los 'tories' se librarán de ella sin dejar que la tinta se seque.

Un párrafo muy similar al anterior podría haberse publicado hace un año. Por estas fechas, May había perpetrado su más ridícula gesta. Convocó unas elecciones con una mayoría aplastante en los sondeos para tener más margen de maniobra en la negociación del 'Brexit', protagonizó ella misma la campaña alejando a los demás de su brillo estelar y redujo la ventaja exigua que tenía su grupo parlamentario.

Se podría haber escrito el mismo párrafo también en algunos momentos del año transcurrido desde entonces. Pero May avanza, torpe, oportunista, aplazando la batalla final a otro día. La cuestión ya es si habrá batalla final sobre el 'Brexit' entre las facciones del Partido Conservador o en el grupo político más antiguo del sistema británico se impondrá una vez más el instinto de supervivencia y de poder.

La batalla de estos días no era la final sino sobre el final. ¿Qué ocurrirá en noviembre y diciembre de este año y en el principio de 2019, cuando el Gobierno presente al Parlamento el acuerdo con Bruselas o se presente en el Palacio de Westminster diciendo que no ha llegado a un acuerdo? La disputa se ha resumido en si comunes y lores tendrían entonces «un voto significativo».

El contexto es la tramitación de la ley de Marcha de la UE, que paradójicamente incorpora a la legislación británica el acerbo de las leyes comunitarias, para que no haya un vacío legal pavoroso en marzo de 2019. En el proyecto de ley se incluyen los procedimientos para que el Gobierno presente al Parlamento el acuerdo con Bruselas.

Una enmienda promovida por rebeldes conservadores en la Cámara de los Comunes y apoyada en la de los Lores corregía la redacción del Gobierno para darle al Parlamento el poder de dar instrucciones al Ejecutivo sobre cómo debería negociar en caso de que no hubiese acuerdo, o de que el acuerdo no gustase a los diputados. Expertos constitucionales han librado finos duelos al respecto en las páginas de opinión.

Esto es críquet

Hace una semana May prometió aceptar buena parte de los argumentos de los rebeldes 'pro-permanencia' para evitar una derrota en el Parlamento. Pero a las tres horas el ministro David Davis, propenso a la bronca, la holganza y la amenaza de dimisión, publicó una declaración negando que el Gobierno hubiese aceptado que sus manos quedasen atadas para negociar. Él es, nominalmente, el negociador.

Empezó entonces el ping-pong entre los Comunes y los Lores. El texto de la ley, con la versión de Davis, fue a la Cámara Alta, que lo enmendó en la línea sugerida por los rebeldes de la Cámara Baja. Se describía un calendario de mociones del Gobierno que podrían ser enmendadas por el Parlamento, mientras que Davis exigía 'mociones neutrales' que no se pueden enmendar.

Al ping-pong entre comunes y lores se añade el ping-pong entre rebeldes 'pro-permanencia' y rebeldes 'pro-Brexit'. Si unos obtienen una cesión, los otros se irritan y piden lo suyo. Pero lores y rebeldes 'tories' suelen rendirse en esas escaramuzas antes de perder su poder. A May no le gusta el ping-pong sino el cricket, que puede terminar en empate tras cinco días de juego. Esta vez, con protagonismo de Davis, ha evitado la derrota con una propuesta graciosa.

Será el presidente de la Cámara de los Comunes quien decida, según una tradición de la que acaban de acordarse, y decidirá cuando llegue la hora, si la moción que presente el Gobierno es neutral, y entonces no puede enmendarse, o sustancial, y entonces se puede cambiar. Los diputados, se dice en el folio del acuerdo, podrán además presentar mociones para ser votadas; algo que hacen más o menos desde la Revolución Gloriosa del XVII.

El presidente de la Cámara de los Comunes es John Bercow, que fue conservador ultramontano hasta que se enamoró de una laborista y es ahora un narcisista tanto de su elocución como de su independencia. O, en palabras de un diputado conservador, «un enano estúpido y mojigato». Faltaba Bercow en las escenas finales de la enrevesada tragicomedia del 'Brexit'. Seguro que para entonces ya habrá caído May.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos